En la virtud de la generosidad hay que distinguir entre la satisfacción de
los caprichos de los demás o darles lo que realmente necesitan. Con una buena
dosis de prudencia habrá que ver la situación propia y la de la otra persona.
Los adolescentes (de 13 años en adelante) suelen ser generosos, pero los motivos
pueden ser erróneos o poco desarrollados. Así, por ejemplo, tienen ansias de
servir a los más necesitados, de resolver el hambre en Etiopía y erradicar la
pobreza en el mundo, pero no llegan a entender que sus padres, hermanos y
compañeros necesitan su ayuda. Reconocen la necesidad de los demás en general,
en abstracto, pero no aciertan a reconocer las necesidades reales de los más
próximos. Mientras hablan de ayudar a los necesitados, terminan prestando su
atención a un grupo reducido de amigos.
Para afirmar su personalidad, los adolescentes necesitan actuar por sí mismos,
con autonomía, pero no tienen clara la dirección adecuada. Si los padres no les
ayudan a encontrar un cauce adecuado a sus inquietudes, pueden terminar en las
drogas, el sexo, etc. Por ello, una tarea imprescindible de los padres es
facilitar los criterios convenientes para desenvolverse en la vida y después
dejarlos actuar con autonomía.
En otras ocasiones, los adolescentes confunden las necesidades de los demás con
los caprichos personales. No se detienen a pensar en las cosas realmente
valiosas, que son útiles a padres, hermanos y amigos, y entregan lo que
satisface sus gustos personales. Se puede caer en la rutina cuando se hacen
actos superficialmente generosos, sin intención y sin esfuerzo.
La generosidad es auténtica cuando se entiende como un servicio, cuando se
comprende que Dios nos ha creado para servir y entregamos nuestro esfuerzo y
nuestro tiempo. Por eso, es más importante ‘darse’ que dar.
Tampoco puede confundirse el darse con el abandonarse. Esto último es dar algo a
cualquier persona en cualquier momento, sin un criterio claro y sin la intención
de servir. En cuanto al cuerpo, si no se entiende su valor y su dignidad, podría
abandonarse en el otro con la excusa de ‘dar placer’. Esto no es generosidad.
Por el contrario, guardar el cuerpo para entregarlo en su momento a la persona
amada en el matrimonio merece el reconocimiento de su grandeza y respeto.
(*) Inspector de Educación
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