Sancionar el cierre de
válvulas
Que Bolivia no es una taza de leche lo sabe cualquiera. La gente no tiende a
la paz y al respeto a la ley o a los demás cuando vive en un país recargado de
problemas, entre los cuales la desocupación y los bajos ingresos alcanzan el
mayor efecto de incandescencia. Pero esto no quiere decir que la autoridad se
cruce de brazos para que desde ciertos sectores de la sociedad se haga lo se
quiera, perjudicando a la colectividad y al propio país.
De un tiempo a esta parte, el cierre de válvulas en los ductos del gas o el
petróleo reemplaza a los ya tradicionales bloqueos de caminos como métodos de
protesta social. De esta forma se presiona para que las autoridades
departamentales o regionales atiendan pedidos referidos a la atención de
necesidades locales o provinciales. De magnitud diferenciadas cada una de ellas.
Van desde la edificación de una escuela hasta la construcción de un camino
carretero, pasando por el tendido de un puente o la ejecución de alguna otra
obra.
Actualmente, existe total incertidumbre sobre el potencial productivo de Bolivia
en lo que respecta al gas. Tras la problemática Ley de Hidrocarburos, cuyo texto
se debe más a lo ideológico-politiquero que a la racionalidad con la cual se
deben tomar decisiones en campo tan crucial, se paralizaron las inversiones,
circunstancia que ahora crea el riesgo de que las disponibilidades del
energético no cubran la demanda interna. El gas en garrafa, como se sabe, es el
energético que de preferencia se utiliza en las cocinas de casi todas las clases
sociales del país. También en el sector del transporte, donde aumenta de forma
creciente la cantidad de vehículos que lo utilizan como combustible.
A lo anterior habría que agregar el contrabando que se hace del gas boliviano a
países vecinos. Todo, a causa de la subvención estatal en el precio. Como el gas
boliviano vale mucho más en el exterior que en Bolivia, los contrabandistas lo
venden allende nuestras fronteras, sin que nadie pueda parar este ilícito
negocio.
Por tanto, es real el peligro de un desabastecimiento de gas a escala nacional,
en el futuro inmediato. Si encima las autoridades toleran el cierre de válvulas
en diferentes puntos de los respectivos ductos, la situación en cuanto a
disponibilidades del energético se refiere, se puede poner de color hormiga si a
partir de ahora no se hace lo necesario para evitar que el gas falte en el
mercado nacional. Dentro de las medidas a adoptarse en esta dirección, cobra
rigor especial la necesidad de enjuiciar y sancionar a cuantos cierren válvulas
pidiendo esto y aquello. Semejante forma de perjudicar a la colectividad se
halla tipificada como delito y sancionada con cárcel por el Código Penal.
En consecuencia, corresponde a las autoridades aplicar sin vacilaciones la ley
para poner precedentes de suficiente vigor intimatorio a los que de ahora en
adelante quieran sabotear la provisión de gas en tiempos en que el energético
empezará a escasear en el mercado. Es bueno que lo hagan, antes de que sea
demasiado tarde...
Escribir cartas: ¿cosa del pasado?
Dominicus
Con motivo de mi reciente mudanza de domicilio, tuve que hacer lo que todos
hacemos de vez en cuando pero retrasamos lo máximo posible. Me refiero a la
“policía” de papeles, a tener que deshacernos de libros, cartas, documentos y
otro papelerío que por “x” o “b” ya no precisamos, para así maximizar el espacio
disponible.
No sé a usted amigo lector, pero yo cada vez que debo hacer la mentada “policía”
sufro, pues soy papelero por definición. Pero ni modo, hay que hacer espacio y
deshacerse de lo antiguo o inservible.
Estando en ese proceso, me puse a mirar archivos con viejas cartas de amigos,
familiares y conocidos. Me impresionó ver nombres ya olvidados y también nombres
presentes y muy queridos. Asimismo, recordé con nostalgia las cartas que a su
vez yo enviaba.
¡Ah! Pero todo eso ha cambiado en estos últimos tiempos. Ahora la mayoría de las
cartas son parte de un tiempo que se fue. Hoy en día todo se hace diferente: el
correo electrónico se impone. Desde los chicos que estudian en el exterior y
mandan mensajes a sus padres hasta las viejas amistades con las que uno
normalmente se carteaba, ahora apelan al “chateo” (conversación por
computadoras) o al “e-mail”. Ya pocos van al correo tradicional con la carta en
el bolsillo, listos para sacar la lengua y pegar la estampilla de envío.
El progreso es innegable y sus ventajas también. Por e-mail se pueden enviar
mensajes, planos, fotos y documentos de toda naturaleza de forma prácticamente
instantánea; no más la ligera nerviosidad –que duraba por lo menos unas dos
semanas– de esperar el “acuse de recibo” mediante carta de respuesta o la prueba
oficial de entrega del despacho por “certificado”. Ahora la propia computadora
nos anuncia que el mensaje fue recibido e inclusive nos avisa si ha sido leído o
desechado.
Para terminar estas reflexiones, les cuento que aunque me vi obligado a botar
muchas cartas viejas, he decidido guardar algunas, sobre todo aquellas
intercambiadas con los seres más queridos del pasado y del presente. Esas viejas
cartas serán para mí la memoria escrita de un periodo, superado tal vez, pero
que siempre añoraré, sobre todo ahora que vivimos en medio de una parafernalia
tecnológica que nos ofrece tantas opciones y diversidades, pero sin calor
humano.
La vieja carta, sea manuscrita o a máquina, es ya cosa del pasado. Guste o no,
el e-mail ganó la partida; ahora penetra en todas las clases y estamentos
sociales. Así están las cosas. Hasta el próximo domingo.