BRÚJULA

Eliseo Subiela y el arte de volar


Director de cine argentino

El famoso director argentino falleció el pasado 25 de diciembre en Buenos Aires a los 71 años

14/01/2017

El mismo corazón que tantas veces él involucrara en historias de amor y de muerte, y que le sirvió para darle título a una de sus memorables películas, dejó de latir a dos días de cumplir los 72 años de edad. 


El director argentino tenía en proyecto el rodaje de un filme y la puesta en escena de una obra de teatro y se reponía —”sin miedo a la muerte>”, como le dijo a la prensa—de un infarto sufrido tres meses atrás.
El estreno en el festival de La Habana de su Hombre mirando al sudeste (1986) ha sido uno de los mayores acontecimientos del público y crítica de ese certamen, que acaba de celebrar su edición 38ª.


Es fácil recordar aquellos días en que nadie quería perderse el diálogo metafísico entre un paciente siquíatrico , defensor de la posibilidad de la vida extraterrestre, y su médico, mixtura de realidad y surrealismo, abierto hacia múltiples significados —luego una constante en el cine de Subiela—, que alcanzaría su punto culminante en El lado oscuro del corazón (1992).
 La mención de ese título necesariamente se remite a una tarde habanera en que, al concluir la película en un cine repleto de público, fui testigo de un fenómeno al que no me tiembla la mano en calificar de levitación colectiva.


Darío Grandinetti daba vida a Oliveiro, un poeta algo loco y romántico, encaprichado en enamorar a la muerte (Nacha Guevara) y en buscar, al mismo tiempo, a una mujer capaz de hacerlo volar. Desvaríos existenciales que lo hacían ir y venir por Buenos Aires y Montevideo, declamando fragmentos de poesías de grandes poetas que había hecho suyas (“Me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o pasas de  higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticída. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias ; ¡pero, eso sí! —y en esto soy irreductible —, no les perdono, bajo ningun pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!” —Oliverio Girondo).


La poesía integrada al filme, también de Benedetti y Juan Gelman, la música de Osvaldo Montes, los personajes representativos de tantos mundos dominados por el amor, con aquella Ana (Sandra Ballesteros) prostituta de la que se enamora Oliverio, exageraban hasta el delirio una ficción que (misterios del arte) conectó hasta con el último espectador.
Al concluir el filme sobrevino la ovación. Luego la mudez total, sin que nadie se levantara.

La voz de una acomodadora, a la entrada de la sala, apremió para que el público se moviera, pues habría otra función dentro del Festival de Cine. Fue entonces que me pareció ver flotar a los espectadores mientras iban en busca de la salida, sin pronunciar una palabra, como si cada cual estuviera cautivo en un universo mágico y sin ningún interés en abrir la boca para salirse de él.


—¿Qué esta pasando aquí?— me susurró mi hijo llegando a la puerta.
Algo irrecordable, le respondí. Muchas veces más, traté, sin poder, de revivir aquella ensoñación, incluso encontrándole algún aspecto cuestionable. Nada que importe demasiado en comparación con aquella tarde en que Subiela nos demostró que no solo sus personajes volaban 



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