Gabriel García Márquez escribió en El general en su laberinto que Sucre dijo
a Bolívar: “Su Excelencia, sabe bien como yo que aquí no hará falta un
presidente sino un domador de insurrecciones”. La presidencia de Bolivia, el
país vasto e ignoto que había fundado y gobernado con mano sabia, le enseñó las
veleidades del poder. La inteligencia de su corazón le había enseñado la
inutilidad de la gloria. Tenía sólo 35 años.
Actualmente, para la mayoría de los ciudadanos, Bolivia necesita un estadista.
Si sabe de economía, mejor, pero no es lo principal. Nuestra actual miseria es
más ética y política que económica y financiera: éstas son subproductos de
aquéllas. Negar la importancia y gravitación de la economía es poco serio, pero
ubicarla en el centro de la trágica declinación que nos agobia es un error de
diagnóstico.
En el mundo moderno, el estadista es fruto de la democracia, consolida la
República, organiza y fortalece las instituciones, y así logra la paz, la
justicia en la sociedad y el desarrollo de las virtudes ciudadanas. No
desatiende la coyuntura, pero no se agota en su tratamiento, más bien la ubica
en un proceso inevitable de avances y retrocesos y en un proyecto de país que
está en la historia anticipada que la intuición y la sabia imaginación del
estadista van diseñando en su acción creadora.
Las trágicas experiencias de conflictos y violencias permanentes en el país nos
llevan a afirmar que una tarea del estadista, quizá la fundamental, es la de
satisfacer las aspiraciones contradictorias y a veces excluyentes, pero
igualmente legítimas, de los diversos sectores de la sociedad boliviana. Ése es
el fruto de la prudencia política, es decir, de la sabiduría en el ejercicio
firme del poder para la felicidad de todos los posibles.
Un político alcanza la estatura de estadista cuando es un conductor estratégico.
Se lo ha descrito como quien percibe los ‘signos de los tiempos’, si no para
anticiparse, por lo menos para que no destruyan sus proyectos; sin violar las
normas sabe negociar para evitar los conflictos de dominación y las convulsiones
sociales; transmite a la sociedad una imagen de legitimidad que mantiene a los
muchos descontentos en la legalidad, y, finalmente, concilia la ‘ética de los
principios’ con la ‘ética de las responsabilidades’, según la conocida máxima de
Max Weber.
Prefiero los estadistas de perfil bajo. Los estadistas de perfil alto necesitan
siempre algún artificio. Pero es difícil conciliar el estadista de perfil bajo
con la tradición presidencialista boliviana, que le exige un arbitraje
permanente, casi siempre decisivo, con una alta exposición pública. Mi reflexión
sobre perfil bajo o alto no debe confundirse con criterios de eficiencia del
Gobierno y de todos los órganos públicos. Si hablo de estadista, hablo de
conducción. Si no hay conducción, lo del perfil bajo o alto es secundario.
Conducir exige decisiones acertadas, capacidad de perseverar a mediano y largo
plazo con las adaptaciones exigidas por la velocidad de los cambios, proximidad
con la gente y credibilidad. Si la credibilidad disminuye, todo Gobierno se
debilita. Por eso debemos deshacernos todos del desencanto y volver a creer en
el futuro. Hoy estamos nuevamente en expectativa por las próximas elecciones
generales. No esperemos salvadores carismáticos, sino conductores realistas con
ideas definidas y objetivos a corto y largo plazo, libres de ideologías
extremistas, que siempre frenan la acción y neutralizan las reformas
indispensables. El estadista es, pues, intérprete y conductor.