La frivolidad
descontrolada
Por lo que parece, todo se da fácil, libre de todo trámite en tratándose de
abrir centros de vida frívola en esta nuestra ciudad de Santa Cruz de la Sierra.
Establecimientos de todas las categorías y para los más diversos grupos
sociales, al alcance de cualquier bolsillo, se instalan a diario y no se puede
ni suponer que les falte clientela y por ello estén destinados al fracaso.
La vida frívola en esta capital oriental es de lo más variado y no tiene
prácticamente pausa ni medida. No se puede negar, por ello, que Santa Cruz de la
Sierra es un lugar que goza de grandes atractivos en el ámbito nacional y en el
internacional incluso. Si a las cosas frívolas que están al alcance de la mano,
se añade la cordialidad, la hospitalidad proverbiales de nuestra gente, más la
nunca desmentida belleza y gentileza de las mujeres cruceñas, imposible dudar a
la hora de reconocer y de llamar a las cosas por su nombre, que esta urbe
grigotana es siempre una grata promesa de aventura, una franca oferta de
diversión a lo grande.
Desde luego no es del todo malo que por una u otra circunstancia nuestra ciudad
sea reconocida por sus atractivos. Al final de cuentas, el turismo que es la
poderosa industria sin chimeneas, puede inyectar recursos frescos que la región
y el país necesitan de manera inequívoca. Y lo que buena parte que ese turismo
busca es precisamente lo excitante, y nada lo es tanto como una jornada de
frivolidades en compañías gentiles y realmente agradables.
Pero es necesario tener presente que los pueblos, especialmente los que son como
el nuestro, no pueden nutrirse únicamente de frivolidades. Hay verdades que nos
saltan a la cara y por esa razón no podemos ignorarlas. Y entre esas verdades
que constituyen un lastre podemos señalar las que conciernen a los bajos niveles
de eficacia que alcanza, por decir algo, la educación pública.
No es que carezcamos de docentes aptos ni es tampoco que nuestros programas de
enseñanza sean obsoletos, no consultan los portentosos avances de las ciencias.
Es, simplemente, que se da esa barbaridad imperdonable de carecer de locales
educativos, escuelas y colegios, por ser los existentes insuficientes desde todo
punto de vista, por estar muchos de ellos en un peligroso estado de deterioro a
tal extremo que comprometen la seguridad de maestros y de alumnos.
Asimismo, la provisión de materiales indispensables para una óptima enseñanza,
no se da. Falta desde lo más elemental y, naturalmente, hasta lo más complejo y
costoso. En medio de tantas deficiencias que obligan a heroicas privaciones,
imposible pensar que la educación pública pueda impartirse con los parámetros de
eficiencia que son de esperar en cualquier parte del mundo.
Un equilibrio hace falta aquí en Santa Cruz de la Sierra, entre el gusto
excesivo por los centros de atractivos frívolos y las reparticiones de formación
humanística, escuelas, colegios, bibliotecas abiertas a toda clase de personas,
gabinetes de estudio, laboratorios de experimentación y de análisis y de cosas
así.
Cuando estemos mejor equipados y preparados para formar humanísticamente a
nuestras generaciones, cuando le echemos la mirada a este sector con el debido
detenimiento, nada tendremos que objetar en cuanto a lo frívolo y a la
frivolidad.
¿De quiénes son las vaquitas?
Raspapinchete
Se define como ‘negligencia’ la omisión, más o menos voluntaria pero
consciente, de la diligencia. Así que el negligente es el que incurre en
negligencia, especialmente cuando hay reiteración o hábito. Ambas definiciones
están registradas en el Diccionario de Ciencias Jurídicas, Políticas y Sociales
de Manuel Ossorio.
¿Y a qué santo su cita? A que los casos de negligencia y quienes los cometen
impunemente en este valle de lágrimas son como el pan nuestro de cada día.
Son casos que en determinadas circunstancias adquieren ribetes de gravedad y
podrían rotularse como de ‘negligencia criminal’ porque ponen en riesgo la
integridad física de las personas.
Para ilustrar mejor la figura, bien podría servir de ejemplo el aparatoso
accidente de tránsito ocurrido hace pocos días en la carretera que vincula esta
ciudad con las provincias del norte. Uno de los tantos vehículos que a diario
circulan a alta velocidad por esa peligrosa vía, impactó casi de lleno con un
equino que de improviso se atravesó en su rumbo. El motorizado sufrió serios
daños materiales pero sus ocupantes, porque Dios es grande, salvaron la vida. En
otros casos similares ocurridos anteriormente, que suman un montón, las
consecuencias fueron fatales porque costaron vidas humanas.
Sobre la también transitadísima doble vía a La Guardia, y sin que a ninguna
autoridad competente se le mueva un pelo, es frecuente observar hasta pequeños
hatos de ganado deambulando de un lado a otro de la ruta o pastando plácidamente
sobre el camellón central que algunas empresas particulares se preocupan, al
fósforo, de ornamentar. Esas plantitas y otras especies sirven de alimento a los
intrusos animales.
De igual modo, y como para que nadie se llame a sorpresa, la misma escena suele
presentarse en avenidas o plazas próximas al centro de la ciudad. No hay
necesidad de pellizcarse para comprobar si no es producto de la imaginación
toparse con dos o tres caballos ‘grameando’ en la plazuela del Estudiante,
frente al Palacio de Justicia.
Todo aquello es producto de la ‘negligencia’. Y el saco les hace tanto a los
propietarios de esos animales, que no reciben sanción alguna por su
irresponsable actitud, como a las autoridades que olímpicamente omiten, en casos
como el referido, la aplicación de la ley.