Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Viernes 30, Septiembre de 2005
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Cuidado de los bienes públicos

Normalmente nos interesan muy poco, o más bien no nos interesa nada, los bienes que son del dominio público, que forman parte del patrimonio del Estado nacional, y que están puestos para el uso y el provecho de las comunidades a lo largo y a lo ancho del país.
No sólo usamos a nuestro libre albedrío estos bienes públicos, además, abusamos desconsideradamente de ellos, los dañamos, los deterioramos y los destruimos sin miramiento alguno.
Pero eso sí, cuando los destruimos, cuando los inutilizamos por abusos o negligencia o ambas cosas a la vez, exigimos a voz en cuello y mediante medidas de fuerza, su inmediata reposición, declarándonos capaces de hacer rodar cabezas si no se nos atiende de inmediato. Curioso, sin duda, nuestro comportamiento.
Más de una vez hemos escuchado, hasta de boca de gente de presunta notoriedad social, que no importa el daño que se cauce a un servicio, a un bien público, porque al final de cuenta son de propiedad del Estado. Golpea, inutiliza, destruye, son voces que unos a otros nos pasamos, porque este servicio, –que no es bueno–, es suministrado por el Estado. Así que, adelante con el impulso incivilizado de la depredación, del que da la impresión de que no podemos sustraernos.
Con gran esfuerzo, sacrificando al máximo la economía del sector público, que siempre es deficitaria, se construye una plazuela y se la dota de lo indispensable. Vías de circulación, jardines, ocasionalmente fuentes y otros motivos decorativos e incluso juegos infantiles. No obstante, más se tarda en dejar librado al uso público todo este bien y sus consiguientes servicios, que en empezar la salvaje tarea del robo y de la destrucción. Los mal entretenidos y los malvivientes, en un abrir y cerrar de ojos dejan impresas sus huellas. El vecindario, por su parte, nada intenta para salvar lo que se ha construido con esfuerzo y para su exclusivo beneficio.
Estamos de acuerdo en que es poco lo que se hace frente al enorme cúmulo de necesidades en que todos naufragamos a la hora de acudir a los servicios públicos. Pero, precisamente por ser poco lo que se hace, debido a las debilidades presupuestarias, tuviéramos que erigirnos en vigilantes de lo que se pone al alcance de nuestras manos. Vigilantes insobornables, naturalmente, y con un alto sentido del patriotismo, reconocidos amantes de lo suyo.
En las escuelas y en los hogares, sobre todo en estos últimos, que son los que mejor funcionan como centros de enseñanza y de buen comportamiento, debiera instruirse machaconamente a los niños y a los jóvenes acerca de sus deberes con la comunidad y de sus obligaciones frente al empleo de los bienes públicos. Tienen que crear conciencia padres y maestros, entre los niños y los jóvenes, acerca de aquella consigna que recuerda que de las cosas útiles siempre es posible usar en beneficio personal, pero en ningún caso abusar.
El progreso de nuestro medio, la modernización y la optimización de nuestro ambiente siempre tendrán tropiezo, llegarán con demora, si no aprendemos a respetar los bienes públicos, a usarlos con prudencia, y a conservarlos celosamente. Destrozar lo poco que tenemos constituye una herejía si se toma en cuenta nuestras crónicas pobrezas.


Carta a mi yerno
Oso Molino (*) ®® Sonría ‘Plis’

Mi ingeniera en asepsia es algo muy especial. Ella tiene una amplia información de todo cuanto ocurre en mi barrio. Es increíble. No sé con quiénes se mete, pero a sus manos llegó una carta que me la mostró y yo se las muestro a ustedes.
“Querido yerno:
Bueno, te extrañará mucho que te trate de querido, cuando ni a mi hija, tu compañera, nunca le dije una palabra de amor, pero ésa es otra historia.
Acudo a vos porque sé que en el fondo, muy en el fondo, sos un hombre de bien, siendo un hombre del mal. Me tinca que conmoveré tus fibras porque siempre tu vocación fue de estar encerrado. Por eso te casaste con mi hija, porque tener como suegro a un jefe policial es igual que tener una suegra absorbente.
Lo tuyo no es estar libre por ahí, haciéndote el tipo. Lo tuyo es Palmasola.
No será el paraíso de la libertad, pero no negués que la pasás bien, en el exclusivo barrio de Chonchocorito donde, puej, no entra cualquier pícaro vulgar, sino gente de tu calaña, digo de tu estirpe. Sin vos, Palmasola es sola la palma. Volvé hombre, volvé al lugar donde los chicos te extrañan mucho, inclusive los guardias a quienes hiciste quedar como ladrillos, luego de que te diste a la fuga. Ni qué hablar de mí. ¿No te das cuenta de que denigrás a los policías de buen corazón que, pese a ser tales, tienen yernos del otro bando?
Querido; permíteme adoptarte como a un verdadero hijo político. Para ello te pido que volvás de donde te escapaste. Te prometo dar las máximas garantías.
Será una oportunidad pa’ que encontrés en mí a un verdadero padre policial que jugará entre rejas con vos, ya sea dominó, cacho, pulseta o a los pillos y rondinos.
¿Qué culpa tengo yo de que mi hija haya puesto en vos sus ojos y vos hayas puesto en ella todo lo que sabemos? ¿Qué culpa tengo yo si las escopetas de los centinelas son de mentirita, no hay balas suficientes ni otros elementos? ¿Qué culpa tenemos los policías de vivir en un país donde lo único organizado es el crimen? No puej che, no es justa una pelea entre ladrillos y jonazos. Ustedes deben ser más serios y no hacernos estas cosas que hablan mal de nosotros.
Volvé che y deciles a los demás que también vuelvan. Si no, le digo a mi hija que te encuentre y que se quede a vivir contigo cadena perpetua. Ahí vas a saber lo que realmente es una prisión.
Atentamente.
Tu suegrito que te extraña.

(*) Sociólogo experto en evasiones de cárceles de máxima comodidad. Experiencia acumulada en cuatro matrimonios anteriores