Santa Cruz
aldea
Por otras regiones del vasto y diverso territorio nacional se ha propagado a
voz en cuello el propósito de crear la nueva patria, adelantándose los
propugnadores a desplegar sus coloridas banderas, amén de otros signos que no
han dejado de producir sorpresa en no pocos sectores de opinión.
Pero a nadie se le mueve un pelo cuando con bombos y platillos, cuando con faustos
insólitos se hace honda profesión de fe en la creación de una nueva república.
De piedra libre gozan especialmente los sectores de la parte alta de esta nación
que parece no tener aún un rumbo definido después de casi doscientos años de
vida con soberanía plena, para postular su radical desmembramiento. Tranquilos
observan todos mientras flamean los coloridos pendones del nuevo ordenamiento
que propugnan.
Desde este Oriente que tuvo en la vieja aldea Santa Cruz de la Sierra, su
inclaudicable exponente, jamás se habló, ni siquiera en sueños, de la creación o
de la integración dentro de un nuevo orden, de una nueva estructura republicana.
Pese a no deberle si no vagas promesas, si no amargas frustraciones al
centralismo insensible, el pueblo cruceño bien templado y protagonista de tantas
hazañas, nunca salió con la pata de banco de erigirse o promover la erección de
una diferente estructura ideológica y material de Bolivia.
Por espacio de más de ciento cincuenta años, Santa Cruz de la Sierra había
arrastrado su triste e incierta condición de aldea olvidada y cubierta de polvo
y de miseria. Pero ni el trato así, descomedido, consiguió mellar nuestros
naturales sentimientos cívicos. Jamás, por otro lado, desde Santa Cruz surgió
una voz mezquina reclamando por lo que conseguían otros distritos, mientras al
nuestro lo mantenían postrado o a lo sumo le hacían el juego de emborracharle la
perdiz.
De un siglo acá, Santa Cruz ha liderado todos los movimientos cívicos
reivindicacionistas y lo ha hecho sola, lo cual no ha sido óbice para que luego,
de los logros a fuerza de sudor, lágrimas y sangre cambas, se beneficiarán hasta
los que nos negaban con tozudez. Santa Cruz, este pueblo bendecido, tiene dadas
pruebas sobradas de su bolivianismo. Crisol donde se funden muchas sangres,
Santa Cruz de la Sierra sí da todo sin exigir nada a cambio.
Pero aún siendo esta la realidad, todo lo que se propone, todo lo que en
estricta justicia se reclama desde acá, es tachado por el simple hecho de
provenir de Santa Cruz. Se nos tiene por injustamente privilegiados, se nos
considera producto de un ensimismamiento sin sentido. Mas, no le hace, no nos
van a cambiar, hemos de seguir observando la misma línea de conducta con que nos
hemos hecho sentir en el consenso nacional e incluso del otro lado de las
fronteras patrias.
Nos alcanza como recompensa el agradable sentimiento del deber cumplido y la
gracia de tener tranquila la conciencia y el corazón rebosante de paz y de amor.
Vendedores callejeros en alrededores de los
mercados
Marcelo Rivero
Causó beneplácito ver a los comerciantes del mercado Los Pozos en plena
limpieza de sus puestos de venta, dentro de un programa municipal que prevé
idéntica tarea en otros centros de abastecimiento popular. El tiempo dirá si el
empeño surte efecto, si los famosos gremiales se deciden por la higiene y el
orden, dos de las razones por las que mucha gente, como el que suscribe, opta
por ir al supermercado.
Asimismo ha sido importante saber que al terminar esta labor la Alcaldía
reubicará a los vendedores ambulantes de Los Pozos. Si surte efecto este
propósito estaríamos frente a la solución de uno de los grandes problemas
urbanos de Santa Cruz porque es de imaginar que de la misma forma, aunque sea
paulatinamente, se procederá en La Ramada, en el Abasto y en los alrededor de 50
mercados existentes.
Evidentemente es enorme, gigantesco diría, el problema en cuestión, por
numerosos motivos. Aunque saltan a la vista, habrá que mencionar siquiera los
principales.
El primero es el copamiento de las aceras que deben estar libres para el
tránsito de los peatones, cosa que no ocurre en las calles que rodean a Los
Pozos y tampoco en las adyacentes. Y como estos corredores resultan estrechos
para tantos vendedores -al fin y al cabo tienen que dejar un espacio para que la
gente camine-, pues no dudan en bajarse a las calzadas obstaculizando el tráfico
de vehículos. Se originan entonces aglomeraciones y embotellamientos que,
sumados al parqueo en doble fila de motorizados y las paradas de micros donde
les da la gana a los choferes, convierten el lugar en infernal y en campo
propicio para que entren en acción los "palomillos", los "cleferos" y los
delincuentes prontuariados, de ahí las recomendaciones que se escuchan: mucho
cuidado con la billetera y los bolsillos, las mujeres no deben portar aros ni
collares -porque encima del robo pueden quedar sin orejas, tomar precauciones
para no sufrir lesiones en la cabeza con las puntas de los toldos o al bajar del
corredor porque los automotores aceleran a fondo el rato que pueden, al menos
los colectiveros atrasados. Eso y otras cosas bajo las características de la
promiscuidad, el caos y el desaseo.
Finalmente los vendedores callejeros entablan una competencia desleal a los
comerciantes que tienen sus puestos dentro del mercado, donde hicieron una
importante inversión. Claro, la clientela siempre busca lo fácil, para qué se va
molestar en entrar a comprar lo que busca si al paso puede adquirirlo.
En definitiva Dios quiera que esta iniciativa no quede en nada, así de a poco se
arranca este cáncer que suponen las ventas en la calle y se va acabando con esa
idea que los paisanos tienen de la capital cruceña: aquí se puede hacer lo que a
uno le da la gana.