Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, sábado 25, agosto de 2007





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Santa Ana de Velasco Cenicienta Hoy y mañana, la población chiquitana se lanzará turísticamente al mundo. Se trata de un proyecto que pretende rescatar la riqueza cultural y natural de uno de los lugares más paradisiacos de la zona. Óscar Tonelli hace una reseña del valor de esta misión jesuítica que mantiene casi intacta su esencia
 
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Tradición. En la gráfica, uno de los lugareños de Santa Ana de Velasco, que se encarga de cuidar las reliquias que se encuentran en el templo misional

Óscar Tonelli

Hoy es un día de gran regocijo para los cruceños en general y para los chiquitanos en particular, pues esta tarde será el lanzamiento de Santa Ana de Velasco como destino turístico nacional e internacional. El acto me llena de satisfacción y orgullo, dado que este pueblo, ubicado a 511 km al noreste de Santa Cruz de la Sierra, siempre ocupó en mi corazón un lugarcito muy especial.
Este sencillo y sufrido paraje, fundado en 1755 por el jesuita Julian Knogler, tiene una fecunda e interesante historia, que como la Cenicienta del cuento, ha experimentado una bella metamorfosis que le permite seguir embrujando y capturando la atención y admiración de propios y extraños.
En este punto llamo la atención del amable lector acerca de una verdad irrebatible: que la historia oficial de Bolivia, no sólo no ha recogido, sino que en forma premeditada ha ignorado el pasado de las tierras bajas del país y de manera particular el de las regiones fronterizas con el Brasil.
Con este marco no puede extrañar a nadie que actualmente sean muy pocas las personas que conozcan algo del ilustre pasado de Santa Ana de Velasco. Ni que la gran mayoría no sepa que esta pequeña, agreste y vetusta población, gozó en el pasado de épocas de verdadero esplendor. Ésta es la causa por la que aprovecho este artículo para dar a conocer algunos de los hechos más significativos que atesora la historia de este pueblo, que tiene uno de los templos misionales más hermosos de la región chiquitana.
Santa Ana, además de ser uno de los escenario privilegiados, donde los jesuitas desarrollaron en el siglo XVIII su monumental obra evangelizadora, fue paraje de otros acontecimientos que estaban sumergidos en la negra noche de los tiempos.
Por ejemplo, fue capital de la colonial provincia de Chiquitos, muy dilatada y rica por cierto, residiendo en ella varios gobernadores por más de tres décadas, tanto en las postrimerías del dominio español como en los primeros tramos de la República. Desfilaron por el cargo personajes de la talla de Miguel Fermín de Riglos, Francisco José de Velasco, Pablo Picado y Rocafuerte, Sebastián Ramos, Gil Antonio Toledo y Marcelino de la Peña;       
Además fue foco de varios levantamientos indígenas que se producen a partir de la expulsión o extrañamiento de los jesuitas, contabilizándose entre ellos los de 1768, 1795, 1797 y 1819, algunos con sangre y muertes.
Entre ellos se destaca el alzamiento en 1797 de un grupo importante de indígenas de la parcialidad Saraveca, que se amotinan y, después de cometer destrozos, retornan a la vida selvícola, refugiándose hasta no hace mucho en la dilatada meseta de la serranía Caparusch o Huanchaca, que actualmente es parte medular del Parque Nacional Noel Kempff Mercado. 
También fue epicentro del asesinato del gobernador de Chiquitos, capitán Pablo Picado y Rocafuerte, a manos de miembros de otra parcialidades indígenas aneñas que reaccionaron contra la prepotencia, abusos y malos tratos que la autoridad acostumbraba cometer. Los autores y sus allegados, en un total de 479 personas, por miedo a las represalias buscaron refugio en la vecina población brasileña de Casalvasco, muriendo poco después la mitad de ellos, como resultado de una grave epidemia. En su huida llevaron consigo una de las viejas campanas jesuíticas de la iglesia fundida en San Rafael, que ahora se encuentra en aquel pueblo y que urge recuperar;  
Santa Ana también fue sede y capital de los temidos brujos de la Chiquitania, donde vivieron hechiceros  pichareros famosos y muy poderosos. Esta tradición tal vezresponde a la existencia en inmediaciones del pueblo de una curiosa formación pétrea, conocida con el nombre de El Viborón, que se cree fue en la prehistoria un importante centro ritual y mágico. La aseveración tiene algún fundamento, pues el gobernador Sebastián Ramos en 1822 informa al rey que, ante reiteradas denuncias y acusaciones, había mandado apresar a “cuarenta infelices indios sindicados del delito de hechicería y les aplique la temible pena de la vara”. 
A principios del siglo XIX, fue bastión de la causa realista en la Guerra de la Independencia, liderados los pobladores, de acuerdo a un parte del coronel Ignacio Warnes, por el párroco de Santa Ana de aquel entonces, el presbítero Gregorio Salvatierra, que tuviera años más tarde una lucida actuación entre los guarayos. Todavía hoy, en noches de fiesta y vahos alcohólicos, se dejan oír  en el pueblo vítores al rey Fernando VII, proferidos por algunos nostálgicos aneños, que por tradición de sus mayores continúan siendo fieles a la memoria de aquel monarca.
Durante la República le tocó ser el centro de la descabellada anexión de Chiquitos a Brasil y la subsecuente invasión protagonizada por tropas del Imperio de los Braganzas. Ellos finalmente se ven obligados a desocupar el territorio con la cola entre las piernas, espantados por una furibunda carta del Mariscal de Ayacucho, que amenazaba con invadir Brasil y llevar a esas tierras “la desolación, la muerte y el espanto”.
Lo cierto es que de Santa Ana se pueden escribir cientos y cientos de páginas. Sin embargo, para descubrir su verdadera riqueza es imprescindible caminar por sus calles y conocer a su gente.

Un libro para descubrir
En octubre del año pasado, Óscar Tonelli publicó Santa Ana, la cenicienta chiquitana. Esta obra, de editorial El País, contiene gran parte de la historia del pueblo, alternada con relatos de los lugareños.