|
¿Una ley prohibiendo
bloquear?
Ciertamente son muchos los problemas pendientes de solución en Bolivia, que
tienen que ver con temas vinculados a las necesidades vitales del pueblo, a la
pobreza y al subdesarrollo que infelizmente son nuestras características
principales. Un ligero recuento lo puede confirmar y nos apresuramos a
realizarlo, por si hay dudas con respecto a esos asuntos sin resolver porque el
Estado jamás dispone de recursos económicos para encararlos con la prontitud que
las circunstancias exigen.
Por ejemplo tenemos carencias alarmantes en cuanto a personal, infraestructura y
medicamentos en el campo de la salud, como las hay en educación donde asimismo
falta personal e infraestructura, además de material escolar. Increíble que a
estas alturas de la civilización nos estén faltando cosas elementales en esos
básicos servicios, como es poco verosímil que también andemos en pañales en
otros capítulos fundamentales como el suministro de agua potable, electricidad,
alcantarillado y pavimentación, sobre todo en las provincias. La cruda realidad,
habrá que reiterarlo, señala que se avanza poco y nada en la provisión de ésos y
otros importantes servicios porque el Tesoro General de la Nación vive al día,
peor aún, en el peso y los cuatro reales.
Sin embargo hay otros problemas para cuya solución no se precisa que el país
esté boyante ni mucho menos, sino que requieren un poquito de sentido común, un
mínimo de comprensión y tolerancia, y básicamente el cumplimiento de la ley. Uno
de ellos, que por lo demás atenta contra los derechos y que se confronta con lo
que cabalmente más buscamos -salir de la pobreza-, es el bloqueo de calles,
avenidas, caminos, puentes y pueblos. Se ha entronizado de tal forma entre los
sectores que integran la sociedad nacional esta torpe y malsana costumbre, que
no debe haber un día del calendario boliviano que no registre siquiera un
bloqueo. Tan perniciosa actitud, con su añadido de pertinacia, proliferó en el
interior del país y, desde esta columna, la condenamos más de una vez en tono
severo, exigiendo la intervención de las autoridades y de las entidades
respectivas para que no toleren su repetición.
¿Qué tal que ahora los bloqueos han tomado carta de ciudadanía cruceña alentados
por colonos, “sin tierra”, juntas vecinales, cívicos, comerciantes informales,
transportistas y cuanto gremio considere postergados o dañados sus intereses y
aspiraciones? Tamaño abuso se está perpetrando esta vez en la provincia Guarayos
por un conflicto de tierras, y por el mismo motivo, no muy lejos de allí, al
aparecer estas líneas podría haber otro cerco por derechos sobre la propiedad
Paila, sin que sirva de nada un dictamen de autoridad competente: los intrusos
deben salir porque están avasallando un fundo que produce y con dueños
legítimos.
Ya corrió sangre, como antes, y puede seguir corriendo porque no quieren
atenerse a las leyes, principalmente la que señala que nadie está facultado a
impedir el libre tránsito por el territorio nacional. Incluso en esta capital
cualquier momento puede producirse una gresca con resultados trágicos, porque
mientras en un lado unos universitarios trancan las vías para un festejo, en
otro decenas de vecinos hacen lo propio porque no les pavimentan su barrio.
Definitivamente es imposible el desarrollo si los trabajadores, los
funcionarios, los profesionales y la ciudadanía no pueden llegar a sus destinos
a cumplir sus actividades porque los bloqueos están a la orden del día. De ahí
la pregunta del título: ¿Tendrán los poderes Ejecutivo y Legislativo de la
nación que aprobar una ley prohibitoria de los bloqueos bajo sanciones drásticas
a los que la incumplan?
Normas hay para todos los gustos en este original país pero nos parece que una
específica como la que insinuamos no existe. No vendría mal, de repente Dios
obra el milagro de que sea acatada.
Desastroso y peligroso parque vehicular
Dominicus
Si alguien hiciera –de verdad y bajo patrones de accionar homologados
internacionalmente– un riguroso control de los vehículos que circulan en Santa
Cruz de la Sierra y alrededores, creo sin temor a equivocarme que por lo menos
el 75% del parque automotor debería ser retirado inmediatamente de circulación,
por ser muy peligroso que transite calles, avenidas y rutas.
Como nada de eso acontece en una urbe caracterizada por el descontrol, la
anarquía, el ‘no me importismo’ y el descuido olímpico de las autoridades, es
visión frecuente ver taxis y micros destartalados, con pésimas llantas, sin
paragolpes ni buenos frenos, quemando aceite, etc. Esto sucede a la vista y
conformismo de todos, sin que nadie mueva un pelo para remediar esta situación.
Lo peor no es solamente lo estético, sino las condiciones de extrema inseguridad
que vehículos mal acondicionados generan en su derrotero. Los conductores de
esos ‘cacharros’ saben perfectamente que están en pésimas condiciones, pero aún
así transportan gente y –como si fueran descerebrados– a sabiendas del potencial
desastre impulsan a sus maltrechas movilidades a grandes velocidades,
velocidades que cada tanto cobran cuantiosas e inocentes víctimas, como sucedió
hace poco con un taxi que circulaba por la carretera a Warnes y mató a varias
mujeres humildes que trabajaban en las jardineras que dividen los carriles de
circulación.
No sé de quién depende –¿Dirección de Tránsito?, ¿municipalidad?, ¿Ministerio de
Transportes?– el tema del control vehicular. Lo único que sé es que
periódicamente se procede con avisos pomposos de ‘inspección’ y se colocan
‘rosetas’ en los parabrisas con un no menos pomposo sello de ‘aprobado’. Esto se
realiza usualmente sin ninguna inspección y simplemente pagando unos pesos.
Fíjense que, no en vano y mientras más mala la situación del automotor, mayor
cantidad de rosetas tiene... Por supuesto, para esta anomalía tampoco hay
control de ninguna naturaleza.
Aunque se perjudiquen algunos intereses, debe encararse con firmeza el control
de los vehículos en mal estado y retirarlos de circulación hasta que pasen un
verdadero y objetivo examen. La seguridad de la gente –el interés colectivo–
está en juego, sobre todo por pertenecer la gran mayoría de esos destartalados
automóviles y micros al servicio público de transporte.
|