Santa Cruz y la Constituyente
A través de su Comité Cívico y Brigada Parlamentaria, respecto a la cuestión
de los escaños, Santa Cruz dio muestras que la racionalidad y sensatez conforman
elementos esencialmente constitutivos de la personalidad regional. A fin de
evitarle mayores tropiezos a las elecciones presidenciales, consecuentes con el
anhelo nacional de que nada ni nadie impida esta justa democrática, aceptó el
Decreto Supremo por el cual el Presidente de la República, Eduardo Rodríguez,
postula la solución que el Parlamento fue incapaz de concertar. La aceptó a
pesar de que se le resta uno de los cuatro diputados más a que tiene derecho en
aplicación estricta del parámetro demográfico que establece la Constitución
Política del Estado y la ley electoral.
Pero se deja bien en claro que tal desprendimiento no significa renunciación
alguna en torno al mencionado principio, el cual debe ser de aplicación estricta
en el futuro inmediato. Sobre todo, en lo que hace a la Constituyente, para la
cual debe regir la fórmula de “un ciudadano, un voto”. Es lo democrático. A
regiones de mayor población corresponde mayor número de asambleístas. Santa Cruz
advierte que respecto a este asunto ni negociará ni transigirá con nadie, lo
cual nos parece razonable y legítimo, porque igual que ahora , buscará que
mañana, respecto a la Constituyente, las definiciones en cuanto respecta a la
forma de elección de sus miembros no contradiga sino se ajuste a los principios
democráticos en materia de representación popular, sea ésta ordinaria o
‘constitutiva’. En esta última, igual que en la primera, las mayorías y minorías
asumen la estatura cuantitativa que les acredita el voto popular en las urnas,
sin distorsiones de ninguna clase.
Contradice totalmente lo anterior la propuesta corporativista que sobre el modo
de elección de los asambleístas parte de sectores obviamente minoritarios y
manifiestamente interesados en ser más de lo que realmente son, desde el punto
de vista demográfico, en la Constituyente. Lo curioso es que se den estas
pretensiones a la sombra de recurrentes alegatos alusivos a una aplastante
mayoría de lo indígena en la estructura demográfica del país. Entonces, ¿por qué
la resistencia al principio de “un ciudadano, un voto”? Simple y llanamente, por
llegar a ser lo que no se puede alcanzar a través del voto popular en las urnas,
toda vez que Bolivia es mayoritariamente un país mestizo y urbano, por mucho que
una errática pregunta en el Censo Nacional de 2001 sugiera lo contrario.
Consecuentemente, en vez de “un ciudadano, un voto”, quieren “una etnia, tantos
votos”. De esta manera, buscan para la Constituyente la preeminencia
cuantitativa que no les pueden garantizar las urnas, pero que la conseguirían
tras juntar a los “étnico-constituyentes” con los del MAS y de otras opciones
neopopulistas. Todo esto, en desmedro de Santa Cruz y otras regiones que por ser
más pobladas, en la Constituyente tienen que asumir el tamaño cuantitativo que
establece su cuota aparte en la demografía nacional.
Sensata y responsable la actitud cruceña respecto al último conflicto. Cede para
no perjudicar los comicios presidenciales. Pero tras su desprendimiento hay una
advertencia que algunos sectores de occidente no pueden pasar por alto.
Triste: impunidad garantizada
Dominicus
Es lamentable comprobar que en Santa Cruz de la Sierra reina una impunidad
casi absoluta. Es más, pese a que nuestra ciudad se ha convertido en un lugar
peligroso para vivir, deberíamos –paradójicamente– ‘congratularnos’ con la
amarga satisfacción de que la situación podría ser peor, mucho peor. ¿Y por qué?
Por la sencilla razón de que no hay autoridad que imponga sanciones
ejemplarizadoras. En consecuencia, todos se creen impunes, esto es, libres de
castigo alguno; hacen lo que les viene en gana.
Desde el conductor que olímpicamente ignora señales de tránsito, hasta el que
bota basura, hace ruidos infernales durante la noche sin importarle un bledo sus
vecinos y terminando con el tremendo auge delincuencial, todos pueden hacer lo
que quieran. Total, están en la capital oriental, sede de la impunidad para
quien quiera violar la ley, no respetar al prójimo, ensuciar calles, etc. Es
algo horrible pero real. Nos vemos forzados a convivir con este ‘despiporre’.
Como ya lo expresé alguna vez, ninguna agrupación humana funciona sin que
existan dos mecanismos esenciales que son la ecuación básica de la Ciencia
Política: un aparato de sanciones para quienes no cumplen las normas
establecidas y un mecanismo generador de obediencia voluntaria. Esta última se
crea mediante costumbres, educación y tradiciones, pero también se la puede
mejorar notablemente cuando la capacidad de las autoridades de imponer sanciones
ante la desobediencia es fuerte. Si un cretino que se pasa imprudentemente el
semáforo con luz roja (sin preocuparse por si lo matan o mata a alguien), es
multado ‘ipso facto’ con una fuerte suma de dinero o enviado –como se hace en
Alemania– a la cárcel, probablemente nunca más lo vuelva a hacer. Otros lo
pensarán dos veces antes de cometer esa misma infracción. De la misma manera y
para todo, es dable establecer sanciones drásticas y fuertes hasta que el pueblo
aprenda y obedezca.
Lamentablemente, en Santa Cruz de la Sierra y por debajo de la tibia formalidad
de autoridades constituidas, prima un alarmante vacío de poder tanto en las
esferas policiales como legales, municipales y de gobierno en general. No hay
quién establezca sanciones, no hay quién haga respetar la ley con firmeza y
consecuencia. De vez en cuando se hace algo, pero es por pocos días y con
efímeros resultados. La gente tampoco reclama mucho y, con tal motivo, poco y
nada se hace.
Sí, hay impunidad y eso no es bueno. Parte del progreso de una comunidad es el
camino hacia el orden. Ese camino tenemos que construirlo pronto aquí. No puede
ser que la principal ciudad boliviana, la capital económica e internacional del
país, sea poco menos que una tierra de nadie.