BOLIVIA

En 42 años IRFA alfabetizó a una población mayor a la de Potosí o la de Oruro


Según el informe, la fundación que funciona en Santa Cruz instruyó a 326.000 personas desde 1976. La mayoría son mujeres. La entidad se abrió a otros proyectos

Profesores y tres adultos (derecha) que se beneficiaron con programas desde la radio Santa Cruz

05/11/2017

El Maestro en casa es el programa de educación alternativa pionero en Bolivia y el producto estrella por excelencia que aplica desde hace 42 años la Fundación Instituto Radiofónico Fe y Alegría (IRFA), que por medio de las ondas radiales ha alfabetizado hasta nuestros días, según datos oficiales, a 326.000 personas, una cantidad de gente mayor a las poblaciones de los departamentos de Potosí y de Oruro, que tienen 240.966 y 264.700 habitantes, respectivamente, conforme al censo de 2012.

El sello inconfundible del Maestro en casa representa al estudiante adulto, generalmente mujer, sentado en una mesita en el patio de su casa haciendo la tarea en cuadernos especiales, que antes se llamaban esquemas, con el oído atento al radiotransistor a pilas, mediante el cual el profesor dictaba las lecciones deletreando pacientemente las vocales o consonantes para conseguir la comprensión del alumno.

De ese modo miles de personas, incluso de la tercera edad, desentumecieron sus dedos con el arte de escribir y se abrieron al conocimiento que los sacó de la ignorancia. Este método contribuyó, desde 1976, a bajar el analfabetismo a cifras aceptables en Bolivia, empezando su labor en Santa Cruz. El éxito se extendió a Chuquisaca, Tarija y Beni, entre otros departamentos.

Progreso palpable
A decir de Carlos Coca, responsable del programa Maestro en casa, en la década del 70 en Bolivia el analfabetismo llegaba al 45%. Años después, entre 2002 y 2005, se redujo al 13%, obviamente con la cooperación de otros organismos internacionales y acciones del Gobierno que, en 2008, declaró al país libre de analfabetismo, con el 3,7%. Hasta 2015 se redujo a 2,9%, según datos oficiales.

El camino no fue fácil. Empezó en 1975 en una pequeña oficina en la calle Colón, gracias a la obra de la Compañía de Jesús iniciada por la hermana Emma Rioja bajo la dirección del padre Víctor Blajot. En 1983 IRFA adquirió la radio Santa Cruz  y en ese afán se constituyó, en 1992, la red amazónica satelital que actualmente cuenta con más de 70 emisoras afiliadas en el Chaco, en el Oriente y en la Amazonia de Bolivia. 
“En 1975 se organizó el equipo de profesores; en 1976 arrancó el programa educativo con 76 inscritos. Actualmente un 75% de los estudiantes son mujeres. Este fenómeno se da, al parecer, porque la mayoría de ellas se quedan en las casas trabajando en el hogar. Muchos de nuestros alumnos se convirtieron en profesionales que son sacerdotes, autoridades y hasta hay un ministro”, aseguró Coca.
Algunos ejemplos
Cresencia Rojas Ríos (64), vecina del barrio Los Bosques de La Guardia, entró al primero B en 2007 y egresó en 2009. Acto seguido estudió en un CEMA y salió bachiller en 2011. Desde 2010 es maestra guía del Maestro en casa; su papel consiste en dirigir y evaluar a los estudiantes de su zona; ahora sigue a distancia la carrera de Ciencias de la Educación en la universidad Gabriel René Moreno.

“Cuando uno es mayor cuesta desenvolver las manos. Antes sabía leer, pero no escribir. Mi deseo de aprender me llevó a inscribirme en IRFA; imagínese, yo a mis 52 años en segundo básico, pero nunca es tarde para aprender. Se puede ser pobre, pero no burra”, parafraseó la sexagenaria.
Daniel Calisaya Condori (68), domiciliado en Villa Pillín, recuerda que en 1978 se inscribió a raíz de que sus hijos pequeños le pedían ayuda en sus tareas y él apenas podía leer. “IRFA llegó a mi puerta por casualidad porque un joven fue a preguntar por otra persona y yo le dije que me interesaba aprender. Me cambió la vida, porque salí de bachiller y estudié tres años de Derecho en la Gabriel”, dijo orgulloso Calisaya.

Sonia Apabao Atoyay (48), natural de Santa Ana (Beni), se capacita con clases semipresenciales y espera graduarse para seguir la carrera de Trabajo Social. “Trabajaba en una fundación y, pese a que no me lo decían, mis compañeros me hacían sentir menos con el trato que me daban. Renuncié y me puse a estudiar; ahora me siento capaz y sé desenvolverme”, manifestó Sonia, madre de cuatro hijos.


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