BRÚJULA

20 años de herencia cultural del reciclaje a la utopía



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19/01/2019

Si el siglo XX, a escala mundial, no conoció la paz, los primeros 19 años del XXI parecen ser más apocalípticos aún. Las causas no son el extraordinario avance de la ciencia ni de la tecnología.

El problema radica siempre en el egoísmo, que es la fuente de todos los males humanos. Mientras la pasión por el poder y el goce de los bienes materiales sea la única razón para existir, la humanidad no tendrá opciones de crecimiento espiritual, de alcanzar la absoluta libertad.

Una mirada exhaustiva al pasado nos mostrará como cierto e indiscutible este común denominador. Nuestro país, en estas casi dos décadas inaugurales del siglo, no ha sido la excepción. La angurria por el poder y el enriquecimiento ilícito fueron la norma a cumplir exitosamente en los escenarios políticos y en nuestros ámbitos sociales.



En general, fueron años de confrontación, intolerancia, excesos, contradicciones y cambios violentos en muchos aspectos de la convivencia social boliviana y con muy pocos logros y alegrías que celebrar. La ausencia de liderazgos políticos, el vacío de corrientes ideológicas coherentes y visionarias, la corrupción, el narcotráfico, la violación de las leyes y los derechos humanos en sus diferentes niveles marcaron con sello rojo el ritmo convulsionado de Bolivia.

Reciclamos el pasado amplificando los mismos errores. No surgieron propuestas que nos aproximen a consolidar una nación de bienestar compartido, de fraternidad, de servicio y solidaridad.

No hemos construido un país con vida digna. Son 19 años de incertidumbre, tensión, inestabilidad y podredumbre social. Sin embargo, para no ceder al pesimismo, y más bien convencido de lo que se viene, vislumbro, como en toda crisis de valores y principios que generan una debacle social, que aparecen signos de redención, luces al final del túnel que abren el camino a la esperanza.

La verdadera revolución, el cambio real y profundo de los nuevos ciudadanos del país, se va gestando en lo más crudo del conflicto y la desazón de esta crisis. Esto es lo bueno. Las nuevas generaciones han aprendido y van comprendiendo que no hay cambio real ni posible si no es a partir de la revolución de uno mismo.



Entonces, más allá del fracaso de los partidos políticos y por encima del ocaso de las religiones, por ejemplo, surgen desde el seno íntimo de la sociedad boliviana las nuevas tendencias políticas, se vislumbran otras teorías económicas y aparecen otras perspectivas artísticas, educativas y científicas a la hora de reconstruir la fe en el país.

Tal vez no alcanzan a formar todavía una corriente o escuela definida y clara, pero entre las diversas voces se descubre matices auténticos, originales, con profunda sensibilidad a las exigencias de paz y justicia para el país. Los viejos zorros políticos, los clásicos empresarios oportunistas, la insaciable clase media, los intelectuales y artistas de la ‘torre de marfil’ y el masivo y domesticado populismo se quedan en el pasado como cómplices de formas obsoletas de gobernar, de modos de crear con soniditos y lentejuelas intrascendentes, de prédicas dogmáticas seudoespirituales, de engañosas y corruptas maneras de compartir oportunidades, de respetar derechos y sembrar justicia.

Las recetas de los mesías políticos, los mandamientos de los profetas religiosos, los cánones maniqueístas y estereotipados del arte, sucumben ante la radicalidad de los iniciadores e innovadores de este siglo. Ahí nacen decíamos, en esa efervescencia, las voces disruptivas, los signos y señales de una inteligencia y conciencia nacional que rompe paradigmas e inicia una nueva era para Bolivia.

Existe ya, y camina firme, una generación de personajes bolivianos que asume el compromiso social a sabiendas de que esta causa dolor. Que practica la responsabilidad histórica de identificarse con la justicia, aunque esta búsqueda cueste la vida. Han hecho añicos la muralla de su zona de confort y se resisten a quedar presos en la burbuja fascinante de las redes sociales y salen desde su trinchera a luchar por nuevos destinos, por un futuro de calidad.

Somos un país que ha sobrevivido a cientos de atropellos y humillaciones internas. Una larga historia de factos dignos de olvidar nos repite la historia nacional, sobre todo la de los últimos tiempos, y dentro de esa herencia, estos primeros años del siglo XXI, nos proyecta hacia transformaciones interesantes que ya se ven, principalmente, en las expresiones artísticas. En el arte boliviano, para desarrollar una muestra, es donde mejor encontramos esa ruptura.



El arte, como sabemos, es el reflejo ideal del estado de conciencia de una sociedad. La literatura, el cine, la pintura, la música, el teatro y la escultura, en este caso, son las expresiones donde hemos sido testigos de novedosas experiencias. Narrativas profundamente cuestionadoras, voces que gritan y exigen un modo de vida que nos haga dignos de llamarnos personas y que nos enorgullezca como seres humanos. Un arte que deja su efímero encumbramiento yoísta para entrar en el cuestionamiento, la denuncia de la realidad nacional o, simplemente, dejarnos la reflexión para abrir nuestra mente.

Mientras que, en el deporte, para utilizar una comparación, seguimos “ganando experiencia” o “cayendo con la frente en alto”, en arte hemos dado saltos cualitativos importantes que han trascendido nuestras fronteras y que merecen ser sostenidos, puesto que los mensajes y contenidos se desmarcan de la cultura oficial, conservadora, recicladora y los mecenas escasean ante lo peligroso que es un arte inteligente, sensible, significativo y libre. Bolivia, igual que la totalidad de los países del mundo, está inmersa en el siglo XXI, la centuria del dataísmo. Como tal, su destino es imprevisible.

No sabemos cómo será el manejo de la justicia, de la democracia, del mercado laboral, de la ecología en los próximos decenios, pero sí sabemos que hoy estamos cansados de moldes y esquemas políticos y culturales incestuosos que se reciclan para justificar la explotación social. Las siguientes décadas podremos evaluar si los que hoy asumen la posta de la expansión espiritual de Bolivia pusieron o no el corazón en cada vuelta de esta carrera para llevarnos desde la crónica distopía hasta la anhelada utopía nacional.

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20 años de cultura en Santa Cruz

Arturo Molina

Grandes esfuerzos se habían realizado para que Santa Cruz tuviera una actividad artística en nuestro medio. En ese entonces, la batuta la comandaba don Marcelo Araúz, que trajo desde otras ciudades a grandes artistas, sobre todo formadores, a vivir en nuestra ciudad, los mismos que desarrollaron una gran labor, logrando germinar la semilla del arte.

Todo fue un proceso largo que tuvo su punto de inflexión allá a mediados de los años 90, cuando los cambios de políticas gubernamentales abrían las puertas al apoyo a las artes, que hasta entonces habían sido esfuerzos dispersos, de personas e instituciones, que centraban sus colaboraciones en la Casa de la Cultura Raúl Otero Reiche. Un hito de gran importancia fue la declaratoria de las Misiones de Chiquitos como Patrimonio de la Humanidad por parte de la Unesco.

Esto motivó la realización de dos grandes festivales: el Festival de Música Renacentista y Barroca Americana y el Festival Internacional de Teatro, que tuvieron un fuerte impacto a nivel internacional. Gracias a esto nacen grandes iniciativas y se genera un importante movimiento artístico en nuestra ciudad; Santa Cruz ya no sería la misma.

Este es un movimiento que aún se halla en expansión, pero, de acuerdo con mi criterio, se encuentra en una gran encrucijada, ya que tuvo un desarrollo acelerado en sus inicios pero, actualmente, experimenta un estancamiento en cuanto a la formación artística. Vemos a artistas que alcanzan cierto nivel de formación y son absorbidos por el medio y las necesidades de los productores de arte; una vez que ingresa en este círculo el artista ya no se preocupa por seguir creciendo.

Es importante plantear la necesidad de que existan centros de formación especializada en las disciplinas artísticas de las que aún no se cuentan, pero apostando a la calidad y no a la necesidad de que salgan artistas en el menor tiempo posible.

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La película de Bolivia

Paolo Agazzi

Cochabamba, en plena campi- ña, al pie del Tunari, al final de la última década del siglo XX…. primeros días de rodaje de El día que murió el silencio. El préstamo del banco se hacía esperar, había que contactarse urgentemente con el oficial de crédito en La Paz. Pero ir hasta la ciudad y buscar un teléfono demoraba al menos un par de horas…. suerte que Patty, la jefa de producción, tenía un teléfono móvil, uno de los primeros modelos, un celular del tamaño de medio adobe, un aparato que hasta inspiraba cierto temor a usarlo… pero en esa zona no había señal… había que subirse a un cerro para ver si se lograba hacer contacto.

En el segundo intento, en un segundo cerro, finalmente el torpe armatroste logró el cometido: el oficial de crédito confirmó, en medio de una conversación nerviosamente entrecortada, que el crédito había sido aprobado… el rodaje podía continuar. Santa Cruz, avenida Cañoto, cine Florida, un año después. Una numerosa multitud, apiñada en las gradas que llevaban al cine, esperaba nerviosamente que el público de la función de matiné saliera de la sala para ingresar a la función de tanda. Volvimos más tarde para controlar si había público en la función de noche. La situación era la misma: un público numeroso e impaciente esperaba ingresar en la sala: la película nacional El día que murió el silencio, sin alfombra roja ni limusina, era un gran éxito.

La Paz, Cinemateca Boliviana, 20 años después. Cuatro películas nacionales en cartelera, entro en la sala donde exhiben aquella con más público, busco en la oscuridad donde sentarme y adivino una docena de personas en las butacas.

La película ya empezó, pero hay al menos cinco teléfonos celulares encendidos. Me siento y, al poco rato, en la fila delante de mí, una chiquilla empieza a ‘whatsappear’ frenéticamente por más de cinco minutos. Carraspeo impacientemente hasta que la muchacha se da por aludida y apaga su aparato. Respiro aliviado, mientras tanto he perdido el hilo de la historia… en eso suena otro celular, con el tono de un reguetón de moda: tiro la toalla y salgo de la sala. Unas pocas cuadras y llego al hall de un multisalas. Es miércoles, 2 x 1…. la fila es larga, en su mayoría ‘fetos’ adolescentes, rigurosamente con el celular encendido entre las manos. Me acerco a la cartelera y miro la docena de películas en oferta: hay tres de dibujos animados, cuatro de superhéroes, tres de terror, dos comedias y una musical.

La mitad de ellas también en 3D y solo 2 en versión original con subtítulos, el resto diligentemente dobladas para que los ‘fetos’ no tengan que hacer el esfuerzo de leer y, de esta manera, concentrarse en ‘chatear’ con sus celulares. Todas las películas son rigurosamente gringas. Desalentado me voy a mi casa, enciendo la TV, busco Netflix y veo la película de moda, Roma, filme que solo se puede ver en la plataforma digital. A la mitad de la ‘peli’, me duermo…. y sueño: Bolivia, año 2040... todo es confuso, oscuro, desenfocado… asustado, despierto: en la pantalla corren los créditos finales de la película.

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Con miedo, pero con brújula

Jorge Arturo Lora

Michael Pritchard, un actor norteamericano, humorista del stand up inspiracional, en una de sus tantas sesiones frente a un público eminentemente joven dijo algo así: “El miedo es ese pequeño cuarto oscuro, donde los negativos son revelados”.

Aunque suene anacrónico debo confesar que, cuando leí esta frase, me congelé uno o dos segundos y sentí miedo; regresó a mi piel ese niño que cantaba fuerte para darse valor, instantes previos a tener que ir a encender la luz de su cuarto, volvió a mí el impetuoso mozuelo estudiante de comunicación audiovisual, aquel que perteneció a la última generación de jóvenes universitarios que vivimos el terror y el suspenso que generaba regresar después de una hora al fotoestudio, solo, con una mochila y una cámara vieja, rogando con los dedos cruzados, invocando al dios hacedor del Daguerreotype, que la encargada con una cálida sonrisa diga ‘joven, todo salió bien, nacieron las 36 exposiciones, son tan lindas que acaban de darle luz y color al cuarto oscuro’ y yo, con una sonrisa en estado Nirvana, haya exclamado un gracias casi imperceptible, pero mentalmente viajando al futuro, al momento exacto de la exposición, en la cual ‘el Licen’ de foto coloca A+ en su cuadernillo de notas y el soundtrack de ese momento larga los primeros acordes de guitarra esperando por la voz de Kurt Cobain cantando Smell like teen spirit.

La llegada del nuevo milenio, el Neo de la Matrix, el famoso y parco cambio de dígito, el problemático y fallado Y2K, las catastróficas profecías de Nostradamus, la de los Mayas y el bíblico apocalipsis, el amenazante anuncio de que seríamos primero asistidos y luego reemplazados por robots, invadidos ya y en serio por extraterrestres, la inminente tercera guerra mundial, el jodido cambio climático, nosotros terrícolas sufriendo la proliferación de pandemias, la ampulosa aparición de un aprendiz,  grotesco a la par de austero, que se convertiría en el nuevo personaje del gran circo político mundial, con ustedes… el socialismo del siglo XXI, el incomprendido y resistido VAR en el fútbol, la aparatosa extinción del libro y el cine, la entrada triunfal de Doña Globalización y muchos otros enigmas, paradigmas, predicciones, acertijos, amenazas, consecuencias y desafíos que se me presentaban en la víspera del año 2000. Dos décadas atrás, el desconocido y, por ende, temido tercer milenio aparecía ante mí cada vez más grande, intentando devorarme como La Nada a Fantasía y yo, indefenso cual Atreyu sin Artax ni Falkor, soñando despierto y agazapado, curioso y adrenalínico era conducido sin permiso y a la fuerza, no al pequeño cuarto oscuro de Pritchard, a uno muchísimo más grande, cargando una mochila repleta de rollos por revelar y otros tantos intactos que no se usaron y que no se usarán nunca jamás.

Aquel enero del 99 me encontró con 23 años de edad, ya sin pelo largo, con algunas canas y con los ojos puestos en el arte, para ese momento yo ya era un consumidor compulsivo de cuanto espectáculo o evento artístico cultural acontecía en Santa Cruz, y como actor, años atrás, ya había transitado por mi primera casa teatral, Casateatro, paseado en escenarios junto a Nosotros Dos, y ya era hora de comenzar a dar mis primeros pasos y junto a Carlitos Ure- ña creamos la compañía Tiquiminiqui, fueron varias obras, eran tiempos de creación colectiva, del sueño de la vida de artista, de iconoclastas e irreverentes. Mi capacidad de asombro a full, mis ganas de aprender y mi amor por el arte me hicieron disfrutar de las primeras versiones del Festival Internacional de Teatro y toda su oferta escénica; eran otros acentos, otros cuerpos, otras lenguas que me hacían gestualizar guiado por mis emociones.

Ya trabajaba como encargado de los invitados especiales al Festival Iberoamericano de Cine, el recorrido del hotel a las salas, eran de apasionantes conversaciones, que para mí se convertían en lecciones de cine que aprovechaba al máximo, y poder acceder a todas las funciones me permitió conocer varios países a través de sus historias plasmadas en la pantalla grande; aún recuerdo la retrospectiva al Titón cubano y su muerte de un burócrata, o aquella impactante nación clandestina de Sanjinés.

Aparece en esta etapa Mr. Cañerías (Abraham Ender) musicalizando las escenas de mi vida, el festival de Blues y Jazz, cómo olvidar ese 2001, año en el que un tal Otero, de voz ronca y afinada, me decía que los angelitos culones caen desde el cielo, pude escuchar en vivo a Menphis la blusera y cantarle juntos a ‘Chuchi’ que si se llevaba la cama, le dejara el colchón.

En la primera década del cuarto oscuro que aún sigue siendo este nuevo milenio, fui padre prematuro de una niña prematura, Kiomi, a la vez que paríamos junto a Rodrigo Bellott y otros ‘locangos’ una peli sin precedentes, Dependencia sexual; dirigí mi primer corto en 16 mm, fui un feliz profe de comunicación y teatro en el Colesierra, conocí el mar y el amor, crucé el charco y la madre patria me recibió cálidamente, viéndome debutar como actor de cine al lado de dos estrellotas de Hollywood, Soderbergh y Del Toro; dirigí mi primer largo, mi voz y mi cuerpo quedaron atrapados en un ascensor durante los tres días de Carnaval, para ser más claro, fui invitado a participar en esta arriesgada y extraña película escrita y dirigida magistralmente por Tomás Bascopé, mi vocación de formador (herencia materna) me llevó a desarrollar un proyecto audiovisual para niños y adolescentes, La Tuja Digital, para ese entonces el Festival Iberoamericano de Cine tristemente se había esfumado y aparecía cobrando protagonismo el honesto y valiente Fenavid, llevado de la mano por el Quijote Alejandro Fuentes.

Un tal Oscar Barbery me presentó un tragicómico monólogo de desamor, así nació Joaquinino, una suerte de álter ego que aún me acompaña cantando a voz en cuello canciones de despecho, el Festival de Teatro y el de Música Barroca ya vestían de gala, rellenos del espíritu de don Marcelo, por mi ciudad se sentía una agradable brisa con colores de arte.

Llegó Tadeo, mi segundo retoño, con un pan francés bajo el brazo, con él llegaron más buenas noticias artísticas, Porfirio Azogue me invita a formar parte de los proyectos teatrales El corral de Bernarda y El retablillo de Don Cristóbal, dirigidas por el director español Luis Jiménez, la torre Eiffel y el teatro 9 de París, se dejaron seducir por el texto, las actuaciones y las canciones de estos histriones bolivianos, como anécdota, las presentaciones se realizaron en castellano, con subtítulos en francés; era muy divertido, nos sentíamos atrapados dentro de una pantalla. Me tocó ser “el malo de la película” en las dos primeras producciones de la compañía cinematográfica Abubuya, de Pedro Antonio Gutiérrez y Alejandro Suárez, estos dos filmes están contribuyendo a la deliciosa y plausible aparición de variopintas películas en casi todo el país. Debo confesar que aparte de ver fútbol en la tele, los recortes de periódico son algunas de las cosas que me unen a mi padre, él, devoto y feliz lector, selecciona y recorta sagradamente, todo lo concerniente a las actividades culturales de Santa Cruz, motivo suficiente para entablar fascinantes tertulias sobre estos tópicos.

Esta devoción de mi progenitor y compañero de arte me ha llevado, a través del ejemplo, a hojear las páginas del diario EL DEBER, a informarme con Escenas, pero sobre todo a deleitarme, asombrarme, descubrir vidas fascinantes, teorías, conceptos y cambios de paradigmas gracias al suplemento Brújula. Este año, la actual coyuntura política nos presenta un escenario con pocas luces, hay una dañina oscurana que quiere sabotear la función, la palabra cultura es un ruido en el oído de los políticos, es un estorbo en sus escritorios, pero las pocas iniciativas privadas reviven al entusiasta mecenas, que abriendo la mano colabora a que se siga escribiendo, pintando, escenificando, cantando cual juglares las historias de hombres y mujeres de nuestro país.

El tango de Gardel dice: “Que es un soplo la vida, que 20 años no es nada…” y la canción de Jarabe de Palo que “depende, ¿de qué depende?, de según como se mire, todo depende”, pues sí, creo que también depende de cómo se los vive y es nada si lo vemos con mirada optimista, deseando con toda el alma que vengan otros 20, con más arte y menos artilugio, descubriendo sendas, revelando negativos, en un cuarto ya en claroscuro, con algo de miedo, pero con brújula.

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Nuevas olas

Giovanna Rivero

1999. El siglo XX se cerraba y Santa Cruz vivía días efervescentes. Las manifestaciones materiales de la modernidad explosionaron en diversos niveles. En lo político, se estaba gestando lo que iba a ser un oscuro hito en nuestra historia reciente: La ‘guerra del agua’ en Cochabamba, un hecho que ha marcado el cine y la literatura.

Una pequeña histeria tecnológica cruzaba el imaginario finisecular pues se temía que el cambio de dígito del milenio desatara desastres virtuales y la banca internacional y las bolsas de valores se enloquecieran. Y aunque Evo Morales aparecía con frecuencia en las noticias como líder del sindicato de cocaleros, la verdad es que en ese momento pocos supieron detectar las señales de su emergencia política. La ficción tampoco lo hizo y, de hecho, se pregonaba una literatura ‘apolítica’ que se había sacudido los encargos históricos del siglo para ocuparse de un ‘yo’ con rasgos muy posmodernos.

Veinte años después es posible decir que la literatura boliviana ha comenzado a mirar y anotar con otra sensibilidad los fenómenos políticos nacionales y de la región. Una nueva e imparable ola de movimientos feministas está ‘remapeando’ el mundo, y los registros culturales también quieren dar cuenta de ello. La sociedad civil boliviana no le teme a hacerse cargo de su propio protagonismo.

El capitalismo se ha puesto más feroz que nunca y no asume la menor responsabilidad ante uno de los problemas más atroces que enfrentamos como raza humana: el cambio climá- tico y sus implicaciones económicas y sociales. ¿Qué deseo para el futuro? Que aceptemos la enorme importancia que tiene la cultura y sus distintas expresiones en la maduración de la sociedad boliviana. La cultura es la que sostiene y habilita revoluciones, la que insufla el ánima a una época, la que trasciende sobre las ruinas que el capitalismo va dejando en su paso arrasador. Deseo que el suplemento Brújula se llene de valentía y crezca en espacio y en apuestas intelectuales y editoriales.