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El huésped de Lula
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| Pedro Shimose |
Lula hizo de anfitrión, el pasado domingo 6 de noviembre, en Brasilia, de un
huésped ilustre: el presidente George W. Bush. No era la primera vez que
sostenían una reunión. Nada más ganar las elecciones, en octubre de 2002, Lula
viajó a Washington y fue recibido por Bush en la Casa Blanca.
Voló, entonces, en un avión de fabricación brasileña como expresión simbólica de
la defensa de los intereses nacionales brasileños. Ahora viaja en Airbus, un
avión fabricado en Europa.
Con este gesto diplomático, Lula intentaba tranquilizar a Estados Unidos
respecto de supuestas nacionalizaciones y expropiaciones que no iban a
realizarse y, en consecuencia, garantizarle que las inversiones de Estados
Unidos en Brasil serían respetadas. Con esa franqueza que le caracteriza, Bush
le dijo que conocía muy poco de la realidad brasileña; Lula le respondió que
Brasil era algo más que el Carnaval de Río, la ‘bossa nova’ y el fútbol.
Aprovechó la ocasión para invitar a Bush a visitar Brasil. Era tanto el recelo
estadounidense, que Bush no asistió a la investidura de Lula. Quien asistió fue
el vicepresidente Cheney.
Han tenido que pasar tres años para que Bush aceptara visitar Brasil, en un
brevísimo viaje oficial de menos de 24 horas. Todo se redujo a una reunión de
más de una hora en la finca Granja do Torto, a las afueras de Brasilia, seguida
de una declaración de amistad que, más allá del texto, venía a reconocer el
liderazgo político y económico de Brasil en Sudamérica.
Después de asistir a la IV Cumbre de las Américas, realizada en Mar del Plata,
Bush, Lula y el presidente de Chile, Ricardo Lagos, abandonaron la Cumbre antes
de la clausura. Por sus resultados prácticos, esta IV Cumbre ha sido irrelevante
porque la liberalización del comercio mundial y la consiguiente eliminación de
las injustas barreras al comercio bilateral o multilateral en productos
agrícolas han sido pospuestas, como tema de debate, hasta el 13 de diciembre,
fecha en la que se realizará, en Hong Kong, la reunión de la Organización
Mundial de Comercio (OMC).
Como sabemos, la IV Cumbre de las Américas ha sido, más que nada, un espectáculo
mediático. En las pantallas de televisión aparecían manifestaciones callejeras
contra Bush, la globalización y la creación del ALCA (Área de Libre Comercio de
las Américas). Pudimos ver, en ciudades argentinas, una Argentina descontenta,
pobre y desesperada. Al margen del circo montado por el presidente venezolano,
Hugo Chávez, acompañado de Evo Morales y Maradona, la gente se pregunta: ¿quién
ganó y quién perdió?
La corresponsal del diario español ABC entrevistó a varios políticos y
diplomáticos argentinos; éstos opinan que Argentina perdió. Además de ser un
gran fracaso diplomático, la imagen de la ciudad de Mar del Plata fue lamentable
por la destrucción que causaron los manifestantes. Un analista económico opina
que los países que apoyaban la firma del ALCA representan el 30% de la economía
mundial, mientras que los cinco países que se opusieron (Brasil, Argentina,
Uruguay, Paraguay y Venezuela) apenas representan el 5% del PIB mundial.
A Lula le pasa hoy, en Brasil, lo que en los años 50 y 60 le pasaba a Paz
Estenssoro, en Bolivia. Vive la esquizofrenia del poder. Por un lado necesita a
Estados Unidos y, por el otro, lo combate y se enfrenta a él. Lula y su Gobierno
están obligados a dialogar con Estados Unidos, aunque su propio partido –el
Partido de los Trabajadores (PT)– salga a las calles a manifestar su repudio a
la política del presidente Bush, tal como hacía el partido de Paz Estenssoro –el
MNR– en tiempos de Nixon. Por un lado atacaba al imperialismo yanqui y por otro
mendigaba la ayuda estadounidense.
La reunión de Brasilia ha venido a corroborar que, tal como está el mundo, es
necesario mantener una franca política de intereses comunes con la primera
potencia mundial. Una cosa es predicar y otra, repartir trigo. A ver si se
enteran algunos políticos bolivianos, tan demagogos, tan deslenguados y tan
sueltos de cuerpo a la hora de insultar y prometer el cielo y la tierra. //
Madrid, 11/11/2005.
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