Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Jueves 22, Diciembre de 2005
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No está el país para experimentos

Periodo de duros y tremendos desajustes vivió el país a raíz de las desventuradas políticas a que fue arrastrado hace no muchos años, cuando los vientos de fronda de la extrema izquierda soplaron descontroladamente, echando por tierra nuestra esencia democrática, nuestros principios cristianos, el pensamiento y las imágenes de nuestros próceres que fueron suplantados por la hoz y el martillo, y que permitieron, incluso, el nacimiento de algo tan agresivo y escarnecedor como los tribunales populares, entre otros instrumentos de fuerza y de dominación.
Todo en el país, mientras la aventura se consumaba, se vino abajo. La economía nacional se fue a pique, el signo monetario apenas si valía un poquito más que la basura. Se hizo necesaria la emisión de papeles de cortes millonarios que recibíamos a montones, pero con los cuales apenas si podíamos comprar un pan. Paralizaron las pocas industrias nacionales, se deterioró totalmente el concepto del trabajo. En lugar de salir a ganarse la vida con la proverbial dignidad del boliviano, gruesos sectores sociales se dedicaban a engrosar manifestaciones tumultuosas y cotidianas. Nadie quería hacer nada. Algunos que estaban en medianas condiciones económicas abandonaban el país y salían a buscar mejor suerte o cuando menos la sobrevivencia, al otro lado de nuestras fronteras.
Había que vivir esa época no lejana aún, recalcamos, para tener una idea de hasta dónde habíamos caído por el pozo ancho y profundo del caos. Era extraña y urticante la sensación de tener en el bolsillo papeles impresos a la carrera, moneda corriente, por valor de cinco o diez millones, con los cuales, como decimos arriba, solamente se podía comprar un pan y para colmo, de mala calidad.
Y por supuesto, aún considerando que algunas familias contaban con sólidas reservas económicas, de nada les servían porque en los mercados de abastecimiento de comestibles no había nada que comprar. No había lo básico de la dieta familiar, digamos carnes, verduras, cereales, frutas, etcétera. Para proveerse del pan de mala calidad, era menester integrarse a largas e interminables colas que se formaban desde el anochecer hasta el día siguiente.
Ese era el Paraíso con que llenaban la boca los responsables de la temeraria aventura a que fue expuesto el país y su pueblo sufrido que tan poco o nada saben de pequeñas y menos todavía, de grandes satisfacciones.
Los bolivianos somos fáciles a la hora de curarnos del espanto. Y porque somos fáciles para echarle cruces a un pasado que no está lejano todavía y que realmente fue estremecedor, amén de ultrajante, corremos el riesgo, en cualquier momento, de ser arrastrados a experiencias similares.
Cuando intentamos la lógica y necesaria reacción, por lo general ya es demasiado tarde, ya se han producido hechos traumáticos, ya nos tienen clavadas y, bien hondo, las espuelas. Podemos, por supuesto, rectificar los cauces, porque somos inconformes, porque somos rebeldes frente a los excesos, de cara a los extremos, porque no nos abandona la fe ni en los trances más amargos. Pero en todo caso, esa rectificación de los cauces tiene un precio muy alto, que seguramente no se paga en dinero, pero que se cotiza alto en sudores, sangre, dolor y a veces no pocas muertes.
Estas reflexiones conciernen al momento especial por el que estamos atravesando. Pero ojo, no tratamos de asegurar que justo hoy están dándose los preparativos para repetir una aventura que recordamos con pena, con dolor y con amarguras. Entendemos, con la más buena fe, que bien vale la pena hacer un ejercicio de la memoria reciente.


Más incoherencias, el pan nuestro de cada día
Marcelo Rivero

Anteayer me referí a las incoherencias que predominan en Bolivia y en Santa Cruz, señalando tres. La primera surgida del pasado proceso electoral, en el que escapó el dirigente cocalero a la confrontación de ideas y planes con sus principales adversarios, lo que en lugar de dejarlo malparado tal cual hubiese ocurrido hasta en África, lo hizo subir al extremo que ahora está a punto de jurar a la presidencia de la nación. La segunda es una ocurrencia de las compañías aseguradoras que insisten en que el SOAT les da pérdidas, sin embargo lo buscan por calles, plazas y mercados, y la tercera proviene del hospital Japonés, que estamos dejando que caiga en la obsolescencia a 19 años de su creación.
Ahora señalaré otras incoherencias que incluso rozan el ridículo, como aquélla de que en cuanta competencia organizan (deportiva, social, artística, etc.), hacen figurar al departamento del Litoral -en alusión al mar cautivo-, siendo que Bolivia no tiene salida soberana al Pacífico porque a Chile y Perú no les da (ni les dará) la santa gana de ceder ni un terrón de tierra en el lindero entre ambos, y pensar que el país trasandino partirá en dos su territorio para darle gusto a la hija predilecta del Libertador es una utopía. Pues bien, con no poca fanfarronada hacen un campeonato nacional de fulbito, una elección de reina, un torneo de churuca, y ahí está la representación del ‘departamento del Litoral’, generalmente proveniente de alguna provincia o con designación a dedo. En lugar de ese patrioterismo barato, deberían ponerse a trabajar seriamente y con seso, de repente en el siglo 23, si el mundo sigue siendo mundo, se podrá convencer a los vecinos del occidente para que otorguen un corredor en tierra firme y unos peñascos en una orilla del océano.
Otra incongruencia con sabor a burla es la tributación de los que, con subterfugios y ‘arreglos’ de mutua conveniencia, lograron anotarse en el Régimen Simplificado (transportistas y gremiales entre otros), para abonar cuatro reales al año por concepto de impuestos. El otro día tuve necesidad de comprar un vino y acudí a una licorería del segundo anillo, en lo que ya es parte del mercado La Ramada. Cuando reclamé la factura el sujeto que me atendió respondió que no extendía sino recibo porque pertenecía al Régimen Simplificado. Son gigantescos negocios -y no sólo de comercio de trago- que no le cumplen a la patria y al pueblo que dicen amar y, en última instancia, al cliente que precisa la nota fiscal. Finalizo aclarando que la incongruencia es mayor aún al comparar estos ‘meganegocios’ con otros que sí emiten factura, como por ejemplo una pequeña farmacia recién establecida con seis frascos y dos docenas de píldoras.