|
Presión, el
recurso infalible
Por las buenas, generalmente, no conseguimos nada. Podemos apoyarnos en
infinidad de razones, podemos reclamar derechos que son incontrastables, siempre
tenemos a mano tres y diez o más justificativos. Es inútil, ni nos escucharán ni
nos tomarán en cuenta hasta que nos hagamos fuertes a través de las presiones
materiales, de las cuales poseemos un surtidísimo stock.
No es tanto por capricho que hemos invertido las fórmulas para negociaciones.
Racionalmente, dichas fórmulas tienen que llenar tres etapas bien diferenciadas.
La primera vendría a ser la de la demanda, la segunda, la de la negociación en
términos racionales y, por último la de las respuestas. En la práctica, nosotros
nos movemos por un camino totalmente diferente.
Se formula el planteamiento abundando en justificativos y razones. Pero desde el
planteamiento se da el salto largo a las presiones, a los conflictos, y no es
tanto, -esto hay que remarcar-lo-, porque los demandantes sean inveteradamente
obstinados, porque no tengan paciencia, porque todo lo quieran asado y cocido de
la noche a la mañana. Tan así no es la cosa.
Si del planteamiento hemos optado por la acción, por la huelga, por la
manifestación violenta, por el bloqueo de calles, caminos e incluso ciudades, es
porque no funciona la instancia de la negociación. Y no funciona porque el
planteamiento pasa al escritorio de algún burócrata crónico y satisfecho y allí
queda durmiendo el sueño profundo e inocente de los justos.
Viene, entonces, tras el planteamiento que no prospera, la acción, la medida de
fuerza, la huelga, que enerva los ánimos, que produce rozamientos, que precipita
un clima de enfrentamiento cada vez más descomedido y provocativo. Sólo
entonces, con el encono de por medio, con los sentimientos exacerbados, se llega
a la instancia de la negociación, del diálogo, del tira y afloje.
No es raro puesto que entre tanto ya han habido rozamientos, ya se han
maltratado honras y se han abierto heridas, que las negociaciones resulten
cuesta arriba y que la conciliación llegue, si es que llega, a muy duras penas.
Resultando pues que, en la generalidad de los casos, se cierren las tratativas
con mucho menos para ambas partes, que lo que hubiesen logrado siguiendo
estrictamente las etapas: Planteamiento, negociación y respuesta y dejando de
lado esa transmutación que es perniciosa a la par de irracional: Planteamiento,
medidas de fuerza y negociación.
Por otro lado es preciso que los que piden y los que tienen que dar, se ubiquen
en el plano de las realidades en que vivimos. Bolivia, ya es sabido, porque
tiene sus arcas en situación de crisis crónica, no es mucho lo que puede dar en
cada caso. Pedir más de lo que está al alcance del país, es tanto como esperar
del olmo las peras clásicas. Hacer planteamientos sin tomar en cuenta nuestras
pobrezas, no sólo es una insensatez sino también una falta de patriotismo. Con
empecinarnos en una demanda que no consulta nuestras limitaciones, ni de la
quiebra total del Estado estamos libres.
Pero en justicia corresponde apuntar que no tiene explicación y que es
inaceptable a la vez, que el Estado rechace de plano una demanda que tiende a
mejorar la calidad de vida de la población, y en cambio da curso a celebraciones
oficiales fastuosas y al viaje de nutridas comitivas de burócratas a todas
partes del mundo, sin provecho alguno para el país.
Santa Cruz y la cultura del desorden
Dominicus
Los expertos definen ‘cultura’ como el modo de ser de un pueblo, como sus
pautas habituales de comportamiento entre sí y que terminan configurando un algo
especial que lo distingue de otros pueblos, de otras agrupaciones sociales. El
término puede ser muy amplio, abarcando así comunidades enormes; también puede
circunscribirse –como en nuestro caso– a comunidades singulares. Con tal motivo,
es válido decir que hay una ‘cultura cruceña’ y esto no en el sentido de culto,
de cultivado, sino como mera expresión de ser, de actuar globalmente.
¡Ah! Pero gran parte de esta cultura cotidiana no es nada buena. Se ve por
doquier desorden y suciedad, inseguridad, falta de respeto a casi todas las
normas de tránsito y de higiene existentes, vehículos destartalados e
incontrolados, aspectos edilicios y de cuidado urbano verdaderamente deleznables
y que muestran a Santa Cruz de la Sierra como una ciudad devastada y caótica. A
ello debe agregarse la casi absoluta falta de autoridad, lo que desemboca en
mayores cuotas de ‘despiporre’, de ‘no me importismo’, de ‘cada cual en lo
suyo’, etc.
Sí, Santa Cruz es sin dudas la locomotora económica de Bolivia y tiene un vigor
ejemplar, pero tiene asimismo muchas fallas, mucho por cambiar y mejorar. Pero
para lograr esto último hay que tomar conciencia de lo malo, pues no se cambia
de un día para el otro lo que todo el mundo ya considera parte de un pseudoorden
que ciertamente no es tal, sino todo lo opuesto.
Sin cambio de mentalidad, sin un sincero ‘mea culpa’ que supere el mediocre
conformismo, el caos seguirá imponiéndose hasta convertirse en algo
inmodificable, en algo ‘normal’, con todo lo negativo que traerá consigo.
En lo personal, me resisto a que estemos así. Creo que hay pasta y voluntad de
sobra en cruceños y residentes para cambiar –entre todos– maneras de ser, para
tratar de mejorar. Pero claro, para eso debe haber alguien que establezca el
orden y marque la senda del progreso con eficiencia, limpieza y prolijidad. No
lo veo en la hora presente. Penosamente, reitero, no veo en el horizonte a esa
autoridad; tampoco mucha voluntad colectiva de hacer.
Mientras las cosas queden como están, Santa Cruz continuará reciclando una
patológica cultura del desorden. Lamentable, pero así nomás es. Hasta el próximo
domingo.
|