Me siento en el estertor de la agonía. Mi atribulada alma está triste y
huérfana de amor y justicia. Mi cuerpo está agotado y me siento absolutamente
desamparada.
Quizá he perdido la noción del cronos. Estoy profundamente abatida por tantos
infortunios y desventuras tortuosas. Debería estar de algarabía en esta fecha de
mi 180 aniversario. Sin embargo, me siento próxima a exhalar el último soplo de
vida. Estoy cansada de engaños y traiciones que hieren mi ya débil y frágil
naturaleza de República.
Han sido tiempos sucesivos de tragedias, frustraciones y derrotas. Veo mucha
pobreza y dolor humano a mi alrededor, mucha violencia, corrupción y falta de
entendimiento que impiden mi renacimiento como nación próspera. Hace muchas
noches que no puedo conciliar el sueño.
Aprovecho esta noche de insomnio para hacer estas amargas meditaciones. Algo
tenebroso lacera mi espíritu. Cada vez siento una soledad mayor en mi
desesperanza. Ya no sé qué hacer para vencer este suplicio y calvario.
El valor, la bravura y el honor, que fueron el paradigma redentor y espiritual
de la gesta libertaria, han sido desnaturalizados de todo contenido humanístico
por la codicia, la soberbia y la deslealtad. Mucha anarquía, confusión y
avaricia amenazan mi supervivencia en una realidad cruel y hostil.
Ya no siento en mi geografía –altiplano, valles y llanura– ese palpitar de fe y
esperanza que incubó los ideales de justicia social, libertad y patriotismo. Ya
no percibo los sentimientos de solidaridad y devoción, que fueron un código
moral de los padres de la patria: Simón Bolívar y Antonio José de Sucre.
Realmente, ¡por Dios!, yo no merezco esta suerte. No merezco seguir viviendo
así. ¿Es que nadie me ama? Con nostalgia, evoco mi gloria mayor de fundación.
Magnífica hazaña que rubricó mis ansias de justicia y libertad. Ésa sí fue una
auténtica victoria que enalteció y dignificó mis ansias de vivir.
Todos me amaban y me respetaban para hacerme grande en virtud y en justicia. Hoy
añoro el trabajo y el amor fecundo que hicieron grande mi estirpe y mi
territorio con sus grandes riquezas naturales: petróleo, minería, agricultura,
ganadería, bosques y otros tantos recursos que pueden ser la base de una
economía próspera. Parecería que hay fuerzas más poderosas que la razón que me
están llevando lenta pero inexorablemente a un fracaso absoluto de mis anhelos
de vivir con dignidad. Parecería que mis hijos de ahora se han olvidado de ese
civismo.
Entre lágrimas, busco afanosamente una respuesta lógica y racional a mi agonía,
escudriño en lo más profundo de mi conciencia y no la encuentro. Me es imposible
admitir tanta ingratitud y desprecio al espíritu de la patria.
No podré vencer mi agonía mientras no se restablezca el respeto a mis derechos
como nación. No podré conciliar el sueño mientras no cese la confrontación entre
hermanos y desaparezca la violencia que provoca dolor y muerte. ¡Por Dios!:
¡sálvenme de la muerte!
Siento que he tenido derrotas en vez de triunfos. Frustraciones en vez de
satisfacciones, discordias en vez de concordias, conflictos y violencia en vez
de paz y convivencia social.
Hago esta reflexión en una de mis muchas noches de insomnio para que no se
cometan más errores. Como lo sentenció Aristóteles: “Las naciones que ignoran su
historia están condenadas a repetir sus tragedias”.