Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Sábado 6, agosto de 2005
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Meditaciones de Bolivia en su aniversario
Limberg Gutiérrez Carreño

Me siento en el estertor de la agonía. Mi atribulada alma está triste y huérfana de amor y justicia. Mi cuerpo está agotado y me siento absolutamente desamparada.
Quizá he perdido la noción del cronos. Estoy profundamente abatida por tantos infortunios y desventuras tortuosas. Debería estar de algarabía en esta fecha de mi 180 aniversario. Sin embargo, me siento próxima a exhalar el último soplo de vida. Estoy cansada de engaños y traiciones que hieren mi ya débil y frágil naturaleza de República.
Han sido tiempos sucesivos de tragedias, frustraciones y derrotas. Veo mucha pobreza y dolor humano a mi alrededor, mucha violencia, corrupción y falta de entendimiento que impiden mi renacimiento como nación próspera. Hace muchas noches que no puedo conciliar el sueño.
Aprovecho esta noche de insomnio para hacer estas amargas meditaciones. Algo tenebroso lacera mi espíritu. Cada vez siento una soledad mayor en mi desesperanza. Ya no sé qué hacer para vencer este suplicio y calvario.
El valor, la bravura y el honor, que fueron el paradigma redentor y espiritual de la gesta libertaria, han sido desnaturalizados de todo contenido humanístico por la codicia, la soberbia y la deslealtad. Mucha anarquía, confusión y avaricia amenazan mi supervivencia en una realidad cruel y hostil.
Ya no siento en mi geografía –altiplano, valles y llanura– ese palpitar de fe y esperanza que incubó los ideales de justicia social, libertad y patriotismo. Ya no percibo los sentimientos de solidaridad y devoción, que fueron un código moral de los padres de la patria: Simón Bolívar y Antonio José de Sucre.
Realmente, ¡por Dios!, yo no merezco esta suerte. No merezco seguir viviendo así. ¿Es que nadie me ama? Con nostalgia, evoco mi gloria mayor de fundación. Magnífica hazaña que rubricó mis ansias de justicia y libertad. Ésa sí fue una auténtica victoria que enalteció y dignificó mis ansias de vivir.
Todos me amaban y me respetaban para hacerme grande en virtud y en justicia. Hoy añoro el trabajo y el amor fecundo que hicieron grande mi estirpe y mi territorio con sus grandes riquezas naturales: petróleo, minería, agricultura, ganadería, bosques y otros tantos recursos que pueden ser la base de una economía próspera. Parecería que hay fuerzas más poderosas que la razón que me están llevando lenta pero inexorablemente a un fracaso absoluto de mis anhelos de vivir con dignidad. Parecería que mis hijos de ahora se han olvidado de ese civismo.
Entre lágrimas, busco afanosamente una respuesta lógica y racional a mi agonía, escudriño en lo más profundo de mi conciencia y no la encuentro. Me es imposible admitir tanta ingratitud y desprecio al espíritu de la patria.
No podré vencer mi agonía mientras no se restablezca el respeto a mis derechos como nación. No podré conciliar el sueño mientras no cese la confrontación entre hermanos y desaparezca la violencia que provoca dolor y muerte. ¡Por Dios!: ¡sálvenme de la muerte!
Siento que he tenido derrotas en vez de triunfos. Frustraciones en vez de satisfacciones, discordias en vez de concordias, conflictos y violencia en vez de paz y convivencia social.
Hago esta reflexión en una de mis muchas noches de insomnio para que no se cometan más errores. Como lo sentenció Aristóteles: “Las naciones que ignoran su historia están condenadas a repetir sus tragedias”.