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La democracia corre muchos riesgos en la coyuntura actual
Aniversario. Una de las mayores amenazas para el sistema es la posibilidad de enfrentamiento fratricida. La exclusión, la pobreza y la erosión de la política se confabulan para presentar un panorama difícil
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Indefinición. Tras dos semanas de debates, el Congreso no se pone de acuerdo sobre la redistribución de escaños parlamentarios |
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“Si se hubiese desatado un enfrentamiento fratricida en junio pasado, las
Fuerzas Armadas hubieran tomado el poder”. La afirmación corresponde al general
retirado Lucio Áñez, y hay motivos para creerle. Y es que se escuchan ruidos de
pasos fuera de los cuarteles y declaraciones poco claras en el interior. El
primero en salir a dar el aviso fue David Aramayo, comandante de la Policía.
Dijo que le habían golpeado la puerta para iniciar un motín durante junio. El
martes, casi con las mismas palabras, el turno fue del general de Ejército
Marcelo Antezana. Ambos aseguran que ‘no escuchan los golpes’ (en las puertas).
Fernando Mayorga desconfía de cualquier teoría de conspiración en el interior o
afuera de las FFAA, pero sí ve una posibilidad real de que exista un golpe de
Estado. Observa que antes que la institucionalidad democrática, los grupos
castrenses priorizarán la unidad del país, algo que se ha puesto en duda “con la
fuerte polarización de enero y la posibilidad de enfrentamientos fratricidas que
se dio en junio”, dijo.
El sociólogo Juan Ramón Quintana se pregunta qué hacen los comandantes de la
Policía y el Ejército dando declaraciones de ese tipo y por qué no lo hacen a
través de sus entes colegiados, que son los comandos generales de la Policía y
las FFAA. Para Quintana, esto deteriora la autoridad del presidente: “La devalúa
porque no pone límites a esta práctica discursiva y no democrática. El
Comandante de la Policía da tantas declaraciones que hasta parece que no hay
ministro de Gobierno. Eso confunde, genera graves distorsiones y sentimientos de
poder político en esas instituciones”. Las posibilidades de una guerra civil o
enfrentamiento fratricida vienen de la mano de la polarización que ha
experimentado el país en los últimos meses. Para el analista político Andrés
Soliz Rada, ésta es culpa de los malos manejos del Estado durante todo el
periodo democrático. “La destrucción nacional ha exacerbado los regionalismos.
Como no pueden resolver sus problemas dentro del Estado, tratan de solucionarlos
en sus regiones o a través de sus identidades de aymara, quechua, guaraní o
chapaco, y no como ciudadanos”, explicó.
La falta de inclusión, en opinión del comunicólogo Rafael Archondo, provoca que
el Estado sea percibido como algo ajeno, como un adversario. “Es fundamental que
después de la Constituyente, la población sienta que el Estado es suyo, que
comparta responsabilidades, que sienta que no es un padrastro al que se le exige
todo, pero no se le cree nada”, dijo.
Sin embargo, el economista Javier Gómez advierte de que no hay que apostar todas
las fichas a la Asamblea Constituyente, porque será un escenario en el que los
ganadores confeccionen una nueva Constitución. Allí ve uno de los principales
riesgos para la democracia. Luego de la capitalización, los cuestionamientos y
desencantos sobre ésta a partir de 1999, existe una suerte sentimiento
derrotista entre los bolivianos, que piensan que los únicos ganadores están
lejos de Bolivia. Para él, la salida posible es que el próximo Gobierno sea
coherente con su masa electoral, por más que eso signifique pelearse con quien
no lo eligió. “Mesa intentó estar bien con Dios y con el Diablo y al final todos
se vinieron contra él. Lo mismo puede pasar en 2006. El próximo presidente puede
ser echado del poder por la misma gente que lo eligió. La movilización social ha
reemplazado al voto, por la lejanía de los partidos políticos a las demandas de
la sociedad. Ya no son mediadores”, explicó.
Para Mayorga, lo más importante es crear un clima de consenso, para que nadie se
sienta ganador ni perdedor en la Constituyente. Advierte de que para ello es
necesaria una enorme capacidad política y predisposición al diálogo. “Cuando
tienes una sociedad que está en proceso de cambio y conciliación de intereses, y
los actores son, en términos generales, débiles y no pueden imponer su
hegemonía, el diálogo es la única salida”, dijo. Sin embargo se muestra
optimista porque pese a que el país experimentó varias fracturas en la
continuidad democrática, el proceso permanece de pie.
Tras un lustro, la economía es saludable
Desde los últimos días del Gobierno de Víctor Paz Estenssoro, Bolivia no
tenía un déficit fiscal del 3,5%. La semana pasada, el presidente Eduardo
Rodríguez Veltzé, hizo el anuncio con bombos y platillos de lo que parece ser la
mejor noticia en muchos años para la economía boliviana. El déficit en el Tesoro
General de Bolivia alcanzó el 8% en 2003 y Gonzalo Sánchez de Lozada trató de
bajarlo con el impuesto al salario. Así desató la crisis de febrero negro y el
resto fue caída libre.
Pese a los dos años de convulsión social que ha vivido el país, el Estado ha
logrado descontar casi cinco puntos del déficit, pero eso no significa que se
haya achicado o hecho ahorros. La respuesta al éxito está en una conquista de
octubre: la nueva Ley de Hidrocarburos.
Según explica Javier Gómez, economista del Centro de Estudios para el Desarrollo
Laboral y Agrario, la suerte de los políticos es que los indicadores económicos
actuales les han dado mucho aire.
“Estamos con un crecimiento de exportaciones muy fuertes, y con una reducción
del déficit fiscal muy grande gracias a la nueva Ley de Hidrocarburos. Ésta le
ha dado la oportunidad al Estado Boliviano de aliviar su peso a través del
Impuesto Directo a los Hidrocarburos, el Impuesto Específico a los Hidrocarburos
y el crecimiento de los precios del petróleo en el mercado internacional.
Estamos con indicadores económicos mucho mejores que en el año 2002”, dijo, y
añadió que lo más paradójico es que esta bonanza es fruto de las movilizaciones.
Sus enemigos
Desigualdad. La tesis neoliberal de que creando ricos se iba a producir un
derrame que beneficiaría a toda la población no ha funcionado en Bolivia. Los
índices de pobreza se mantienen por encima del 60% y la concentración de la
riqueza, en menos del 5% de la población.
Exclusión. Los bolivianos ven que hay ciudadanos de primera y de segunda, gente
que tiene acceso a todos los beneficios del Estado y personas que no pueden
educar a sus hijos, ni tener acceso a la salud y los recursos naturales.
Conflictos entre regiones. La crisis económica y los problemas entre clases
sociales han desarrollado un conflicto de intereses entre el oriente y el
occidente del país. Mientras la región andina busca nacionalización de
hidrocarburos y Asamblea Constituyente, el oriente cifra sus esperanzas en las
autonomías departamentales. Se entiende el país como dos Bolivias, una
productiva y otra bloqueadora, una beneficiada y otra excluida. El proceso es de
ida y vuelta. El último ‘round’ de esta disputa se pelea en el Congreso, con el
intento de interpretación del fallo del Tribunal Constitucional sobre
redistribución de escaños.
Impunidad. Ni en los hechos de corrupción, ni en los abusos de la fuerza en los
periodos constitucionales no han sido sancionado los culpables. Eso causa un
descreimiento en el sistema de gobierno.
Política erosionada. La falta de solución de los problemas esenciales de la
sociedad provoca que al ciudadano común no le importe quién arregle sus
carencias. Es por eso que en la encuesta del Latinobarómetro Bolivia figura con
más del 60% de aceptación un régimen militar, si éste les resuelve los problemas
económicos
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