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Cuidado de los bienes públicos
Normalmente nos interesan muy poco, o más bien no nos interesa nada, los
bienes que son del dominio público, que forman parte del patrimonio del Estado
nacional, y que están puestos para el uso y el provecho de las comunidades a lo
largo y a lo ancho del país.
No sólo usamos a nuestro libre albedrío estos bienes públicos, además, abusamos
desconsideradamente de ellos, los dañamos, los deterioramos y los destruimos sin
miramiento alguno.
Pero eso sí, cuando los destruimos, cuando los inutilizamos por abusos o
negligencia o ambas cosas a la vez, exigimos a voz en cuello y mediante medidas
de fuerza, su inmediata reposición, declarándonos capaces de hacer rodar cabezas
si no se nos atiende de inmediato. Curioso, sin duda, nuestro comportamiento.
Más de una vez hemos escuchado, hasta de boca de gente de presunta notoriedad
social, que no importa el daño que se cauce a un servicio, a un bien público,
porque al final de cuenta son de propiedad del Estado. Golpea, inutiliza,
destruye, son voces que unos a otros nos pasamos, porque este servicio, –que no
es bueno–, es suministrado por el Estado. Así que, adelante con el impulso
incivilizado de la depredación, del que da la impresión de que no podemos
sustraernos.
Con gran esfuerzo, sacrificando al máximo la economía del sector público, que
siempre es deficitaria, se construye una plazuela y se la dota de lo
indispensable. Vías de circulación, jardines, ocasionalmente fuentes y otros
motivos decorativos e incluso juegos infantiles. No obstante, más se tarda en
dejar librado al uso público todo este bien y sus consiguientes servicios, que
en empezar la salvaje tarea del robo y de la destrucción. Los mal entretenidos y
los malvivientes, en un abrir y cerrar de ojos dejan impresas sus huellas. El
vecindario, por su parte, nada intenta para salvar lo que se ha construido con
esfuerzo y para su exclusivo beneficio.
Estamos de acuerdo en que es poco lo que se hace frente al enorme cúmulo de
necesidades en que todos naufragamos a la hora de acudir a los servicios
públicos. Pero, precisamente por ser poco lo que se hace, debido a las
debilidades presupuestarias, tuviéramos que erigirnos en vigilantes de lo que se
pone al alcance de nuestras manos. Vigilantes insobornables, naturalmente, y con
un alto sentido del patriotismo, reconocidos amantes de lo suyo.
En las escuelas y en los hogares, sobre todo en estos últimos, que son los que
mejor funcionan como centros de enseñanza y de buen comportamiento, debiera
instruirse machaconamente a los niños y a los jóvenes acerca de sus deberes con
la comunidad y de sus obligaciones frente al empleo de los bienes públicos.
Tienen que crear conciencia padres y maestros, entre los niños y los jóvenes,
acerca de aquella consigna que recuerda que de las cosas útiles siempre es
posible usar en beneficio personal, pero en ningún caso abusar.
El progreso de nuestro medio, la modernización y la optimización de nuestro
ambiente siempre tendrán tropiezo, llegarán con demora, si no aprendemos a
respetar los bienes públicos, a usarlos con prudencia, y a conservarlos
celosamente. Destrozar lo poco que tenemos constituye una herejía si se toma en
cuenta nuestras crónicas pobrezas.
Carta a mi yerno
Oso Molino (*) ®® Sonría ‘Plis’
Mi ingeniera en asepsia es algo muy especial. Ella tiene una amplia
información de todo cuanto ocurre en mi barrio. Es increíble. No sé con quiénes
se mete, pero a sus manos llegó una carta que me la mostró y yo se las muestro a
ustedes.
“Querido yerno:
Bueno, te extrañará mucho que te trate de querido, cuando ni a mi hija, tu
compañera, nunca le dije una palabra de amor, pero ésa es otra historia.
Acudo a vos porque sé que en el fondo, muy en el fondo, sos un hombre de bien,
siendo un hombre del mal. Me tinca que conmoveré tus fibras porque siempre tu
vocación fue de estar encerrado. Por eso te casaste con mi hija, porque tener
como suegro a un jefe policial es igual que tener una suegra absorbente.
Lo tuyo no es estar libre por ahí, haciéndote el tipo. Lo tuyo es Palmasola.
No será el paraíso de la libertad, pero no negués que la pasás bien, en el
exclusivo barrio de Chonchocorito donde, puej, no entra cualquier pícaro vulgar,
sino gente de tu calaña, digo de tu estirpe. Sin vos, Palmasola es sola la
palma. Volvé hombre, volvé al lugar donde los chicos te extrañan mucho,
inclusive los guardias a quienes hiciste quedar como ladrillos, luego de que te
diste a la fuga. Ni qué hablar de mí. ¿No te das cuenta de que denigrás a los
policías de buen corazón que, pese a ser tales, tienen yernos del otro bando?
Querido; permíteme adoptarte como a un verdadero hijo político. Para ello te
pido que volvás de donde te escapaste. Te prometo dar las máximas garantías.
Será una oportunidad pa’ que encontrés en mí a un verdadero padre policial que
jugará entre rejas con vos, ya sea dominó, cacho, pulseta o a los pillos y
rondinos.
¿Qué culpa tengo yo de que mi hija haya puesto en vos sus ojos y vos hayas
puesto en ella todo lo que sabemos? ¿Qué culpa tengo yo si las escopetas de los
centinelas son de mentirita, no hay balas suficientes ni otros elementos? ¿Qué
culpa tenemos los policías de vivir en un país donde lo único organizado es el
crimen? No puej che, no es justa una pelea entre ladrillos y jonazos. Ustedes
deben ser más serios y no hacernos estas cosas que hablan mal de nosotros.
Volvé che y deciles a los demás que también vuelvan. Si no, le digo a mi hija
que te encuentre y que se quede a vivir contigo cadena perpetua. Ahí vas a saber
lo que realmente es una prisión.
Atentamente.
Tu suegrito que te extraña.
(*) Sociólogo experto en evasiones de cárceles de máxima comodidad. Experiencia
acumulada en cuatro matrimonios anteriores
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