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ESCLAVOS
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La jaula de los sueños
Encierro. Los que tienen
algo de ‘privilegio’ sacuden sus penas una vez por semana. Los otros, piensan en
la libertad en silencio
Infografía: ¿Cómo Viven?
Para los costureros con suerte, la libertad comienza el domingo. Es el único
día cuando esos bolivianos que viven en São Paulo pueden salir de sus jaulas
donde trabajan, duermen, comen y defecan, para hacer lo que les dé la gana.
Martín Peñaloza Alba (38), por ejemplo, entre semana, mientras está sentado
frente a la máquina de coser, donde trabaja 16 horas al día para el
cochabambino Francisco Tejerina, sueña con el picante de lengua y panza que
preparan en el restaurante Illimani de don Jorge Merubia, el paceño más famoso
de la calle Coimbra, porque además tiene un televisor de 25 pulgadas conectado
a una antena parabólica de donde baja la señal de cuatro canales de televisión
y de seis radioemisoras bolivianas. A don Jorge también lo han hecho famoso
sus resúmenes que les hace a sus clientes sobre lo que informaron entre semana
Doña Justa (PAT) y los conductores de El Mañanero (Red Uno) y Al Despertar (Unitel).
a Peñaloza el domingo no le alcanza para sacudirse de la dura semana que
padece encerrado en un ambiente con escasa ventilación, chipado de cables
parchados que transportan electricidad para dar vida a las máquinas de coser,
pero que amenazan con electrocutar a quien no camine con cuidado por los
estrechos espacios entre costureros.
Pero una cosa era escuchar los testimonios de personas que relataban sus
desgracias y otra era ver personalmente esos ambientes que según decían eran
detestables, inhumanos e irónicamente los únicos lugares que garantizaban a
los costureros dormir bajo techo y llenar el estómago aunque sea con comida
que más llena que alimenta.
Cuando visité un taller al que ingresé como un comerciante interesado en
comprar pantalones cortos para luego venderlos a las mujeres gorditas que
llegan hasta las playas de Río de Janeiro, observé a gente con las cabezas
inclinadas, con los ojos puestos en las agujas que costuraban, con sus manos
encima de las telas, sus pies en los pedales y sus orejas atentas a una radio
destartalada que roncaba a ritmo de cumbia. ¿Cumbia en castellano?, pregunté a
una costurera joven que tenía cerca. Es una radio de bolivianos, me contesta
sin mirarme y trato de sacarle más palabras preguntándole quién cantaba. Es
Sebastián y el tema se llama Tú no estás junto a mí, me responde y sigue
cosiendo.
La curiosidad para conocer todos los rincones de aquel lugar me consumía,
pero, ¿cómo decirle al dueño del taller que quiero llegar hasta los
dormitorios y a la cocina si un comerciante no tiene porqué conocer esos
secretos? Tengo ganas de orinar, le dije, y me muestro impaciente como
pidiendo auxilio para que me indique dónde puedo desaguar.
Me señala, con ademanes, que siga recto y que cruce un biombo descolorido que
separa el taller de costura de los habitáculos donde sus costureros se meten
en la madrugada para dormir y salen bien tempranito para seguir manipulando
las máquinas.
Pero para llegar hasta el único baño tengo que pasar por entre medio de catres
de dos y tres pisos donde en uno de ellos está tirada de espaldas una mujer
que me mira con sus ojos hundidos y amarillos como si estuviera azotada por la
anemia. No me responde el saludo pero igual siento pudor al meterme en el baño
porque no puedo hacer lo que me pide el cuerpo porque la puerta es más ancha
que el marco y no puedo cerrarla.
El dueño del taller luego me aclara que la mujer que vi está débil y que la
culpa es de los gobiernos bolivianos incapaces que no garantizaron una buena
alimentación a los niños del campo, y que por eso cuando son grandes y tienen
que trabajar no aguantan y se desmayan de “nadita”.
Le pregunto si el fin de semana que viene irá con sus empleados a jugar
fulbito a la canchita de cemento de la feria “La kantuta” que es exclusiva
para los bolivianos. Me dice que en su taller existe la premisa de trabajar de
corrido para garantizar la entrega de las costuras a los empresarios coreanos
que son los que encargan las prendas de vestir.
Entonces me acuerdo del administrador de la Pastoral de los Migrantes de São
Paulo, Juan Arturo Plaza, un chileno amable con lentes de vidrios gruesos y
medio canoso, que días antes me había revelado que a muchos costureros les son
vedadas las salidas para que no tengan la posibilidad de conocer a otra gente
que pueda ofrecerles un trabajo más digno y mejor pagado.
Si para los costureros con suerte la libertad comienza el domingo, para los
que no la tienen porque no pueden salir ni un día a la semana, la libertad
permanece en el pensamiento, calladita, sin hacer aspaviento. Lo asegura con
conocimiento de causa Zenón Bernal (36), un treintañero pequeño y de nariz
chata que un domingo de junio lo encontré atendiendo a los clientes del
restaurante Illimani, el mismo donde acude Martín Peñaloza Alba a comer
picante de lengua y panza.
Zenón Bernal revela su fantasma que lleva dentro. Cuenta que ni bien entró al
taller donde lo contrataron para que costure, lo encerraron tres meses bajo el
pretexto de que lo cuidaban para que los brasileños no lo encarcelen porque
estaba de ilegal.
Durante todo ese tiempo dice que soñó que era libre, que caminaba por la
avenida más famosa de São Paulo, la Paulista, y que podía hacer lo que le
venga en gana, incluso, armarse de valor para luchar contra los “malditos”
esclavizadores.
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