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No está el
país para experimentos
Periodo de duros y tremendos desajustes vivió el país a raíz de las
desventuradas políticas a que fue arrastrado hace no muchos años, cuando los
vientos de fronda de la extrema izquierda soplaron descontroladamente, echando
por tierra nuestra esencia democrática, nuestros principios cristianos, el
pensamiento y las imágenes de nuestros próceres que fueron suplantados por la
hoz y el martillo, y que permitieron, incluso, el nacimiento de algo tan
agresivo y escarnecedor como los tribunales populares, entre otros instrumentos
de fuerza y de dominación.
Todo en el país, mientras la aventura se consumaba, se vino abajo. La economía
nacional se fue a pique, el signo monetario apenas si valía un poquito más que
la basura. Se hizo necesaria la emisión de papeles de cortes millonarios que
recibíamos a montones, pero con los cuales apenas si podíamos comprar un pan.
Paralizaron las pocas industrias nacionales, se deterioró totalmente el concepto
del trabajo. En lugar de salir a ganarse la vida con la proverbial dignidad del
boliviano, gruesos sectores sociales se dedicaban a engrosar manifestaciones
tumultuosas y cotidianas. Nadie quería hacer nada. Algunos que estaban en
medianas condiciones económicas abandonaban el país y salían a buscar mejor
suerte o cuando menos la sobrevivencia, al otro lado de nuestras fronteras.
Había que vivir esa época no lejana aún, recalcamos, para tener una idea de
hasta dónde habíamos caído por el pozo ancho y profundo del caos. Era extraña y
urticante la sensación de tener en el bolsillo papeles impresos a la carrera,
moneda corriente, por valor de cinco o diez millones, con los cuales, como
decimos arriba, solamente se podía comprar un pan y para colmo, de mala calidad.
Y por supuesto, aún considerando que algunas familias contaban con sólidas
reservas económicas, de nada les servían porque en los mercados de
abastecimiento de comestibles no había nada que comprar. No había lo básico de
la dieta familiar, digamos carnes, verduras, cereales, frutas, etcétera. Para
proveerse del pan de mala calidad, era menester integrarse a largas e
interminables colas que se formaban desde el anochecer hasta el día siguiente.
Ese era el Paraíso con que llenaban la boca los responsables de la temeraria
aventura a que fue expuesto el país y su pueblo sufrido que tan poco o nada
saben de pequeñas y menos todavía, de grandes satisfacciones.
Los bolivianos somos fáciles a la hora de curarnos del espanto. Y porque somos
fáciles para echarle cruces a un pasado que no está lejano todavía y que
realmente fue estremecedor, amén de ultrajante, corremos el riesgo, en cualquier
momento, de ser arrastrados a experiencias similares.
Cuando intentamos la lógica y necesaria reacción, por lo general ya es demasiado
tarde, ya se han producido hechos traumáticos, ya nos tienen clavadas y, bien
hondo, las espuelas. Podemos, por supuesto, rectificar los cauces, porque somos
inconformes, porque somos rebeldes frente a los excesos, de cara a los extremos,
porque no nos abandona la fe ni en los trances más amargos. Pero en todo caso,
esa rectificación de los cauces tiene un precio muy alto, que seguramente no se
paga en dinero, pero que se cotiza alto en sudores, sangre, dolor y a veces no
pocas muertes.
Estas reflexiones conciernen al momento especial por el que estamos atravesando.
Pero ojo, no tratamos de asegurar que justo hoy están dándose los preparativos
para repetir una aventura que recordamos con pena, con dolor y con amarguras.
Entendemos, con la más buena fe, que bien vale la pena hacer un ejercicio de la
memoria reciente.
Más incoherencias, el pan nuestro de cada
día
Marcelo Rivero
Anteayer me referí a las incoherencias que predominan en Bolivia y en Santa
Cruz, señalando tres. La primera surgida del pasado proceso electoral, en el que
escapó el dirigente cocalero a la confrontación de ideas y planes con sus
principales adversarios, lo que en lugar de dejarlo malparado tal cual hubiese
ocurrido hasta en África, lo hizo subir al extremo que ahora está a punto de
jurar a la presidencia de la nación. La segunda es una ocurrencia de las
compañías aseguradoras que insisten en que el SOAT les da pérdidas, sin embargo
lo buscan por calles, plazas y mercados, y la tercera proviene del hospital
Japonés, que estamos dejando que caiga en la obsolescencia a 19 años de su
creación.
Ahora señalaré otras incoherencias que incluso rozan el ridículo, como aquélla
de que en cuanta competencia organizan (deportiva, social, artística, etc.),
hacen figurar al departamento del Litoral -en alusión al mar cautivo-, siendo
que Bolivia no tiene salida soberana al Pacífico porque a Chile y Perú no les da
(ni les dará) la santa gana de ceder ni un terrón de tierra en el lindero entre
ambos, y pensar que el país trasandino partirá en dos su territorio para darle
gusto a la hija predilecta del Libertador es una utopía. Pues bien, con no poca
fanfarronada hacen un campeonato nacional de fulbito, una elección de reina, un
torneo de churuca, y ahí está la representación del ‘departamento del Litoral’,
generalmente proveniente de alguna provincia o con designación a dedo. En lugar
de ese patrioterismo barato, deberían ponerse a trabajar seriamente y con seso,
de repente en el siglo 23, si el mundo sigue siendo mundo, se podrá convencer a
los vecinos del occidente para que otorguen un corredor en tierra firme y unos
peñascos en una orilla del océano.
Otra incongruencia con sabor a burla es la tributación de los que, con
subterfugios y ‘arreglos’ de mutua conveniencia, lograron anotarse en el Régimen
Simplificado (transportistas y gremiales entre otros), para abonar cuatro reales
al año por concepto de impuestos. El otro día tuve necesidad de comprar un vino
y acudí a una licorería del segundo anillo, en lo que ya es parte del mercado La
Ramada. Cuando reclamé la factura el sujeto que me atendió respondió que no
extendía sino recibo porque pertenecía al Régimen Simplificado. Son gigantescos
negocios -y no sólo de comercio de trago- que no le cumplen a la patria y al
pueblo que dicen amar y, en última instancia, al cliente que precisa la nota
fiscal. Finalizo aclarando que la incongruencia es mayor aún al comparar estos
‘meganegocios’ con otros que sí emiten factura, como por ejemplo una pequeña
farmacia recién establecida con seis frascos y dos docenas de píldoras.
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