ENTREVISTA

“Las cosas feas hay que pintarlas bellamente”


“No sé por qué soy así, debe ser como el miedo al vacío de una hoja para pintar”

Expuso en sus inicios en la Plaza Humboldt de la zona sur de La Paz, luego pasó a las galerías nacionales y extranjeras; visitó Dallas (1988), Texas (1989) y Miami (1991), en Estados Unidos. Es miembro del grupo Nervio.

Hace 6 días

Mario Conde es uno de los artistas que mejor han sabido retratar las ‘decepciones’ del proceso de cambio llevado adelante por Evo Morales. Sus cuadros en acuarela son punzantes, satíricos y ácidos, como aquel ya famoso en las redes sociales de la indigente tirada en el piso que tiene a sus espaldas el escaparate de una tienda de lujo donde se luce la prenda oficial del presidente boliviano en ejercicio.

 Lo de las decepciones lo menciona él en esta entrevista. “Al principio tal vez estaba de acuerdo, pero después, se cayó, vino el abuso de poder”, menciona Conde, artista de pocas palabras que siempre que puede rehúye a los medios de prensa.

 También tiene otro cuadro donde tres hombres están bajo una ave esquelética. “Es mi cuadro de las tres C: el cooperativista, el cocalero y el contrabandista”, explica el artista, quien actualmente prepara una nueva serie de piezas para una exposición en 2018, cargada de más crítica al actual gobierno. “Estoy en mi periodo azul”, bromea Conde, que no llega a los 1,60, que tiene la cabeza entre blanca y gris y que admite ser bastante huraño.

“No sé por qué soy así, debe ser como el miedo al vacío de una hoja para pintar, cuando está en blanco es pues terrible. No sabes qué hacer o tienes mucho miedo. Pero, una manchita basta para empezar”, señala. 

 Conde tiene 61 años, a mediados de junio le entregaron en su ciudad natal el premio Pedro Domingo Murillo por su trayectoria. Antes, en 1992, había ganado este galardón por su pieza El teatro de los encubridores. “Creo que soy un poco joven para que premien mi trayectoria”, dice entre sonrisas. 

Atrapado por el arte 
Es el primer día de agosto en La Paz, Conde está en una pequeña sala de la Academia de Bellas Artes Hernando Siles, donde estudió y donde ahora es docente. “No voy a decir que no merezco el premio”, opina. “Aunque ahora puedo decir que no he hecho lo suficiente aún”.

Conde dijo que desde pequeño dibujaba, pero fue su hermano mayor, docente de matemática, quien supo ver sus aptitudes y lo hizo inscribirse en la Hernando Siles. “Porque yo no sabía ni la existencia de la academia, ni que se podía estudiar arte. Así que esa fue la introducción, digamos, a ese mundo”. 

El ingreso a la academia ocurrió también en parte porque ese año las universidades fueron cerradas por la dictadura de Luis García Meza. “Mis padres dijeron que para que no perdiera el tiempo que entre ahí, y después no quise saber de estudiar otra cosa. Me atrapó el arte”, explica Conde. 

Conde recuerda cómo empezó a pintar con acuarela, recuerda que iba a la plaza Humboldt y veía cuadros a la venta pintados con esta técnica, eran los tradicionales paisajes costumbristas. “Nadie pintaba la figura humana, así que yo lo empecé a hacer, aunque también con la carga de costumbrismo”, dice Conde, hasta que un viaje a Estados Unidos, cuando tenía 30 años, le cambió la vida, su forma de verla y de retratarla. “Vi otra clase de trabajos, obras de arte en vivo, que son tan diferentes a cuando las ves en reproducciones. De ahí ya hice otras cosas, ahora vendo algunos trabajos, tengo dinero, compro material y, bueno...”

Entonces, el artista paceño explica que una vez empezó a ganar mejor por su trabajo ya no tuvo que pintar para complacer a otros. “Empecé a pintar cosas que a mí me gustaban, por ejemplo hacer algunas cosas con cuestionamientos, a la religión por ejemplo. Los primeros trabajos que conocieron de mi tenían el tinte de ir contra la religión. Contra el poder, en realidad: el económico, el político, el religioso, venga de donde venga. Ahí no tengo timidez porque estoy con mis medios, con mi instrumento, que es la pintura”.

Conde resalta que vive de su arte desde siempre, desde que se graduó de la carrera. “Porque uno tiene que vivir en el mundo real”, comenta y agrega: “Dedicarme a la docencia nunca se me ocurrió y ya llevo nueve años, tampoco trabajar de esa manera. Es más una cuestión de digamos ‘¿Dónde me llevará el arte?’ y pensar solamente en trabajar y ver cosas que puedas vender”

Máscaras y bailes

Uno de los objetos que aparece con frecuencia en sus cuadros son las máscaras, representación del caporal tan bailado en las entradas religiosas y folclóricas de Bolivia. Otro de los cuadros que alista para el 2018 muestra un muñeco disfrazado de ese personaje carnavalero denominado Pepino, colgado en un poste a la manera en que lo tienen algunos barrios como advertencia a los ladrones. “En mi caso, yo digo que caporal que se acerque a mi barrio será asesinado”, se ríe Conde.

“Este pues es un país donde se baila todo el tiempo y yo soy bien crítico contra ellos, más bien: las entradas universitarias, El Gran Poder, el carnaval de Oruro. Deberían bailar como el Mundial de fútbol, cada cuatro años; además hacer una eliminatoria y que queden los mejores”, dice entre sonriente e indignado.  
Sus trabajos siempre llevan algo de interpelación, no importan cuál sea el tema. “Es que es el arte es una comunicación, no pienso en el público, ni si estaré haciendo bien o mal, siempre que haya que criticar algo, yo lo voy a hacer. Pero hay que hacerlo bien, estéticamente o técnicamente, que esté más o menos bien, lo voy a hacer, además me divierto”

Siguiendo esa línea, Conde también habla de su desprecio por el folclore de Los Kjarkas, a los que califica de complacientes y aduladores. “Me han  hecho odiar el folclore”, bromea de nuevo Conde, fanático del heavy metal en general, y de bandas como Metallica y Iron Maiden. 
Su estética la han calificado como expresionista, surrealista, hiperrealista y neobarroca, es con esta última etiqueta con la que conde se siente más cómodo. 

Un artista importante

En medio de esta entrevista, aparece el escritor y académico Marcelo Villena, quien está escribiendo un ensayo sobre la obra de Conde para una selección de textos. Villena lo califica como “el pintor más importante, contemporáneo, creo que del siglo XX y hasta ahorita”. 

“Me parece un arte maduro que no está pretendiendo descubrir la pólvora y el éxito fácil, y que es en esa tradición en la que se inscribe, en el arte absurdo del barroco por un lado, pero también en el uso de la pintura más reciente de la historia. Son componentes importantes que me parece que distinguen nítidamente la obra de Mario de lo que en general se ve o se publicita en nuestro medio”, dijo Villena. 

Maestros y guías

“Después de Borda, creo que nadie debería haber pintado el Illimani”, dice Conde cuando piensa en todos los artistas que tienen una imagen de esa cumbre. “A veces cansa cómo es tan utilizado, pero es hermoso verlo ahí, tenerlo, para qué pintarlo. Esa belleza no hay que pintarla, si es bello de por sí, para qué lo vas a pintar. Las cosas feas tenés que pintarlas bellamente”, aduce.

Conde dice que los pintores de acuarelas en Bolivia siguen siendo muy costumbristas, en muchos aspectos. “Además, me he dado cuenta de que muchas veces los jóvenes ven que a su maestro le va muy bien y tratan de emular al maestro para ganar económicamente, pero no se dan cuenta de que así están perdiendo y el maestro también”. 

Por eso más que de maestros, él prefiere hablar de guías, ser un guía para sus alumnos. En ese sentido, reconoce tres grandes guías que tuvo en su vida: sus docentes Hugo Lara Centellas, René Castillo y José María de Vargas. Y no puede ocultar su admiración por Alfredo La Placa. “Más bien que no lo he conocido joven, porque hubiera tratado        de pintar igual que él”, señala Conde. “Es un ejemplo para  mí, por su manera de pensar, por el oficio que tiene, por la técnica, especialmente por la persona que fue. Cuando yo sea grande, voy a ser como don Alfredo La Placa”.

“Con el arte he logrado una vida tranquila”, manifiesta Conde. “No he tenido muchas ambiciones económicas, por eso pinto lo que realmente me gusta. Pero es muy poco tiempo de vida.  Quisiera llegar como Tiziano a los 90 años y decir que la muerte lo agarra justo cuando estaba aprendiendo a pintar”, concluye el artista paceño. 

Algunas reflexiones desde la acuarela de mario conde*
La búsqueda de la nitidez pareciera ser un uso inapropiado para la acuarela, en la medida en que buscaría la continuidad entre el pigmento y el agua, queriendo romper esa frontera contradictoria e inherente a la técnica, aunque enfatizándola más, descreyendo aún más de ésta. Desde aquí se podría entrever la obra del paceño Mario Conde y su postura sin duda crítica frente a la acuarela, dado que no solo y desde la contradicción material va hacia la posesión de la figura nítida, sino que lo hace con lo que Marcelo

Villena ha llamado un “gesto fotográfico”.
Si las obras de Conde muestran esa posición y uso de la técnica, se entenderá que esto atañe directamente a la búsqueda misma de la obra, una obra que ya no persigue antologar el tiempo sino más bien trabajar sobre categorías espaciales. Por eso la nitidez en las acuarelas de Conde recae sobre el diseño, a manera de collage, a manera de patchwork, de espacios enfocados yuxtapuestos, donde el tiempo mismo se vuelve una categoría espacial.

Pienso, por ejemplo, en una de sus obras más célebres, Pérez Velásquez, del 2000, donde la lógica espacial permite la reunión de tiempos y perspectivas discontinuos aunque sincrónicos en aquellos personajes que habitan un bar de la ciudad de La Paz.

El tiempo hecho espacio se ha hecho textualidad, por tanto es susceptible de reproducirse, citarse, plagiarse para integrar una tela hecha de otros tantos retazos, tal como sucede con Los borrachos o El triunfo de Baco de Velásquez. Este gesto, basado en la nitidez de la copia, es el soporte ético y político desde donde Conde explora la acuarela nacional.

Hay que entender el “gesto fotográfico” en la obra de Conde. Este gesto consiste en buscar replicar en y con la pintura acuarelista la imagen fotográfica, una imagen, sabemos, materialmente ubicada “entre la toma de la fotografía y la producción de la copia”.*(Pamela Romano-fragmento)



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