Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Domingo 9, Octubre de 2005
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Sancionar el cierre de válvulas

Que Bolivia no es una taza de leche lo sabe cualquiera. La gente no tiende a la paz y al respeto a la ley o a los demás cuando vive en un país recargado de problemas, entre los cuales la desocupación y los bajos ingresos alcanzan el mayor efecto de incandescencia. Pero esto no quiere decir que la autoridad se cruce de brazos para que desde ciertos sectores de la sociedad se haga lo se quiera, perjudicando a la colectividad y al propio país.
De un tiempo a esta parte, el cierre de válvulas en los ductos del gas o el petróleo reemplaza a los ya tradicionales bloqueos de caminos como métodos de protesta social. De esta forma se presiona para que las autoridades departamentales o regionales atiendan pedidos referidos a la atención de necesidades locales o provinciales. De magnitud diferenciadas cada una de ellas. Van desde la edificación de una escuela hasta la construcción de un camino carretero, pasando por el tendido de un puente o la ejecución de alguna otra obra.
Actualmente, existe total incertidumbre sobre el potencial productivo de Bolivia en lo que respecta al gas. Tras la problemática Ley de Hidrocarburos, cuyo texto se debe más a lo ideológico-politiquero que a la racionalidad con la cual se deben tomar decisiones en campo tan crucial, se paralizaron las inversiones, circunstancia que ahora crea el riesgo de que las disponibilidades del energético no cubran la demanda interna. El gas en garrafa, como se sabe, es el energético que de preferencia se utiliza en las cocinas de casi todas las clases sociales del país. También en el sector del transporte, donde aumenta de forma creciente la cantidad de vehículos que lo utilizan como combustible.
A lo anterior habría que agregar el contrabando que se hace del gas boliviano a países vecinos. Todo, a causa de la subvención estatal en el precio. Como el gas boliviano vale mucho más en el exterior que en Bolivia, los contrabandistas lo venden allende nuestras fronteras, sin que nadie pueda parar este ilícito negocio.
Por tanto, es real el peligro de un desabastecimiento de gas a escala nacional, en el futuro inmediato. Si encima las autoridades toleran el cierre de válvulas en diferentes puntos de los respectivos ductos, la situación en cuanto a disponibilidades del energético se refiere, se puede poner de color hormiga si a partir de ahora no se hace lo necesario para evitar que el gas falte en el mercado nacional. Dentro de las medidas a adoptarse en esta dirección, cobra rigor especial la necesidad de enjuiciar y sancionar a cuantos cierren válvulas pidiendo esto y aquello. Semejante forma de perjudicar a la colectividad se halla tipificada como delito y sancionada con cárcel por el Código Penal.
En consecuencia, corresponde a las autoridades aplicar sin vacilaciones la ley para poner precedentes de suficiente vigor intimatorio a los que de ahora en adelante quieran sabotear la provisión de gas en tiempos en que el energético empezará a escasear en el mercado. Es bueno que lo hagan, antes de que sea demasiado tarde...


Escribir cartas: ¿cosa del pasado?
Dominicus

Con motivo de mi reciente mudanza de domicilio, tuve que hacer lo que todos hacemos de vez en cuando pero retrasamos lo máximo posible. Me refiero a la “policía” de papeles, a tener que deshacernos de libros, cartas, documentos y otro papelerío que por “x” o “b” ya no precisamos, para así maximizar el espacio disponible.
No sé a usted amigo lector, pero yo cada vez que debo hacer la mentada “policía” sufro, pues soy papelero por definición. Pero ni modo, hay que hacer espacio y deshacerse de lo antiguo o inservible.
Estando en ese proceso, me puse a mirar archivos con viejas cartas de amigos, familiares y conocidos. Me impresionó ver nombres ya olvidados y también nombres presentes y muy queridos. Asimismo, recordé con nostalgia las cartas que a su vez yo enviaba.
¡Ah! Pero todo eso ha cambiado en estos últimos tiempos. Ahora la mayoría de las cartas son parte de un tiempo que se fue. Hoy en día todo se hace diferente: el correo electrónico se impone. Desde los chicos que estudian en el exterior y mandan mensajes a sus padres hasta las viejas amistades con las que uno normalmente se carteaba, ahora apelan al “chateo” (conversación por computadoras) o al “e-mail”. Ya pocos van al correo tradicional con la carta en el bolsillo, listos para sacar la lengua y pegar la estampilla de envío.
El progreso es innegable y sus ventajas también. Por e-mail se pueden enviar mensajes, planos, fotos y documentos de toda naturaleza de forma prácticamente instantánea; no más la ligera nerviosidad –que duraba por lo menos unas dos semanas– de esperar el “acuse de recibo” mediante carta de respuesta o la prueba oficial de entrega del despacho por “certificado”. Ahora la propia computadora nos anuncia que el mensaje fue recibido e inclusive nos avisa si ha sido leído o desechado.
Para terminar estas reflexiones, les cuento que aunque me vi obligado a botar muchas cartas viejas, he decidido guardar algunas, sobre todo aquellas intercambiadas con los seres más queridos del pasado y del presente. Esas viejas cartas serán para mí la memoria escrita de un periodo, superado tal vez, pero que siempre añoraré, sobre todo ahora que vivimos en medio de una parafernalia tecnológica que nos ofrece tantas opciones y diversidades, pero sin calor humano.
La vieja carta, sea manuscrita o a máquina, es ya cosa del pasado. Guste o no, el e-mail ganó la partida; ahora penetra en todas las clases y estamentos sociales. Así están las cosas. Hasta el próximo domingo.