Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Domingo 20, Noviembre de 2005
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Hay que evitar más enredos

Año que pasa es año que el país incorpora nuevos vagones a su ya largo convoy de conflictos. Cobraron rigor estos acoplamientos, sobre todo, a partir de la transición política sucedánea a la caída de Gonzalo Sánchez de Lozada. Con pitazos connotativos de conflicto político, social, regional y gremial, al referéndum sobre la cuestión del gas sucedieron la “migración” de los contratos petroleros, la distribución de las regalías y el asunto de los escaños parlamentarios, entre otros temas.
Ahora, la cuestión relativa a los contratos con las empresas transnacionales que operan en Bolivia enfrenta al Legislativo con el Ejecutivo. El primero amenaza con llevar al segundo al banquillo del acusado. Apunta con un juicio de responsabilidades al presidente, Eduardo Rodríguez , por no haber hecho lo que debía en el asunto citado, en el plazo establecido. Los parlamentarios que lo amenazan pasan totalmente por alto la cuota parte de responsabilidad que les cabe sobre el tema. ¿Por qué no hicieron lo que en estos casos les manda hacer el inciso 5) del Art. 59 de la Carta Magna? Es obligación de ellos “autorizar y aprobar los contratos relativos a la explotación de las riquezas nacionales”, cosa que nunca hicieron. Sus comisiones de trabajo jamás pidieron al Ejecutivo los contratos con las petroleras para la respectiva aprobación. A causa de todo esto acontece lo de hoy. Lo peor es que los parlamentarios aprobaron una Ley de Hidrocarburos con falencias que ahora dificultan la readecuación (preferimos este término al de ‘migración’) de esos contratos al nuevo régimen normativo en la materia, en el término legal previsto. Al TGN le cuesta una verdadera fortuna el sostenimiento de una densa estructura de apoyo y asesoramiento al trabajo del Poder Legislativo. Cada parlamentario cuenta con un experto que le asesora en su labor de fiscalización y legislación. Hay también asesores para la misma finalidad en cada una de las comisiones parlamentarias de ambas cámaras. De nada sirve. El Parlamento no hace lo que debe y, lo que es peor, descarga después, sin bochorno alguno, su responsabilidad en el Poder Ejecutivo.
No podían ser más inquietantes los nuevos enganches a la serie de conflictos que vivimos en Bolivia desde 1997. La Constituyente y la cuestión de las autonomías son dos de ellos.
Ambos asuntos empiezan a dar lugar a contradicciones que presagian episodios de particular gravedad política y social. No se trata sólo de que respecto a las modalidades de elección de los constituyentes los más quieran la fórmula de “un ciudadano, un voto” y los menos que las pertenencias étnico-cultural se sobrepongan a tal principio democrático. A semejante desfiguración del “Poder de Poderes” el ultranativismo, de mano del neopopulismo, agrega hoy otra, pero esta vez contra el régimen autonómico. Pretende que lo étnico-cultural rompa la unidad de este modelo de organización territorial, política y administrativa. Plantea ‘autonomía’ política y administrativa para los pueblos indígenas. Confunde así circunscripción regional con circunscripción municipal, ámbito este último que basta y sobra para que en los territorios indígenas los originarios tengan sus propios gobiernos. El caso más pintoresco es el del MIP que asocia el modelo autonómico a la oportunidad para un viaje en reversa al Collasuyo, donde los indígenas tengan un gobierno propio, sobrepuesto al de las autonomías regionales y al propio central, que elabore leyes que les favorezca. Es lo que dicen los del MIP en forma expresa. ¿Un Collasuyo de régimen autonómico? Sí, claro, pero ¿cómo conciliar a laimes con jucumanis y a éstos con los cacachacas?
Evitar mayores enredos o conflictos es el imperativo de la hora. Ojalá que este criterio se imponga antes que sea demasiado tarde.


Las llamas de Francia están lejos de aquí
Dominicus

Varios analistas llaman a lo que sucede en Francia y en otros países europeos ‘venganza del Tercer Mundo’. Europa ya no es Europa sino ‘Eurabia’, en clara alusión a los millones de inmigrantes árabes que pululan en las urbes del viejo continente.
Muchos elementos se conjugan para esta tragedia. Uno es el indudable racismo europeo, pero no queda muy atrás el racismo a la inversa de los inmigrantes. Mientras los blancos desdeñan a los morochos musulmanes, éstos persisten en no asimilarse al crisol común, vistiendo sus mismas ropas, manteniendo sus propias costumbres, renegando de lo que el mundo europeo les ofrece, menos –claro está– las posibilidades de trabajo. Este último tema es vital: frente a una creciente masa de desempleados europeos, hay cada vez más competencia por puestos de trabajo que antes el occidental desdeñaba y dejaba en manos de los inmigrantes. Ahora todo lo que venga es bueno; la propia competencia laboral crea mayores antipatías.
El problema es de difícil solución, casi imposible. Mientras persistan rencores de ambos lados, las llamaradas continuarán. Aunque amainen ahora, la irrupción de nuevas convulsiones es solamente cuestión de tiempo.
Frente a estos lamentables hechos, debemos congratularnos en el departamento de Santa Cruz de no tener nada de esto y de la absoluta seguridad de no tenerlo nunca. Acá no hay collas quemando casas y autos de cambas, ni cambas quemando casas y autos de collas. Tampoco hay roces entre las comunidades. Todos viven pacíficamente, tanto los nativos como los venidos del exterior e interior.
Y esto se nota particularmente en la capital, Santa Cruz de la Sierra, donde tenemos grandes masas de inmigrantes viviendo armónicamente, sin problemas de ninguna naturaleza, ni en sus vidas ni en sus ámbitos laborales.
Francia será muy avanzada y ostenta un vasto legado histórico-cultural, pero hoy su modelo migratorio hace aguas. Nuestra Bolivia subdesarrollada tal vez podría exportarle a los ‘franchutes’ el modelo propio de asimilación, de construcción del nuevo país, que Santa Cruz ha impuesto con éxito total: collas, cambas, chapacos y extranjeros conviviendo sin problemas. Hasta en el último confín departamental persiste el hecho irrefutable. Miren el espejo cruceño, compárenlo con el de París; verán que en el campo importante de la integración humana salimos ganando, de lejos, en este vital jirón boliviano que es Santa Cruz.