Somos un depósito de desechos
Un hecho lamentable ocurrió en horas recientes en un taller, cuando dos
trabajadores manipulaban un extintor de incendios y éste explotó provocándoles
heridas de consideración, al extremo que uno murió y el otro quedó herido. Las
averiguaciones policiales y periodísticas -sustentadas en la opinión de un
experto en seguridad- señalan que los aparatos entraron al mercado nacional sin
los estándares de calidad requeridos y con su período de vida útil vencido. Por
obsoletos, apuntó el experto, fueron subastados en Argentina -quizá para darle
otra aplicación al material de que están fabricados-, pero alrededor de 150 de
esos extintores ingresaron a Bolivia (dicho sin rodeos a nuestra ciudad), para
ser comercializados como tales, sin ningún control de sus bondades.
Es una de las deplorables características del país y más concretamente de Santa
Cruz, convertirse en el depósito de cosas que en otras naciones son descartadas
por vetustas y dañosas y por tener fecha de expiración pasada, constituyendo
todo ello un peligro para la integridad física y la salud de las personas. Son
los desechos que de allende las fronteras acostumbran empaquetarnos para que
sigamos dándoles uso así esté en riesgo la vida, incluso la de los “cráneos” que
pasan a ser importadores y comercializadores porque, aunque tomen precauciones,
no están tan libres de una tragedia.
A los extintores puede sumarse una larga lista de objetos de la más diversa
naturaleza, tal el caso de los vehículos “transformers” de origen japonés.
Cientos y miles de ellos están circulando por calles, avenidas y caminos en
forma peligrosa y es lógico que así sea porque han sido usados -¡Dios sabrá
cómo!- hasta dejarlos cacharros y encima con la dirección y otros componentes de
su comando invertidos, de ahí que no ofrezcan las garantías imprescindibles para
su manejo. Pues bien, los “transformers” no sólo tienen vía libre para ingresar
a territorio nacional sino que quienes los internan cuentan con un régimen
impositivo especial que les permite pagar una bicoca. En los últimos tiempos
junto a los “transformers” están llegando automotores estadounidenses, modelos
viejos y asimismo desgastados, de bajo costo que están causando “furor” en las
autoventas y “playas”. De paso, en ambos casos, duro golpe a las empresas
importadoras legalmente establecidas.
Qué decir de la ropa usada, que es con lo que más se especula sacando provecho
de la situación de pobreza en la que se debate el pueblo. Otro golpe a la
industria textil nacional que le es imposible competir con prendas que cuestan
cinco, diez, a lo sumo veinte bolivianos y que es con lo que se están vistiendo
millones de compatriotas sin que importe si esa indumentaria está o no libre de
elementos contaminantes, a su vez portadores de graves males. Si hasta la “alta
costura” sufre sus embates puesto que se sabe que muchas prendas casi flamantes
y totalmente relucientes son requeridas por elegantes personajes de la
farándula.
El rubro de los pesticidas empleados en la agropecuaria igualmente es propicio
para que los vendedores inescrupulosos -de dentro y fuera del país- hagan su
agosto. El expendio de varios de esos plaguicidas en las naciones donde fueron
fabricados está prohibido tras comprobarse cuán nocivos son. ¿Por qué los siguen
produciendo? Simple, en Bolivia -y seguro que en varios otros países de extrema
pobreza-, se pueden colocar por baratos, aunque después muera gente intoxicada o
nazcan criaturas con malformaciones.
En fin, son numerosos los productos u objetos que no deberían tener mercado en
Santa Cruz y en Bolivia toda, pero en el exterior piensan tal cual dice el
título de este comentario: somos un depósito de desechos. Lo trágico es que
nosotros mismos -desde los gobernantes hasta el último ciudadano- les damos
motivos para que razonen así y actúen en consecuencia.
Hechos los opas no aplican la ley
Raspapinchete
Se dice que por leyes no nos aplazamos en el país. Que las tenemos de toda
clase y calibre siendo de lo más precisas y estrictas, de modo tal que si fueran
aplicadas oportunamente y al pie de la letra, metería en cintura ‘ipso facto’ al
bípedo implume que se atreviera a sacar los pies del plato.
Cierto. Si por algo se caracteriza la normatividad legal en Bolivia es por ser
abundante y variada. Tenemos pues de todo en la materia, como en botica.
Entre tantas otras no podíamos dejar de tener una ley del medio ambiente. Al fin
y al cabo, se requiere cuidar y preservar celosamente las riquezas que como
extraordinario don nos ha concedido la madre naturaleza.
El referido instrumento legal se identifica como la Ley 1.333 y está considerada
entre las más drásticas. Se recomienda, en consecuencia, conocerla al dedillo
para evitar multas económicas y privación de libertad.
Pero si no se aplica ni ejecuta porque las autoridades encargadas de hacerlo, o
son incompetentes o se hacen las del otro viernes,-no obstante que delante de
sus propias narices se produce su sistemática violación- entonces dicha ley no
sirve para nada por muy buena que sea y apenas es... un saludo a la bandera.
Quemar campos de labranza o pastoreo, talar bosques sin autorización, envenenar,
contaminar o adulterar aguas destinadas al consumo público, al uso industrial,
agropecuario o piscícola son delitos contra el medio ambiente. Lo son también
verter o arrojar aguas residuales no tratadas, líquidos químicos o bioquímicos,
objetos o desechos de cualquier naturaleza en los cauces de aguas, en las
riberas, acuíferos, cuencas, ríos, lagos, lagunas, estanques, etcétera.
La misma ley prevé para esos casos la pena de privación de libertad de uno a
diez años, además de fuertes multas al infractor.
Este periódico se ha ocupado en los últimos días, como antes también lo ha
hecho, de cuando menos dos casos de supuestos atentados y delitos contra el
medio ambiente en Santa Cruz (contaminación del río Chané y en los alrededores
de la localidad de Montero Hoyos).
Pero tras la divulgación de ambos casos y en vez de una acción inmediata y
eficaz de las autoridades competentes, tanto de la Prefectura como de la
Alcaldía Municipal, éstas no han hecho hasta ahora otra cosa que emborrachar la
perdiz o levantar cortinas de humo, a tono con las que resultan de la quema
descontrolada de bosques en varias partes de la región y que han vuelto
insalubre el aire que se respira.
Así, la Ley 1.333 del Medio Ambiente es más útil para abanicarse que para
sancionar a cuantos la violan impunemente con la venia de quienes tendrían que
aplicarla con todo el rigor posible.