No se los ve en la calle, ni en los metros, tampoco se los observa en los
buses, en los mercados, ni en los baños públicos. Y eso que se estima hay más
de un millón de bolivianos en Buenos Aires, y en São Paulo cerca de 80.000.
La mayoría forma parte de las ‘tribus de subsuelo’ donde las buenas costumbres
y los gobernantes los dejan subsistir a cambio de un silencio sepulcral que no
revele la ineptitud o la complicidad de las autoridades para controlar a las
mafias que reclutan inmigrantes.
Sobreviven en esos galpones, donde poco se duerme porque sus ocupantes, los
bolivianos que salieron de los recovecos de Bolivia donde las fuentes de
trabajo son un lujo, se dedican a costurar, luchando contra el reloj y el
sueño, las prendas de vestir que son cotizadas en los mercados y tiendas donde
también va la gente de clase media para arriba.
Los argentinos y los brasileños sólo saben que los bolivianos tienen fama de
ser trabajadores y humildes, y como dice Raúl Héctor Sánchez (48), nacido en
Buenos Aires, los ‘bolitas’ saben ser inmigrantes, son muy calladitos.
Tan calladitos son que a finales de marzo de este año tuvieron que morir dos
adultos y cuatro niños bolivianos en el incendio de un taller textil de dos
plantas en la calle Luis Viale 1269, en Caballito, para que las autoridades
argentinas se atrevan a desnudar una realidad que no había sido admitida hasta
entonces: la esclavitud se campea por las narices de autoridades argentinas.
Tan calladitos son los bolivianos que la mayoría (unos 50 por lo menos) de los
que lograron salvar la vida del incendio, prefirieron escapar por miedo a que
la Policía los encarcele por estar trabajando de ilegales.
¿Por qué no se los ve en los mercados comprando verduras o abarrotes? Porque
todos los que trabajan en los talleres desayunan, almuerzan y cenan en el
mismo lugar donde trabajan.
¿Por qué no se los ve utilizando los metros ni los ómnibuses? Porque los
bolivianos no necesitan transportarse porque no salen a las calles y cuando se
ponen graves de salud o cuando a las mujeres embarazadas les llega el momento
de dar a luz, los llevan caminando a las clínicas públicas más cercanas del
lugar donde son reducidos a servidumbre.
¿Por qué no salen a las calles? “Porque tienen miedo de orinarse en sus
pantalones cuando ven a un policía”, responde Norma Andia, la directora de la
Asociación de Residentes 6 de Agosto de Buenos Aires, que a las seis de la
mañana está transmitiendo su programa Sin Fronteras por la radio 92.9,
Chacaltaya, que funciona clandestinamente y a través de la cual aconseja a los
bolivianos que dejen de ser ‘calladitos’ y denunciar a todos los que se
atreven a dañarlos física y moralmente.
Punto de vista
Estamos viviendo muy mal
Mario Jeremías / Pastoral del Migrante
Hay mucha esclavitud en Brasil y las víctimas son los ciudadanos
bolivianos que llegan en busca de trabajo. Los dueños de los talleres de
costuras, donde los explotan, los hacen trabajar más de 20 horas por día. Eso
para la ley brasileña es esclavitud porque las reglas jurídicas dicen que en
este país se debe trabajar solamente 8 horas diarias y ganar 500 reales al mes
como mínimo. Sin embargo, los bolivianos ganan mucho menos que esa cantidad de
dinero. Eso ocurre de una manera frecuente en Brasil y los malos tratos
suceden entre paisanos (de boliviano a boliviano), y hay veces que son los
coreanos los que los esclavizan y también suelen estar involucrados los
brasileños.
Es por eso que la Pastoral del Migrante a nivel mundial tiene la tarea de
escuchar las historias de los que sufren, darles alojamiento, comida, ropa,
apoyo jurídico y espiritual. Por ejemplo, el último domingo de cada mes hay
una misa para los emigrantes latinos.
Esta realidad dura, que yo creo que afecta a por lo menos 150.000 bolivianos
en Brasil, no puede seguir así. Sin embargo, mientras el capital excluya a las
personas, no habrá solución al drama de la esclavitud laboral que está
creciendo cada día. Si entre los gobiernos, la iglesia y la sociedad civil no
nos reunimos y nos unimos para cambiar este sistema económico en el cual vive
el planeta, no habrá solución. Eso tiene que quedar claro. Pero también estoy
obligado a decir que creo que es estructural el problema. Vale decir, o todos
entendemos que hay que repartir los bienes, o no hay solución. Lamentablemente
la riqueza está en pocas manos.