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Lideratos
negativos
Tiempo ha que nuestro país, Bolivia, a paso marcial y sostenido, accedió
hasta lugares prominentes entre los de su naturaleza, comprometidos gravemente
con la corrupción. Entre los más contaminados, entre los más abatidos por todas
las formas del mal, allí estaba Bolivia décadas atrás. Y a pesar del tiempo
transcurrido, se mantiene en esa situación de liderato penoso. No ha dado un
solo paso hacia adelante. Si acaso se ha movido un ápice, ha sido más bien para
comprometerse más.
A esta desalentadora conclusión acabamos de llegar luego de tomar conocimiento
de algunas recientes cifras estadísticas elaboradas por corporaciones de alta y
confirmada credibilidad. Según tales cifras estadísticas, no está nada en
peligro el liderato de Bolivia en materia de corrupción. Se mide de igual a
igual prácticamente, con los países de nuestro continente o de cualquier otra
parte del mundo que ya saben de la garra opresiva de la corrupción.
No conseguimos explicarnos cómo es que hemos accedido a este liderato y que nos
mantenemos inconmovibles al frente de él. Al final de cuentas, somos un país
pobre, de escasos recursos económicos, de estructuras que todavía no se han
consolidado. Si somos pobres, si nuestros recursos económicos son escasos, ¿es
lógico que seamos líderes en materia de corrupción? ¿Es acaso la pobreza un
ingrediente apropiado? ¿Se puede ser corrupto considerando que no existen
valores materiales que estimulen la corrupción? Por lo que ocurre en nuestro
caso, creemos que es posible decir que sí.
Somos pocos, pero verdaderamente pocos los bolivianos en una vasta extensión
territorial en que, al parecer, hay de sobra oportunidades buenas y legítimas
para todos. Si en el entorno amplio nuestro hay oportunidades para que cada cual
se gane decentemente la vida, ¿cómo se explica que escojamos casi por regla
general, los caminos equivocados de los corruptos?
Llegamos, a punta de formularnos esta pregunta y muchas otras similares, al
convencimiento de que en el país, en que tantas reformas han sido intentadas,
estamos vitalmente necesitados de una reforma del elemento humano, es decir, del
hombre boliviano. Hemos manejado en diversas circunstancias este juicio y cada
vez nos convencemos más de que es completamente válido. Tenemos que cambiar,
experimentar una transformación total para asegurar un honrado y equitativo
aprovechamiento de nuestros recursos que, aunque no sean muchos ni muy diversos,
seguramente que alcanzan para todos, en la medida de sus necesidades.
Tal vez nos estén haciendo falta modelos, estereotipos de buenos administradores
de los bienes públicos, de los destinos del país y del propio pueblo. No los
tenemos o por lo menos no se los encuentra en la arena de la política partidaria
donde tanta chafalonía es supra valorada. La gente apta, la gente óptima, la
gente buena, no quiere saber nada de política ni de manejo de la cosa pública
porque son formas de mancharse indeleblemente. No queda más entonces, que
recurrir a lo que ya tenemos en estado de descomposición o está
irremediablemente descompuesto. Las posibilidades de mejoría, por supuesto, son
muy escasas.
El problema es humano y hay que tratarlo en niveles adecuados que,
desgraciadamente, poco nos entusiasman.
¡Que bello el zoológico!
Oso Molino (*) ®® Sonria Plis
Nunca pensé tener la suerte que tuve. Años arrinconada en mi pueblo, viviendo
al lado de los míos que nunca estuvieron en la ciudad, mucho menos en el
zoológico. Yo fui la elegida, digo la predestinada porque así nomás a alguien
como yo, no se le puede brindar semejante oportunidad.
La forma en cómo llegué no fue muy agradable que digamos, pero todo se compensó
cuando estuve en el zoológico. Vi a las bestias más temibles, a las peludas y
lampiñas que destrozan este mundo con su ferocidad, su avaricia y la falta de
respeto por la naturaleza.
Hay gente que ve un león en su vida o digamos tres y se da por satisfecho. Yo
veo miles pasar por mi lado, detenerse para que yo los observe y realmente son
feísimos. Me dan miedo. Me hostigan y si no fuera la barrera de seguridad que
hay entre esos animales y yo, yo sería ya, cuento viejo.
En poco tiempo pude ver una serie muy variada de una especie que dizque se llama
humana. Las que muestran las piernas, el ombligo, llevan pantalones chorreados
hasta la vecindad del pubis, son las hembras. Hay gordas, flacas, viejas,
jóvenes. Las más bellas son las niñas, pero son unas malditangas, porque en
sociedad con los niños me molestan más de la cuenta. Si podrían, me tendrían
despierta día y noche, sin dejarme de sunchar.
Los machos, usan bigotes, los que no tienen bigotes tienen patillas, los que no
tienen patillas, usan melena y otros son calvos. Sus cabezas son bolas de billar
que reflejan el sol, cuando se me asoman.
Todos parecen iguales o más o menos iguales. Pero es una especie tan jodida que
se dividen en cambas, collas, chapacos, gringos, chinos y una serie más de
variedades. El común denominador es que son crueles y egoístas. Saben hablar, es
decir expresarse y no se entienden. Tiene la facilidad de demostrar amor y se
agarran a pedradas. Otras veces a tiros, usando las armas que usan para
exterminarnos en el monte, como ocurre con cuanto habitante está ahí. No bien
aparece un humano, surge automáticamente el sonido sordo de un disparo dirigido
a uno de nuestra fauna, que nada les hace y en nada les afecta.
Conocer todo eso, desde el zoológico y ver a las bestias vestidas, al otro lado
de la cerca, es algo que algún día les contaré a los de mi especie, aunque no se
por qué, me tienen cautiva, sin respetar mis derechos a la libertad, ignorando
que los seres animales necesitamos nuestro hábitat. Ellos no sé si no entienden
o realmente son demasiado animales con los animales.
Para salir de esta jaula necesito un abogado pero dizque, esos sí que son
víboras entacuchadas.
(fdo) Ana Conda
* Ejemplar bípedo que también es parte de ese zoológico.
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