En la única casa
protegida por un cerro empapado de cactus vejancones sobrevive el lugar menos
poblado de Bolivia.
No es exagerar, pero Huaylla, que geográficamente ocupa un minúsculo espacio
en el mapa del departamento de Oruro, a un costado del salar de Coipasa, justo
antes de que Bolivia se acabe y se abra paso la nación chilena, también es el
único lugar del país donde todos sus habitantes son viejos: apenas viven dos
personas y ambas están cruzando los umbrales de los 80.
Primitiva Rivera y Lorenzo Ayca, agachaditos, con la cara salada y los años
acumulados en su columna vertebral, son los únicos seres humanos de ese
espacio territorial al que ellos consideran el último refugio humano de
Bolivia.
Don Lorenzo dice que no está tan lejos ni tan cansado para hacer patria, que
la escasez de aire por los casi 4.000 largos metros de altura sobre el nivel
del mar y la falta de una palmadita en el hombro que lo incentive a seguir de
pie, no le han nublado su firmeza para seguir vigilando voluntariamente el
hito 35, que no es otra cosa que un cono de tres metros de alto, hecho de
fierro, con un letrero en su punta donde se puede leer en una de sus caras:
Bolivia, y en su parte posterior: Chile.
Pero ese pedazo de metal para él significa todo: su razón de vivir y el único
motivo por el cual ofrendaría su gastada vida.
Y no es que se haga el valiente. Hace 23 años tuvo motivos para armar su
retirada. Dos de sus seis hijos, Rubén y Jonás, casi pierden la vida al hacer
detonar accidentalmente un campo minado que dormía a mil metros de su morada,
bajo tierra, en el lado chileno. Pero la familia Ayca Rivera se quedó.
Los que se marcharon después fueron sus hijos. “Pero no lo hicieron por
antipatrióticos”, dice la viejita Primitiva, disculpando a sus ‘guaguas’, y
con su mirada explica que ellos se fueron por cumplir sagradamente la ley de
la vida: “Formaron familia y tuvieron que salir a buscar mejores días”, dice y
recuerda un pasaje de la Biblia que hace referencia a que los hijos una vez
crecidos se alejarán de sus padres para crecer y multiplicarse.
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Muestra.
Hace dos semanas los hijos de los esposos Ayca Rivera izaron la bandera
boliviana por unos momentos. Hoy la harán flamear, como cada 6 de agosto |
Uno de los que ha
tomado muy en serio esa orden divina ha sido el hijo mayor de los Ayca Rivera.
Erasmo, el mismo que en 1982 corrió llorando al pueblo más cercano a buscar un
vehículo para salvar la vida de sus hermanos que por azares de la vida y
travesura de infantes hicieron estallar las minas chilenas, ya lleva en su
haber once hijos. “Y con la misma mujer”, aclara con una voz de medio siglo y
un año de existencia.
Erasmo dejó un legado que hizo que don Lorenzo llegue a la conclusión de que
vivir valió la pena. En el patio de la única casa de Huaylla plantó un mástil
y le entregó a su padre una bandera para izarla cada vez que Bolivia festeje
un año más de su independencia.
A don Lorenzo le gustaría ver flamear la tricolor todos los días. Él dice que
no tiene problema en ocuparse de bajar la bandera en las noches y volverla a
izar en las mañanas. Pero no lo hace porque sabe que la bandera puede terminar
hecha jirones por la bravura del viento helado que se escapa de las cumbres
vecinas.
Erasmo tiene más cosas que alimentan el crecido orgullo de sus padres. El hijo
mayor es el encargado de inspeccionar los hitos 33, 34, 35 y 36 que definen el
límite entre Bolivia y Chile. Pero ese trabajo no lo hace gratis. Después de
que sus hermanos Rubén y Jonás desactivaron las minas chilenas de la forma
menos aconsejable: por accidente y de una manera trágica, el Regimiento
Mejillones asentado en Pisiga lo nombró encargado vigilante de los mencionados
hitos fronterizos. Con todo ello, lo único que don Lorenzo le pide al
presidente Eduardo Rodríguez es que se le pague su bonosol.
Charaña
El cuartel de Charaña tiene apenas cinco conscriptos desarrapados que pese a
tener la frontera chilena a 200 metros de distancia deben luchar a diario
contra el frío que cala hasta los huesos. Sin embargo, los soldados que
ocupaban ese mismo cuartel, en una infinita inferioridad de medios y ayudados
por unos cuantos campesinos de ese poblado sin agua potable, electricidad o un
centro médico para sus 500 habitantes, expulsaron a patrullas chilenas que
habían incursionado en 1970. El comandante chileno increpó al teniente
boliviano de entonces a que depusieran las armas, pero nuestro teniente dijo
que si en 10 minutos los efectivos de la columna chilena no abandonaban el
territorio nacional, daría la orden de fuego. El jefe chileno se rió. Eran 11
soldados bolivianos contra unos 50 infantes chilenos. Pero cuando el jefe
chileno notó que habían campesinos en los cerros aledaños en perfecta posición
para emboscarlos y cercarlos, optó por la retirada pacífica, recuerda
Guillermo Cañas, un patriarca de ese confín patrio que estuvo entre los
campesinos que acosaban a los soldados chilenos.
Pese a que el campesino de Charaña (bolo de coca calado en la boca, cara
surcada por ráfagas de hielo que bajan en tropel desde los nevados chilenos,
una radio a pilas que lo conecta al mundo y abarcas acostumbradas a pisar el
granizo frecuente), es uno de los bolivianos más patriotas, el 90% ha nacido
en Chile, porque en el lado boliviano no hay ni curitas ‘para curar un callo’,
según dicen los propios habitantes.
La diferencia entre una población fronteriza y una de país adentro, es que en
las fronteras sus habitantes se hallan más aferrados a su nacionalidad, más
expuestos a las influencias en el hablar, en el vestir y en el hacer de los
países vecinos, más abandonados de los gobiernos centrales y son más abiertos
a las monedas de los países vecinos para fortalecer el comercio con éstos,
cosa que no pasa en el resto de las ciudades.
Los
puntos fronterizos
Villamontes
Guarda historia y
riqueza en sus entrañas
Villamontes es quizá
la ciudad de frontera (está a unos 200 kilómetros del límite con Paraguay) que
vivió más de cerca la incertidumbre de todo el país durante la Guerra del
Chaco. De ser una villa militar con chozas para soldados, pagüichis para
mecánicos, casetas para las planificaciones comando y con un burdel que se
hizo famoso entre soldados y oficiales del frente y la retaguardia, se ha
convertido en un pueblo pujante que incluso abastece a la única ciudad
paraguaya (es más bien un caserío) asentada en el Chaco paraguayo: Mariscal
Estigarribia. “Villamontes está a 300 kilómetros de aquí, mientras Asunción
está a 500. Por eso nos es más cerca ir allí a comprar lo que necesitamos”,
dicen los habitantes de Mariscal Estigarribia que ven en los bolivianos más
que un extranjero, un hermano con el que no valió la pena luchar.
Bermejo
El comercio le
ganó a la caña de azúcar
Bermejo está
cayéndose del mapa en el sur del país, y apenas un puente sobre el río del
mismo nombre lo separa del lado argentino. Es una ciudad que no ha dejado de
ser pueblo, o es un pueblo al que le queda grande el título de ciudad. En
materia de educación, la mayoría de sus estudiantes atraviesan el río ya sea
por el puente o en chalanas, y asisten a escuelas argentinas, de ahí que en
historia saben más de San Martín Y Belgrano, que de Bolívar y Sucre. Los
habitantes, la mayoría de los cuales tienen la doble nacionalidad, se dedican
al comercio. Hasta hace diez años ésta era una de las zonas productoras de
caña de azúcar más grandes del país, hasta que la mala explotación volvió
inútil la tierra. En los comercios la moneda corriente es el peso argentino,
ya que cuando se pregunta por el precio de algo, la respuesta es en moneda
rioplatense.
Copacabana
El turismo se
pavonea como un rey
El lago Titicaca se
abre frente a Copacabana como si fuera el mar, aunque los mapas dicen que es
más chico, pero su dimensión titánica (cuna y casa de los dioses mayores del
imperio inca que se extendía desde el sur de Colombia hasta el norte chileno y
argentino) permite que la vista se pierda en el azul del horizonte.
La principal actividad es la turística y la pesquera y es uno de los destinos
turísticos más bellos del país, con su templo apoteósico de la Virgen de
Copacabana, su costa sobre el lago donde se pueden alquilar botes, sus paseos
en lancha hasta las islas del sol y la luna, su montículo elevado desde donde
se puede ver mejor el lago si se tiene el aire suficiente para remontarlo y
los platos de pescado que se sirven en sus orillas.
Guayaramerin
Un refugio
protegido por el Mamoré
Anclado a una orilla
del gran Mamoré, Guayaramerín es el pueblo centinela de Bolivia donde el calor
majestuoso y la vegetación que llena de verde el panorama, por donde se lo
mire, complementan uno de los paisajes más imponentes dentro de la línea
fronteriza que tiene Bolivia a lo largo de sus miles de kilómetros cuadrados.
Las lanchas con motor fuera de borda son el instrumento cómplice para que los
habitantes de Guayaramerín mantengan una estrecha relación con sus vecinos
brasileños que habitan Guajaramirim. La moto es el medio de transporte por
excelencia que ronronea por las calles soleadas y los hábiles mecánicos y
chapistas se han dado modos para transformar esos vehículos de dos ruedas en
carritos de tres ruedas, lo que posibilita transportar por lo menos cuatro
personas.
Cobija
La capital que
mira de frente a Brasil
Es la única capital
de departamento que colinda inmediatamente con un país vecino. Cobija,
(Pando), mira de frente a Brasilea, un pueblito brasileño abarrotado de
casitas de madera de donde sale gente simpática casi siempre con una sonrisa
en los labios. Cobija también es uno de los pocos lugares fronterizos
bolivianos más desarrollados. Por lo general, los pueblos, o las ciudades de
los países vecinos, son más grandes, más limpios y más iluminados que los
nuestros. Entre sus máximos orgullos de ingeniería civil se encuentra el
moderno palacio de Justicia (que también ha generado críticas como aquella que
dice que “cómo es posible que en vez de construir escuelas inviertan en algo
que no es muy provechoso), y el aeropuerto que ofrece a las líneas aéreas
incluso operar en horas de la noche.