FESTIVAL

Cosquín Rock 2018: Es tiempo de aguantar


A los pies de la serranía cordobesa, el fin de semana se repitió un ritual que ya lleva 18 años y que convoca a miles de almas que gozan de la música

Cosquín para el mundo. Luego de las ediciones de México, Colombia, Perú y Bolivia en 2017, el festival volvió a suelo argentino. Fueron 40 mil espectadores en cada jornada
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15/02/2018

Aguante todo, reza el eslogan del Cosquín Rock 2018, una premisa que se cumple a cabalidad. Y es que si algo caracteriza a uno de los eventos más grandes del género en el continente es el espíritu del roquero argentino, ese que aguanta toda clase de dificultades para seguir a su banda favorita a donde sea, con una devoción solo comparable a la del hincha de fútbol. Así, con todo y lluvia, se llevaron a cabo más de 14 horas de shows diarios el sábado 10 y el domingo 11 de febrero en el predio de Santa María de Punilla, en plena sierra cordobesa. Gracias a una invitación de la productora GMB, EL DEBER estuvo allá y te lo cuenta.

En una explanada de 9 hectáreas se desarrolla el festival de rock más grande de la región


“¡A brindar por el aguante!”,  gritaba Residente y se sumaba al sentimiento, mientras disparaba contra Trump y los pesticidas; “¡aguante Las Pelotas!”, repetía Ariel Salas, un mendocino que ha visto a su banda favorita en las 18 versiones del Cosquín. Aguantar fue lo que hizo Jeremías Rippa, cordobés de 23 años, que no perdió las esperanzas de fotografiarse con su ídolo Piti Fernández, vocalista de Las Pastillas del Abuelo, la agrupación que cerró la primera noche en un show incompleto, luego de una tormenta con relámpagos y frío.

Jeremías Rippa (dcha.), pudo tomarse una foto con su ídolo Piti Fernández, vocalista de Las Pastillas del Abuelo


En una fiesta a la que cada jornada acuden 40.000 personas para ver a 200 bandas, aguantar es disfrutar, compartir, llegar con la familia o los amigos y vivir una experiencia que se sigue contando por varios días y que se espera ansioso hasta el siguiente año.


Entonces, la lluvia es lo de menos y termina siendo parte de otro eslogan: “Si no llueve en Cosquín, no es Cosquín”, como repite varias veces José Palazzo, el responsable de esta locura

 

Un sentimiento
A diferencia de las anteriores versiones del Cosquín Rock en suelo argentino, este año el evento se redujo a dos días en lugar de tres. Un desafío para los organizadores, ya que la idea era mantener la cantidad de shows y de actividades en los seis escenarios.


En el principal se concentraba la mayor atención de la hinchada. La primera jornada abrió con invitados de México. Desde Guadalajara llegó Vaquero Negro, con su propuesta rap & rock, mientras que al escenario temático (que el sábado estuvo dedicado al reggae) Fanko hizo sentir el groove inspirado en lo más tradicional de su tierra: el mariachi. Una comitiva de periodistas mexicanos también llegó hasta Córdoba, encabezados por el legendario Chava Rock, fundador de la revista Banda Rockera hace 30 años. 

Desde México, Fanko hizo sentir el groove inspirado en lo más tradicional de su tierra: el mariachi


A media tarde, y con la gente que poco a poco iba llenando el lugar, comenzaban las jam sessions en La casita del blues, un espacio diseñado para los amantes del género madre, que emulaba el hogar de los bluesman del viejo delta sureño en EEUU. Allí estuvo la británica Bex Marshall, haciendo gala de su poder interpretativo a través de estándares y clásicos, como Piece of my heart (Palazzo la acompañó con el bajo en un par de piezas). También actuó la argentina Deborah Dixon, gran voz de las Blacanblus. 


El under tenía su lugar en Quilmes Garage, donde se reunieron chicos y grandes para escuchar de cerca a Octafonic, Humo del Cairo, The Flying Eyes y Pez, la banda de Ariel Minimal.


Al lado se exponía la muestra Los Ángeles de Charly, con tres fotografías en gran formato que Andy Cherniavsky, la gran retratista del rock argentino, tomó a Charly García.

La muestra Los Ángeles de Charly, con tres fotografías en gran formato que Andy Cherniavsky, la gran retratista del rock argentino


En el escenario Geiser, y bajo una carpa circense, se vivía otro microclima. Airbag, los chicos que hace 11 años llegaron a Bolivia, crecieron y hoy son una de las bandas consagradas de la movida en el país vecino. Massacre tuvo su turno en la lona y no defraudó con su show compacto. 


Mientras en el escenario reggae Gondwana, Dancing Mood y Los Cafres calentaban el ambiente, antes de que aparezcan Los Pericos junto a Andrew Tosh (el hijo de Peter, la leyenda rastafari), en el escenario central, todavía con luz diurna, Las Pelotas desarrollaban un show memorable con varios invitados. 

Deportes extremos y toda clase de actividades recreativas se llevaron adelante en el predio


Siguió otro nombre acostumbrado al festival: Ciro y Los Persas, que prepara el lanzamiento de Naranja persa 2 y dio varios adelantos de este disco, además de los infaltables clásicos de Los Piojos, como Tan solo y El farolito. Tampoco faltó la profundidad de temas como Luz, en la que Andrés Ciro recuerda que es tiempo de aguantar.   


El alma ricotera se hizo presente con Skay y Los Fakires, que repitió el set que tocó en noviembre en Bolivia. Beilinson, su guitarra SG y el pogo más grande del mundo (JiJiJi) no defraudaron en un nuevo Cosquín. Impecables.


El que no estuvo impecable fue el sonido de Credence Clearwater Revisited (según se supo, es la calibración que ellos usan en todos sus shows, menor a la de los artistas argentinos). Sin el gran John Fogerty, los estadounidenses ofrecieron un repertorio entrañable en el que no faltó Bad moon rising, Proud Mary y Have you ever seen the rain.

La canción sonó a broma cuando todo el mundo vio la lluvia caer en el recital de Las Pastillas. Era la 1:30.


 
Mucho más para ver
Las nubes grises permanecieron hasta la tarde siguiente. La temperatura bajó, pero los ánimos subieron con un invitado especial: Residente. El puertorriqueño (cuya actuación fue criticada por los que consideran que no es un roquero) dio uno de los mejores conciertos del festival. Con precisión, agudeza y acompañado por músicos de primer nivel, el ex-Calle 13 sudó hasta la última gota sobre el escenario principal. Para subrayar, el show de percusión y batería. Impresionante.


Antes del boricua, había subido al mismo escenario Uchpa, La que faltaba, Estelares y El mató a un policía motorizado. El grupo de rock ‘indie’ de Santiago y CIA se presentaba por primera vez en Cosquín y no lo hizo nada mal. 


Al otro extremo del predio, el escenario temático se transformó en un volcán que explotó varias veces, gracias a Viticus, Ácido Argentino (el recuerdo de Hermética, sin Iorio y con Claudio O’Connor), Asspera, Carajo y Horcas, quienes confirmaron que el heavy está más vigente que nunca. El barro propició el marco ideal para los fans que se animaron al desenfreno. 


Bajo el techo de calamina, La casita del blues volvió a ser el centro de shows de grandes referentes locales, como La Mississipi (Un trago para ver mejor, Blues del equipaje, Matadero). Ricardo Tapia y sus muchachos volvieron a confirmar que son grandes del blues argento.

A su vez, en el Geiser, Fernando Ruiz Díaz debutó con Vanthra, una especie de extraño power trío, que representa un paréntesis en su labor con Catupecu Machu. 


Desde Uruguay, La Vela Puerca marcaba la recta final del evento, en un concierto que pareció más extenso de lo que debía ser y daba paso a Los Ratones Paranoicos, que hace poco se reunieron, con un Juanse pospredicador y las canciones de siempre (Sucia estrella, Rock del gato y Rock del pedazo), que muchos de los chicos que estaban ahí no habían tenido la oportunidad de escuchar en vivo de manos de sus autores.  


El ritmo cambió con el punk noventero de The Offspring, que representó un vuelo de nostalgia para los que ya se habían olvidado de temas como Come out and play, Self steem y Pretty fly. Los californianos sonaron técnicamente precisos, como en sus mejores épocas y matizaron los baches con un humor bien gringo.


Herederos directos de los Ratones, pero con una indiscutible influencia del Calamaro de Alta Suciedad, Guasones hizo un repaso por lo mejor de su discografía. El grupo platense fue el preámbulo ideal para el cierre, que llegó con Los Gardelitos, embajadores de la Fiesta Sudaka que marcó a gran parte de los que aguantaron hasta esa hora (3 am), mientras enarbolaban banderas, sacudían trapos y confirmaban que el rock sigue siendo una buena excusa para vivir grandes momentos. Inolvidable Cosquín Rock para todos ellos.



 




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