Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Sábado 6, agosto de 2005
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Haciendo patria en las fronteras Pueblos. Tan alejados y tan patriotas. Un recorrido por los terruños donde su gente vive, ama y sueña como puede
Paisaje. Huaylla es una casita con un cerro a su espalda. La vivienda está hecha de piedra caliza que protege a sus habitantes de la bravura del frío
Roberto Navia y Darwin Pinto

En la única casa protegida por un cerro empapado de cactus vejancones sobrevive el lugar menos poblado de Bolivia.
No es exagerar, pero Huaylla, que geográficamente ocupa un minúsculo espacio en el mapa del departamento de Oruro, a un costado del salar de Coipasa, justo antes de que Bolivia se acabe y se abra paso la nación chilena, también es el único lugar del país donde todos sus habitantes son viejos: apenas viven dos personas y ambas están cruzando los umbrales de los 80.
Primitiva Rivera y Lorenzo Ayca, agachaditos, con la cara salada y los años acumulados en su columna vertebral, son los únicos seres humanos de ese espacio territorial al que ellos consideran el último refugio humano de Bolivia.
Don Lorenzo dice que no está tan lejos ni tan cansado para hacer patria, que la escasez de aire por los casi 4.000 largos metros de altura sobre el nivel del mar y la falta de una palmadita en el hombro que lo incentive a seguir de pie, no le han nublado su firmeza para seguir vigilando voluntariamente el hito 35, que no es otra cosa que un cono de tres metros de alto, hecho de fierro, con un letrero en su punta donde se puede leer en una de sus caras: Bolivia, y en su parte posterior: Chile.
Pero ese pedazo de metal para él significa todo: su razón de vivir y el único motivo por el cual ofrendaría su gastada vida.
Y no es que se haga el valiente. Hace 23 años tuvo motivos para armar su retirada. Dos de sus seis hijos, Rubén y Jonás, casi pierden la vida al hacer detonar accidentalmente un campo minado que dormía a mil metros de su morada, bajo tierra, en el lado chileno. Pero la familia Ayca Rivera se quedó.
Los que se marcharon después fueron sus hijos. “Pero no lo hicieron por antipatrióticos”, dice la viejita Primitiva, disculpando a sus ‘guaguas’, y con su mirada explica que ellos se fueron por cumplir sagradamente la ley de la vida: “Formaron familia y tuvieron que salir a buscar mejores días”, dice y recuerda un pasaje de la Biblia que hace referencia a que los hijos una vez crecidos se alejarán de sus padres para crecer y multiplicarse.

Muestra. Hace dos semanas los hijos de los esposos Ayca Rivera izaron la bandera boliviana por unos momentos. Hoy la harán flamear, como cada 6 de agosto

Uno de los que ha tomado muy en serio esa orden divina ha sido el hijo mayor de los Ayca Rivera. Erasmo, el mismo que en 1982 corrió llorando al pueblo más cercano a buscar un vehículo para salvar la vida de sus hermanos que por azares de la vida y travesura de infantes hicieron estallar las minas chilenas, ya lleva en su haber once hijos. “Y con la misma mujer”, aclara con una voz de medio siglo y un año de existencia.
Erasmo dejó un legado que hizo que don Lorenzo llegue a la conclusión de que vivir valió la pena. En el patio de la única casa de Huaylla plantó un mástil y le entregó a su padre una bandera para izarla cada vez que Bolivia festeje un año más de su independencia.
A don Lorenzo le gustaría ver flamear la tricolor todos los días. Él dice que no tiene problema en ocuparse de bajar la bandera en las noches y volverla a izar en las mañanas. Pero no lo hace porque sabe que la bandera puede terminar hecha jirones por la bravura del viento helado que se escapa de las cumbres vecinas.
Erasmo tiene más cosas que alimentan el crecido orgullo de sus padres. El hijo mayor es el encargado de inspeccionar los hitos 33, 34, 35 y 36 que definen el límite entre Bolivia y Chile. Pero ese trabajo no lo hace gratis. Después de que sus hermanos Rubén y Jonás desactivaron las minas chilenas de la forma menos aconsejable: por accidente y de una manera trágica, el Regimiento Mejillones asentado en Pisiga lo nombró encargado vigilante de los mencionados hitos fronterizos. Con todo ello, lo único que don Lorenzo le pide al presidente Eduardo Rodríguez es que se le pague su bonosol.


Charaña
El cuartel de Charaña tiene apenas cinco conscriptos desarrapados que pese a tener la frontera chilena a 200 metros de distancia deben luchar a diario contra el frío que cala hasta los huesos. Sin embargo, los soldados que ocupaban ese mismo cuartel, en una infinita inferioridad de medios y ayudados por unos cuantos campesinos de ese poblado sin agua potable, electricidad o un centro médico para sus 500 habitantes, expulsaron a patrullas chilenas que habían incursionado en 1970. El comandante chileno increpó al teniente boliviano de entonces a que depusieran las armas, pero nuestro teniente dijo que si en 10 minutos los efectivos de la columna chilena no abandonaban el territorio nacional, daría la orden de fuego. El jefe chileno se rió. Eran 11 soldados bolivianos contra unos 50 infantes chilenos. Pero cuando el jefe chileno notó que habían campesinos en los cerros aledaños en perfecta posición para emboscarlos y cercarlos, optó por la retirada pacífica, recuerda Guillermo Cañas, un patriarca de ese confín patrio que estuvo entre los campesinos que acosaban a los soldados chilenos.
Pese a que el campesino de Charaña (bolo de coca calado en la boca, cara surcada por ráfagas de hielo que bajan en tropel desde los nevados chilenos, una radio a pilas que lo conecta al mundo y abarcas acostumbradas a pisar el granizo frecuente), es uno de los bolivianos más patriotas, el 90% ha nacido en Chile, porque en el lado boliviano no hay ni curitas ‘para curar un callo’, según dicen los propios habitantes.
La diferencia entre una población fronteriza y una de país adentro, es que en las fronteras sus habitantes se hallan más aferrados a su nacionalidad, más expuestos a las influencias en el hablar, en el vestir y en el hacer de los países vecinos, más abandonados de los gobiernos centrales y son más abiertos a las monedas de los países vecinos para fortalecer el comercio con éstos, cosa que no pasa en el resto de las ciudades.

 

Los puntos fronterizos

 

Villamontes

Guarda historia y riqueza en sus entrañas

Villamontes es quizá la ciudad de frontera (está a unos 200 kilómetros del límite con Paraguay) que vivió más de cerca la incertidumbre de todo el país durante la Guerra del Chaco. De ser una villa militar con chozas para soldados, pagüichis para mecánicos, casetas para las planificaciones comando y con un burdel que se hizo famoso entre soldados y oficiales del frente y la retaguardia, se ha convertido en un pueblo pujante que incluso abastece a la única ciudad paraguaya (es más bien un caserío) asentada en el Chaco paraguayo: Mariscal Estigarribia. “Villamontes está a 300 kilómetros de aquí, mientras Asunción está a 500. Por eso nos es más cerca ir allí a comprar lo que necesitamos”, dicen los habitantes de Mariscal Estigarribia que ven en los bolivianos más que un extranjero, un hermano con el que no valió la pena luchar.

 

Bermejo

El comercio le ganó a la caña de azúcar

Bermejo está cayéndose del mapa en el sur del país, y apenas un puente sobre el río del mismo nombre lo separa del lado argentino. Es una ciudad que no ha dejado de ser pueblo, o es un pueblo al que le queda grande el título de ciudad. En materia de educación, la mayoría de sus estudiantes atraviesan el río ya sea por el puente o en chalanas, y asisten a escuelas argentinas, de ahí que en historia saben más de San Martín Y Belgrano, que de Bolívar y Sucre. Los habitantes, la mayoría de los cuales tienen la doble nacionalidad, se dedican al comercio. Hasta hace diez años ésta era una de las zonas productoras de caña de azúcar más grandes del país, hasta que la mala explotación volvió inútil la tierra. En los comercios la moneda corriente es el peso argentino, ya que cuando se pregunta por el precio de algo, la respuesta es en moneda rioplatense.

 

Copacabana

El turismo se pavonea como un rey

El lago Titicaca se abre frente a Copacabana como si fuera el mar, aunque los mapas dicen que es más chico, pero su dimensión titánica (cuna y casa de los dioses mayores del imperio inca que se extendía desde el sur de Colombia hasta el norte chileno y argentino) permite que la vista se pierda en el azul del horizonte.
La principal actividad es la turística y la pesquera y es uno de los destinos turísticos más bellos del país, con su templo apoteósico de la Virgen de Copacabana, su costa sobre el lago donde se pueden alquilar botes, sus paseos en lancha hasta las islas del sol y la luna, su montículo elevado desde donde se puede ver mejor el lago si se tiene el aire suficiente para remontarlo y los platos de pescado que se sirven en sus orillas.

 

Guayaramerin

Un refugio protegido por el Mamoré

Anclado a una orilla del gran Mamoré, Guayaramerín es el pueblo centinela de Bolivia donde el calor majestuoso y la vegetación que llena de verde el panorama, por donde se lo mire, complementan uno de los paisajes más imponentes dentro de la línea fronteriza que tiene Bolivia a lo largo de sus miles de kilómetros cuadrados.
Las lanchas con motor fuera de borda son el instrumento cómplice para que los habitantes de Guayaramerín mantengan una estrecha relación con sus vecinos brasileños que habitan Guajaramirim. La moto es el medio de transporte por excelencia que ronronea por las calles soleadas y los hábiles mecánicos y chapistas se han dado modos para transformar esos vehículos de dos ruedas en carritos de tres ruedas, lo que posibilita transportar por lo menos cuatro personas.

 

Cobija

La capital que mira de frente a Brasil

Es la única capital de departamento que colinda inmediatamente con un país vecino. Cobija, (Pando), mira de frente a Brasilea, un pueblito brasileño abarrotado de casitas de madera de donde sale gente simpática casi siempre con una sonrisa en los labios. Cobija también es uno de los pocos lugares fronterizos bolivianos más desarrollados. Por lo general, los pueblos, o las ciudades de los países vecinos, son más grandes, más limpios y más iluminados que los nuestros. Entre sus máximos orgullos de ingeniería civil se encuentra el moderno palacio de Justicia (que también ha generado críticas como aquella que dice que “cómo es posible que en vez de construir escuelas inviertan en algo que no es muy provechoso), y el aeropuerto que ofrece a las líneas aéreas incluso operar en horas de la noche.