Después del chino, el indi y el inglés, el español es la lengua más hablada
en el mundo, ya que más de 400 millones de personas la usan para comunicarse. Y
en un lugar de Madrid hay 44 señores, casi todos mayores de 70 años, que velan
para que esta lengua nacida hace un milenio conserve su pureza y su unidad en
los 22 países en los que es idioma oficial o segunda lengua. Los académicos de
número de la Real Academia Española, entre los que hay una sola mujer, son en
teoría señores eruditos y circunspectos, que encandilan por su alta precisión
lingüística.
Estos académicos no son los dueños del español. Si bien la RAE fue la primera en
fundarse en los países de habla castellana, lo cual ocurrió en 1714, más tarde
surgieron instituciones similares en las naciones hispanohablantes. Sólo con el
consenso absoluto de las 22 academias se puede establecer una modificación
ortográfica o gramatical; con que haya una que se oponga, adiós reforma.
La RAE es la madre, pero los hijos deben estar de acuerdo. Y es una madre que ha
recibido críticas: se la ha tildado de machista, antisemita, autoritaria,
conservadora y vaya a saber qué más, pero cualquiera de sus miembros halla
argumentos bastante firmes para rechazar casi todas estas acusaciones.
El idioma no lo hace la Real Academia, sino la gente, a la cual se debe. Uno de
los parámetros para tomar en cuenta es la vigencia de la palabra, no es cuestión
de que su tiempo de uso sea muy escaso. Otro parámetro es el prestigio literario
del término, que haya llegado a los libros, que lo legitimen los libros.
Para encarar esta labor se han organizado comisiones de trabajo (etimología,
información, lingüística, gramática y otras áreas) que van elaborando propuestas
para tratar en los plenos, que se celebran los jueves y que son el ámbito donde
esas propuestas se discuten y se aprueban, o se rechazan. A las comisiones y a
los plenos llegan las listas de las 21 academias de otras tantas naciones
(además de aquéllas en las que se habla castellano, las hay en Estados Unidos y
en Filipinas); en ellas se proponen inclusiones y modificaciones.
Es inevitable ver la RAE como una institución conservadora y un tanto engolada,
ya que a sus miembros se los presenta con títulos rimbombantes. Más allá de sus
méritos y extracción linajuda, sucede que la Real Academia ha sido un ‘nicho de
gloria’, como alguna vez la definió el escritor y poeta laureado Pedro Shimose.
Entre las acusaciones que ha recibido la Real Academia está la de ser
autoritaria, la de sentirse dueña del español. Pero eso, al parecer, es cosa del
pasado. Sus miembros se encargan de enfatizar la necesidad de consenso total con
las demás academias en el momento de elaborar el diccionario de la lengua
española, las normas de ortografía y de gramática. Y atribuyen aquel sesgo
autoritario a los problemas que existían para lograr sus metas mediante el uso
del correo común; el correo electrónico facilitó el consenso y acabó con esta
presunta dictadura.
La Real Academia quiere evitar los cismas y por ello sus decisiones no son
unilineales. Busca sumar a las academias que no responden de manera directa a su
madre española. Es decir, de las 21 academias, 19 son correspondientes y dos son
asociadas; una de éstas es la de Uruguay y la otra es la de Argentina. Pero este
problema fue resuelto fraternalmente, porque para el titular de la institución
matriz ‘primero es la familia’.