No ha pasado ni un mes desde que los vallegrandinos recibieron como regalo el
‘estreno mundial’ de Di buen día a papá, (Fernando Vargas) en su plaza, cuando
otras dos producciones nacionales han sido lanzadas en Santa Cruz. Espíritus
independientes (Gustavo Castellanos) y Esito sería (Julia Vargas) también están
en la cartelera de las salas cruceñas. Pero la ‘fiebre’ no acaba, por fortuna
para los cinéfilos, el próximo jueves será la premiere de Sena /Quina o la
inmortalidad del cangrejo (Paolo Agazzi). Cuatro producciones bolivianas que
alimentan el acervo cinematográfico de esta primera década del siglo XXI.
En tanto, un ciclo de cine nacional muestra las realizaciones de años
anteriores, con una buena acogida del público.
En el 180 aniversario de Bolivia algunos cineastas opinan acerca del momento que
está viviendo el medio y de las perspectivas que el cine nacional tiene, sobre
todo con la incursión del digital como formato.
Panorámica
La visión general es que el cine boliviano está atravesando una etapa muy
positiva, que se debe, como menciona Paolo Agazzi, entre otras cosas a la
cantidad y variedad de propuestas.
A juicio de realizadores como Mela Márquez y Marcos Loayza, la presencia de
Ibermedia es preponderante, ya que ha permitido coproducciones con otros países.
Sin embargo, la continuidad es importante porque, de otra manera, corre el
peligro de que se trate tan sólo de una coincidencia de estrenos como ocurrió
hace una década con el que fue llamado el boom del cine nacional, denominativo
que fue descartado por los realizadores.
“Estamos viviendo un momento excelente. Bolivia está inserta en el contexto
mundial con una presencia cinematográfica continua. Esto es posible gracias a
que tenemos un ente oficial que nos representa, y por supuesto, a las
coproducciones”, señala Julia Vargas.
Roberto Lanza, productor cinematográfico y director de la escuela de cine La
Fábrica, sostiene: “la situación actual del cine boliviano es más alentadora que
nunca, potenciamos recursos humanos que empiezan a desarrollar un medio
especializado que demuestra capacidades técnicas de realización, y ante todo
generan un movimiento que ofrece continuidad en la producción cinematográfica”.
En tanto, Loayza advierte: “el cine boliviano está en serio riesgo de detener su
avance, si no se continúa activamente con cuotas al día en el programa Ibermedia,
si no se cambian las políticas del Conacine, que debería hacer más hincapié en
la exhibición y reordenamiento del mercado audiovisual boliviano, si no se
tienen políticas agresivas de incentivo a la distribución internacional”.
La mirada de Márquez, que reconoce que en esta etapa reciente la producción es
prolífica, es aún más crítica: “hay una destrucción casi total del mercado
cinematográfico boliviano, la mayoría de las salas importantes de nuestro país
se cerraron para convertirse en centros evangélicos o definitivamente cerraron y
punto. No hay una reconversión de salas como ocurre en Estados Unidos y Europa
que la mayoría de salas son multisalas con excepción de Santa Cruz y Cochabamba.
Zoom in
En el balance entre las debilidades y fortalezas del cine nacional destaca la
ley que lo rige, que es calificada por Agazzi como imperfecta, y obsoleta por
Márquez. En general se trata de mejorar las políticas cinematográficas en el
país, de manera que no sólo el Estado se comprometa, sino también los cineastas
y las organizaciones privadas, como plantean Lanza, Vargas y Loayza. El
compromiso también apunta a la unión del gremio para que éste reúna fuerzas para
luchar por un mismo objetivo.
Indudablemente, los jóvenes talentos, la creatividad y la diversidad de
propuestas se constituyen en las fortalezas de esta creciente industria.
Sin embargo, los cineastas esperan que ésta sea percibida como un todo, pues a
la hora de la distribución aparecen nuevamente las debilidades. El reducido
mercado, además de la piratería, hacen tambalear la cadena, que suele empezar
con fuerza. “Una película no está hecha hasta que se ha vendido y exhibido al
público”, sostienen Lanza.
Traveling, sobre ruedas
La presencia del digital como formato ciertamente ha sido bien acogida por los
realizadores, que ven en él la alternativa para que la producción sea constante
y sostenible. Ésto sobre todo por los bajos costos.
“Es un fenómeno mundial y Bolivia, por suerte, no es ajena a este fenómeno. Si
es utilizado y enfocado con rigor profesional, puede ser el futuro del cine
boliviano”, dice Agazzi al respecto.
Roberto Lanza y Julia Vargas coinciden al momento de afirmar que la calidad de
imagen y resolución de 35mm son difíciles de reemplazar con los formatos
digitales. Sin embargo, también coinciden en que es ‘La opción’ del cine
nacional.
“Definitivamente es la soga que nos está sacando de un empantanamiento cultural.
Las posibilidades de nuevos formatos abren un mercado de distribución pues las
diferencias no están más en asuntos de formato sino de forma y fondo, historias.
Con el cine en digital, ahora Bolivia puede hacer películas pensando en un
mercado nacional, pues sus presupuestos están en la tercera parte de lo que
costaba hacer una película en celuloide”, afirma Lanza.
A lo que Vargas complementa que los costos de producción en el país son bajos
con relación a otras naciones, como México cuya producción más barata ronda los
$us 3 millones, mientras que en Bolivia no llega al millón.
Márquez recuerda que el digital debe ser usado con el mismo rigor que el
celuloide para que pueda ser la alternativa. En cambio, Loayza es ambiguo,
afirma que el digital puede ser la opción, pero también un candado.
zoom out
¿Nuevo cine boliviano? Para Julia Vargas, el que se hace hoy lo es. Su
afirmación se basa en las temáticas que han superado el indigenismo y la
denuncia de la década de los 70 y en la que predomina lo urbano y lo juvenil;
pero también por la democratización de la actividad que ha permitido que las
producciones amplíen el circuito geográfico y se extiendan a Oruro, Cochabamba,
Tarija y Vallegrande, entre otros lugares.
Loayza distingue tres etapas en el cine nacional. La primera, marcada por Jorge
Ruiz y Jorge Sanjinés (primera etapa del Instituto Nacional de Cine Boliviano),
una segunda con las obras de Sanjinés y las obras de Eguino y Agazzi, y la
actual “en la que aparecemos desde varias culturas y edades y estéticas,
Fernando Vargas, Juan Carlos Valdivia, Rodrigo Bellot, Mela Márquez y otros”.
Lanza cree que aún es prematura la denominación, pues ahora se están
construyendo los cimientos. Por su parte Agazzi cuestiona: “hay que ver que tan
nuevas son realmente estas propuestas, en lo ético y en lo estético”. Y Márquez,
más dura, dice: “Hablar de nuevo cine boliviano es un lugar común y sin sentido.
El cine desde sus albores nos demuestra que ya todo se ha dicho e inventado. Lo
importante es querer decir algo y saber hacerlo, los demás son calificativos sin
sentido que se los lleva el viento”.
En cuanto al futuro, aunque para algunos parece incierto, pues depende de la
aceptación del público y del financiamiento, para otros la clave es la formación
de las nuevas generaciones de cineastas, actores, y técnicos, que cambiarán el
discurso narrativo del país.
Mientras tanto, los espectadores tenemos un abanico de propuestas nuestras
esperándonos en las salas. ¡Corte! Se imprime.