BRÚJULA

Acerca de gestión cultural


La animación sociocultural y la gestión cultural suelen y deben ir de la mano en aras de construir ciudadanía a través de la cultura, pero no son lo mismo.


13/05/2017

El perfil profesional del gestor cultural –y aquí entiéndase profesional como alguien que ejerce un trabajo de manera eficiente y cualificada, recibiendo remuneración económica por ello– no es ni va a ser un invento o una fabricación hipotética, basada en razonamientos coyunturales, como tampoco lo es el concepto de gestión cultural, del cual deriva dicho perfil profesional. 

En estos últimos dos años se ha puesto de moda en nuestro medio el término ‘gestor cultural’. Todas las personas que organizan eventos o acciones que involucran o tienen como protagonista a la cultura son llamados gestores culturales. Es un error común, sobre todo cuando, en el medio, muy poca gente ha escuchado hablar de la Animación Sociocultural. Pero, insisto, es un error. 

Víctor Ventosa Pérez, presidente de la Red Iberoamericana de Animación Sociocultural (RIA), ilustra de manera muy gráfica el meollo de este error cuando dice que “la gestión y la animación son dos orillas de un mismo torrente”. Son pues dos paradigmas diferentes, aunque complementarios, para abordar el manejo de la cultura: La democracia cultural (originada en Francia) y la democratización de la cultura (originada en los países anglosajones).

La animación sociocultural lo aborda desde el paradigma de la democracia cultural, que ve la cultura como una práctica social viva y en constante construcción, por lo que centra su accionar en los procesos y en la participación activa del ciudadano en estos procesos (de creación y acción cultural); entiende la cultura como un instrumento de poder; es abierta y participativa y, por lo general, utiliza espacios comunitarios.

Busca, a partir de estas acciones y mediante la participación activa de la gente, contribuir a la cohesión social y concienciar a la ciudadanía sobre algo específico (temas de interés e importancia para la comunidad) a través de la organización de, por ejemplo, campañas participativas: campaña contra la violencia, contra la discriminación, etc. 

La gestión cultural lo aborda desde el paradigma de la democratización de la cultura, que ve la cultura –más específicamente aquella que Vidal Beneyto llama ‘cultura cultivada’ o ‘alta cultura’– como un bien común que debe estar al alcance de todos; entiende la cultura como un instrumento de conocimiento; se centra en: resultados, eficacia y eficiencia; utiliza, mayormente, espacios culturales especializados (galerías, museos, teatros o salas de conciertos) y es instrumento de gestión en las industrias culturales y creativas (industria editorial, escuelas de arte, compañías de teatro, etc.). Busca, a través del uso de herramientas metodológicas y por medio de la difusión y promoción de los productos y servicios generados, producidos o exhibidos en los espacios que administra (gestiona), ampliar el público de la cultura y de esa manera aportar contenidos, construir ciudadanía, facilitar la comprensión educativa y favorecer al sentido de pertenencia; y enfoca su estrategia hacia la optimización de la cadena de valor (creación-producción-promoción-difusión-exhibición-consumo) de sus productos y servicios. 

Se trata pues de dos conceptos diferentes, dos profesiones u oficios diferentes, dos puntos de vista y estrategias de abordaje del tema cultural diferentes y, sin embargo, complementarios. La animación sociocultural y la gestión cultural suelen y deben ir de la mano en aras de construir ciudadanía a través de la cultura, pero no son lo mismo. Un animador sociocultural desarrolla y gestiona proyectos. Un gestor cultural desarrolla y gestiona programas y planes. Estos programas y planes suelen incluir proyectos de animación sociocultural, sobre todo para actividades con finalidades pedagógicas, y esta es una de las formas en las que la animación y la gestión trabajan codo a codo.

Considero, por lo tanto, que si no comenzamos desde ahora a diferenciar estas áreas de trabajo, que tienen puntos de partida y enfoques de perspectiva diferentes, corremos el riesgo de alimentar más este mercado de proyectos aislados en que se ha convertido el sector cultural de Santa Cruz, con proyectos destinados a un público específico o demasiado general,  abordados muchos de ellos desde una perspectiva política social, en vez de crear programas que potencien el mercado para los artistas profesionales, que incentiven la aparición de nuevos creadores o intérpretes y contribuyan al desarrollo artístico de la región, que amplifiquen las audiencias para el arte y repercutan también en el financiamiento. Pues ni el sector público ni el privado apoyan proyectos para audiencias reducidas. 



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