Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Domingo 23, Octubre de 2005
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¿Respeto a la primera mayoría relativa?

¿Segunda vuelta electoral? La figura no está prevista en la Carta Magna. Esta, como se sabe, dispone que el Presidente de la República sea elegido por mayoría absoluta de sufragios válidos. Si tras las urnas ninguno de los candidatos alcanza este requisito, el pleito por el poder político lo define el Congreso. En votación oral y nominal, elige Presidente entre las dos fórmulas que hubieran obtenido el mayor número de sufragios. Si se da el caso de un empate, se repite la votación por dos veces consecutivas. De persistir aquél, se elige Presidente y Vicepresidente a los candidatos que hubieran logrado la mayoría simple de sufragios válidos en la elección general.
Para introducir la segunda vuelta electoral, en consecuencia, habría que ir a la respectiva reforma constitucional, cosa que no se puede hacer de la noche a la mañana. Las elecciones deben realizarse el 4 de diciembre y ya no alcanza el tiempo para ello. Con un acuerdo político que haga posible el cambio se infringiría la normativa constitucional. Tras las elecciones, los perdidosos alegarían la ilegalidad de las mismas, bombardeando al Tribunal Constitucional con los respectivos recursos.
Nos martillan los tímpanos con alegatos de que se “debe respetar la primera mayoría relativa”. La asocian con legitimidad. Un argumento que no tiene las plantas ni en la constitucionalidad ni en la lógica. Legitimidad constituye atributo exclusivo de la mayoría absoluta. Alude a la voluntad política mayoritaria del pueblo, que es donde reside la soberanía.
Actualmente, en la plaza político-electoral del país, no se percibe ni parece que podrá percibirse muchedumbre de electores congregada en torno a una opción política, en términos de mayoría absoluta. Lo que se ve son tres candidatos que, respecto a preferencias político-electorales, acusan una estatura cuantitativa muy por debajo del tamaño constitucional requerido para lucir en el pecho la banda presidencial con la medalla de Bolívar. Son más petizos que altos. Ninguno supera el 1,30 m de estatura. Con sólo un 28% de la votación global, ninguno de los candidatos puede ufanarse de representar la voluntad mayoritaria del pueblo boliviano. Menos de un tercio no es igual a la mitad más uno...
Claro, cambia la figura si en la plaza político-electoral, después de las urnas, uno de los petizos que obtuvo mayoría relativa de votos se entiende con el petizo C. Es decir, con el tercero de la votación global. Más todavía si hace lo mismo con los ya no petizos, sino manifiestamente enanos, que aparezcan en los lugares cuarto y quinto de las cifras finales. La sumatoria da más del 50% y ésta es la legitimidad necesaria para gobernar. Siempre y cuando, naturalmente, el pacto no se base en las cuotas de poder, sino en el programa a ejecutar desde un gobierno de concertación.
Realidades a tomar en cuenta, las anteriores, cuando se propone la segunda vuelta...


El tema escaños en Bolivia y en EEUU
Dominicus

Como esta columna es mandada al periódico con anticipación, no alcanzo a imaginarme cómo se arreglará el tema de los escaños. Pero, casi con seguridad, pienso que el resultado final será algo ‘sui géneris’, tal como sucede con tantas otras cosas generadas por la clase política boliviana.
Vale la pena examinar un documento paradigma de la democracia representativa: la Constitución de los Estados Unidos de América. Esta carta magna es realmente modelo y ejemplo a seguir.
El Congreso bicameral, o sea un poder legislativo con una Cámara de Senadores y otra de Representantes, fue fruto de una de las conciliaciones más importantes de la Asamblea Constituyente norteamericana. En dicha convención (1787), los estados pequeños apoyaban el llamado Plan de Nueva Jersey, por el cual cada estado habría de tener el mismo número de representantes. Los estados grandes apoyaban el Plan de Virginia, que proponía una representación proporcional a la población. El compromiso derivó en la formación de una cámara de acuerdo con cada uno de dichos planes. Los senadores (dos por estado) representan a la nación, a cada uno de los estados que la componen; la cámara alta refleja equidad: todos son iguales, sean grandes o pequeños. En cambio, los representantes (diputados) son justamente eso: los que representan a la población y así lo estipula explícitamente la Constitución de EEUU, con la salvedad de que "cada estado tendrá cuando menos un representante".
Bolivia tiene también dos cámaras siguiendo el tradicional ejemplo norteamericano, pero ha desvirtuado casi por completo el sentido de una de ellas. En lugar de mantener el sano y racional criterio de equidad en una cámara y el de población en otra, resulta que en nuestro país aunque la equidad ya se refleja abundantemente en el Senado (tres senadores por departamento), en la cámara baja (diputados o representantes) también rige algo de equidad, agregando a ello propuestas de ‘índices de desarrollo humano o económico’ y otra sarta de ‘fórmulas’ vinculadas con la distribución de escaños.
Para darle sentido a la Cámara de Diputados, la lógica indica que salvo un número preestablecido de representatividad mínima por departamento (en Bolivia es algo exagerada, son 5), todo el resto debe ser fruto del criterio de distribución de la población y punto. Si mañana Pando ‘inclina el tablero’ y se producen migraciones masivas hacia ese departamento, pues tendrá que tener cuantos escaños requiera y el resto deberá perder en proporción a los resultados del último censo. Así de simple. Todo lo demás es demagogia pura, capricho, o ganas de complicar las cosas.