BRÚJULA

Mi amigo: un adiós a Sam Shepard


Despedida. Fragmento de la carta que Patti Smith le escribió al escritor y actor estadounidense Sam Shepard, fallecido el 2 de agosto

Sam Shepard y Patti Smith, en una de las calles de Nueva York cuando eran novios, en los 70

15/08/2017

Podía llamarme tarde de la noche desde cualquier lugar durante sus viajes, desde un pueblo fantasma en Texas, desde una posada cerca de Pittsburg, o desde Santa Fe, donde se asentaba en el desierto y escuchaba a los coyotes aullar. Pero la mayoría de las veces me llamaba de su casa en Kentucky, en una fría y silenciosa noche, cuando uno podía escuchar las estrellas respirar. Yo me despertaba feliz, molía algo de café y hablábamos de cualquier cosa: sobre las esmeraldas de Cortez, o las cruces blancas en los campos de Flanders, sobre nuestros hijos, o de la historia del Derby de Kentucky. Pero, la mayoría de las veces hablábamos sobre escritores y sus libros: escritores latinos, Rudy Wurlitzer, Nabokov o Bruno Schulz.

Me envió un mensaje desde las montañas de Bolivia, donde Mateo Gil estaba filmando Blackthorn. El aire era liviano allá arriba, en los Andes, pero él navegaba bien, resistiendo, y seguramente yendo más rápido que sus jóvenes compañeros, montando no menos de cinco diferentes caballos. Dijo que me traería a su vuelta un poncho, uno negro con rayas de colores oxidados. Él cantaba en esas montañas al fuego de una hoguera, cantaba viejas canciones escritas por hombres hecho pedazos, enamorados de su propia naturaleza que se desvanecía. Envuelto en sábanas, dormía bajo las estrellas, a la deriva en las Nubes de Magallanes.

A Sam le gustaba estar en movimiento. Él acomodaba una caña de pescar y una vieja guitarra acústica en el asiento trasero de su camioneta, quizás se llevaba al perro, pero sí llevaba una computadora portátil, un bolígrafo y una pila de libros. Le gustaba empacar e irse así, hacia el oeste. Le gustaba tener un papel que lo podría llevar a alguna parte donde realmente no quería estar, pero donde finalizaría llevando su extrañeza.  

En el invierno de 2012 nos encontramos en Dublín, donde el recibió el doctorado en letras honorario de la Universidad de Trinity. El casi siempre se avergonzaba de los reconocimientos pero aceptó este, ya que venía de la misma institución donde Samuel Beckett caminaba y estudiaba. Amaba a Beckett, y tenía algunos pedazos de textos escritos por Beckett enmarcados en la cocina, junto a las fotos de sus hijos. Ese día vio la máquina de escribir de John Millington Synge y los lentes de James Joyce y, en la noche, nos unimos a los músicos del pub favorito de Sam, el Cobblestone, que quedaba al otro lado del río. Mientras nosotros alegremente subíamos por el río, él recitaba un montón de poemas de Beckett que se sabía de memoria. 

Sam me prometió que un día me mostraría el paisaje del sureste, aunque considero que he viajado bastante, no he visto mucho de mi propio país. Pero Sam cambió totalmente, afectado por una enfermedad debilitante. Él eventualmente paró de ir y venir. Desde entonces yo lo visitaba, y leíamos y hablábamos, pero las más veces trabajábamos. Esforzándose en su último trabajo, él valientemente sacó una reserva de fortaleza, enfrentando cada reto que el destino le asignaba. Su mano, con una luna creciente tatuada entre su dedo pulgar y el índice, descansaba en la mesa delante de él. El tatuaje era un recuerdo de nuestros días cuando éramos jóvenes, el mío era un rayo en el tobillo izquierdo. 



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