Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Sábado 6, agosto de 2005
STAFF CONTACTARSE
Portada
Santa Cruz
Seguridad
Nacional
Internacional
Economía
Deportes
Sociales
Escenas
Editorial
Opinión
Lectores
Club de Lectores
Clima
Suplemento Extra
Suplemento Para Ellas
La Prensa
Los Tiempos
El Potosí
Correo del Sur
Ediciones
anteriores
SECCIONES
 Opinión Volver
Bolivia necesita un estadista
Gustavo Maldonado Medina

Gabriel García Márquez escribió en El general en su laberinto que Sucre dijo a Bolívar: “Su Excelencia, sabe bien como yo que aquí no hará falta un presidente sino un domador de insurrecciones”. La presidencia de Bolivia, el país vasto e ignoto que había fundado y gobernado con mano sabia, le enseñó las veleidades del poder. La inteligencia de su corazón le había enseñado la inutilidad de la gloria. Tenía sólo 35 años.
Actualmente, para la mayoría de los ciudadanos, Bolivia necesita un estadista. Si sabe de economía, mejor, pero no es lo principal. Nuestra actual miseria es más ética y política que económica y financiera: éstas son subproductos de aquéllas. Negar la importancia y gravitación de la economía es poco serio, pero ubicarla en el centro de la trágica declinación que nos agobia es un error de diagnóstico.
En el mundo moderno, el estadista es fruto de la democracia, consolida la República, organiza y fortalece las instituciones, y así logra la paz, la justicia en la sociedad y el desarrollo de las virtudes ciudadanas. No desatiende la coyuntura, pero no se agota en su tratamiento, más bien la ubica en un proceso inevitable de avances y retrocesos y en un proyecto de país que está en la historia anticipada que la intuición y la sabia imaginación del estadista van diseñando en su acción creadora.
Las trágicas experiencias de conflictos y violencias permanentes en el país nos llevan a afirmar que una tarea del estadista, quizá la fundamental, es la de satisfacer las aspiraciones contradictorias y a veces excluyentes, pero igualmente legítimas, de los diversos sectores de la sociedad boliviana. Ése es el fruto de la prudencia política, es decir, de la sabiduría en el ejercicio firme del poder para la felicidad de todos los posibles.
Un político alcanza la estatura de estadista cuando es un conductor estratégico. Se lo ha descrito como quien percibe los ‘signos de los tiempos’, si no para anticiparse, por lo menos para que no destruyan sus proyectos; sin violar las normas sabe negociar para evitar los conflictos de dominación y las convulsiones sociales; transmite a la sociedad una imagen de legitimidad que mantiene a los muchos descontentos en la legalidad, y, finalmente, concilia la ‘ética de los principios’ con la ‘ética de las responsabilidades’, según la conocida máxima de Max Weber.
Prefiero los estadistas de perfil bajo. Los estadistas de perfil alto necesitan siempre algún artificio. Pero es difícil conciliar el estadista de perfil bajo con la tradición presidencialista boliviana, que le exige un arbitraje permanente, casi siempre decisivo, con una alta exposición pública. Mi reflexión sobre perfil bajo o alto no debe confundirse con criterios de eficiencia del Gobierno y de todos los órganos públicos. Si hablo de estadista, hablo de conducción. Si no hay conducción, lo del perfil bajo o alto es secundario.
Conducir exige decisiones acertadas, capacidad de perseverar a mediano y largo plazo con las adaptaciones exigidas por la velocidad de los cambios, proximidad con la gente y credibilidad. Si la credibilidad disminuye, todo Gobierno se debilita. Por eso debemos deshacernos todos del desencanto y volver a creer en el futuro. Hoy estamos nuevamente en expectativa por las próximas elecciones generales. No esperemos salvadores carismáticos, sino conductores realistas con ideas definidas y objetivos a corto y largo plazo, libres de ideologías extremistas, que siempre frenan la acción y neutralizan las reformas indispensables. El estadista es, pues, intérprete y conductor.