Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Sábado 6, agosto de 2005
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En Bolivia hay nación, lo que falta es igualdadDebate. Cinco intelectuales participaron en un encuentro para hablar sobre los problemas de la patria
Diálogo. De der. a izq. Balboa, Valcárcel, Moreno, Lema y Bacardit se reunieron en EL DEBER para hablar sobre las similitudes y diferencias de los bolivianos
Pablo Ortiz

Así nacimos, y en 180 años no hemos logrado cambiar. La desigualdad, la existencia de nacionales de primera y de segunda se originó el 6 de agosto de 1825. Así lo señala Ana María Lema. La historiadora recuerda que en la primera Constitución de Bolivia se signaba dos clases de personas: los ciudadanos y los bolivianos. Los primeros, dueños de todo derecho, de toda la tierra y la riqueza; los segundos, al servicio de los ciudadanos. Esa cruz, cargada de desigualdad, es la que en estos momentos nos tiene en uno de los trances más duros de nuestra historia.
Para analizar cuáles son los elementos básicos que conforman la nacionalidad boliviana, EL DEBER convocó los criterios de Cecilia Moreno, socióloga; Roberto Valcárcel, artista conceptual; Esther Balboa, psicóloga; Mauricio Bacardit, sacerdote y director de la Pastoral Social; y a Ana María Lema. Ellos coincidieron en que existe una nación boliviana, como una idea de propiedad, de soberanía o identificación con un territorio, pero que la integración entre las identidades que la conforman se ha dificultado debido a los índices de segregación que tenemos.
“Si consideramos el sentimiento de pertenencia a un territorio, creo que en Bolivia hay nación. Tanto ayoreos como urus se reconocen dentro de esta territorialidad. Lo básico de nación existe, pero también es un concepto en permanente construcción, en permanente cambio que hay que profundizar”, dijo Moreno.
Bacardit abrió el diálogo calificando el momento actual como de en extremo interesante, pero muy peligroso. En opinión del clérigo, la Asamblea Constituyente puede ser el escenario propicio para transparentar las desigualdades sociales, para darle protagonismo a los pueblos originarios, históricamente excluidos, pero “habrá que tomar el proceso con pinzas”, dijo.
La complejidad a la que se refiere Bacardit se desnudó a lo largo de todo el debate. Por un lado, existe todo un sector del país que pide ser tomado en cuenta, no sólo en las decisiones políticas, sino también en la administración del Estado: los indígenas. Ellos han cifrado sus esperanzas en la llamada refundación del país o la Asamblea Constituyente. La líder indígena Esther Balboa, explica que sus compañeros reclaman este proceso porque desean “exhibir la historia que el blanco silenció. Los pueblos indígenas ven que no sólo no participan, sino que además están acallados. Y lo que se calla es la cultura”.
Lema añade que la ruptura del silencio de los que siempre estuvieron excluidos tiene inquieto a más de uno, que aún no acepta que Bolivia tiene que cambiar, que se debe construir un país dentro de la nación.
Por otro lado, compartiendo las condiciones y mezclándose con los indígenas, se encuentran los pobres, que reclaman una mejor distribución de los recursos. Es ahí donde radica la mayor complejidad del escenario actual: la mezcla de ambos elementos han hecho que, en opinión de los panelistas, se cree un falso debate de polarización oriente-occidente con una alta carga racial.
Para Valcárcel, todo discurso de nación depende de las relaciones de producción, de las cosas más básicas de subsistencia y eso, en los últimos tiempos, se lo calla. “Si hablamos de diferencias entre zonas del país, estamos callando que en Bolivia lo que en realidad existe es un problema de clase, y las clases iguales se entienden entre sí”, dijo.
Ese falso debate al que se refiere Valcárcel ha llevado al país a un clima de tensión en el que, según Moreno, los prejuicios de uno y otro lado llevan a calificar colectivamente a las distintas facciones. “Tenemos que avanzar, no quedarnos en las polaridades porque nos invisibiliza a la mayoría de la población boliviana. Necesitamos establecer nuevas normas o reglas de convivencia, porque se coexiste en las diferencias, no en las similitudes”, afirmó.
Una de esas reglas es la igualdad de oportunidades. Valcárcel recuerda que en los países donde casi todos tienen ‘la panza llena’, incluso se celebran las diferencias, la diversidad y “los colorcitos están felices los unos con los otros”.
Moreno añade un elemento más al escenario de fragmentación de posiciones que vive el país: la discriminación de género. Ella la observa tanto en la comunidad más recóndita de Monteverde hasta en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Sin embargo, coincide con Valcárcel en que el poder económico puede romper las barreras sociales impuestas. Lo ejemplifica con los sentimientos que puede despertar una cholita al ingresar a un restaurante de lujo, contra la facilidad que tuvo Max Fernández para ingresar a círculos tradicionales, como la comparsa Tauras, gracias a su dinero.
“¿Qué es lo peor que nos podría pasar?”, se preguntó Valcárcel. “Desintegrarnos como país”, coincidieron los panelistas. “Entonces habría que pensar qué es lo que tendríamos que hacer para que suceda, cómo podríamos contribuir a ello y no hacerlo”, dijo.
En el plano de las soluciones, cada uno aportó lo suyo. Valcárcel, por ejemplo, echa en falta una actitud más racional en el relacionamiento entre bolivianos; extraña el sentido común.
Para Balboa es necesario respetar los procesos y la cosmovisión de los pueblos originarios, sin imponer cánones occidentales de desarrollo, que se han enquistado en la forma de pensar de todos los bolivianos. “Es común escuchar a un indígena diciéndole a su hijo: ‘tienes que estudiar, para que no seas como nosotros”, recordó.
Bacardit habló de la necesidad de acceder a acuerdos mínimos, coincidencias que permitan poner el cimiento a un diálogo más incluyente, que permita acercar, aceptar y convivir con las diferencias. “Bolivia camina al borde del precipicio y si se desvía un milímetro, se cae”, dijo.
Lema, por su parte, agregó otro elemento al debate: Bolivia ya no es un país rural, sino urbano y en las ciudades se alienta el mestizaje cultural. Esto llevó a Valcárcel a inferir que, mientras los teóricos y líderes defienden medidas dogmáticas, el pueblo hibrida. “Tenemos que llegar al acuerdo de que no nos queremos matar, que vamos a respetar nuestras diferencias para poder dialogar. Eso implica abandonar nuestras ideas limitadas para construir una nación, no sé si haciendo concesiones o llegando a acuerdos básicos para convivir en la diversidad”, dijo.
Para ello, concluyeron, es necesario construir una nueva democracia, un sistema en el que no sólo mande la mayoría sino que respete y conviva con los que piensan distinto.

 

 

Para desactivar los dogmas

 

Acabar con las desigualdades
Algo vital que vieron los panelistas es que todos los bolivianos tengan la misma posibilidad de acceder a los servicios de educación, salud y empleo. Eso ayudaría a crear una nación diversa, con la posibilidad de comunicarse en términos de igualdad, sin segregaciones de tipo económico que en estos momentos condiciona o dificulta la posibilidad de sentarse a dialogar sobre los problemas que nos separan. Para ello, es necesaria una mejor redistribución de los ingresos, acabar con la brecha de ricos y pobres, y buscar alternativas de modelo económico.

 

Rechazar posiciones
Uno de los aspectos que más dificulta el acercamiento entre las partes en conflicto es que cada cual defiende a muerte sus posiciones, sin escuchar las alternativas del otro. Esta situación deriva en prejuicios y calificaciones peyorativas a todo lo que no condiga con su forma de pensar. Los panelistas sugieren establecer una ‘ética común’; es decir, un sistema de valores y entendimientos que sea general. Eso implica deponer dogmas y abrirse a un diálogo superior, por encima de las particularidades que separan las posiciones.

 

Acuerdos en lo básico
Los panelistas notan que los bolivianos se unen ante las situaciones límite, sin importar los colores o ideas que defiendan unos y otros. Por eso es importante que, una vez expuestas todas las diferencias y puntos en los que se difieren, se tienda a encontrar los puntos de convergencia, por más pequeños que estos fueran. Sobre la base de ellos, se debe comenzar a construir acuerdos mancomunados que lleven a desactivar el clima social de enfrentamientos entre regiones, clases sociales y orígenes étnicos.

 

Construir una nueva democracia
Hasta el momento, Bolivia vive de una democracia en la que la decisión de la mayoría se impone y silencia la de las minorías. Lo ideal, opinan los panelistas, es que la decisión de las mayorías respete, conviva e incluya a la forma de pensar y de vivir de las minorías. Proponen pasar de la democracia de las mayorías a la democracia directa, que esté atenta a lo que afecta a las comunidades. Advierten que si la Constituyente se lleva adelante con el sistema de mayorías, tal vez no resuelva los problemas que se le ha encomendado solucionar.

 

Opiniones

 

Cecilia Moreno
Socióloga

El reto es crear un Estado que nos incluya

Hay nación en Bolivia si consideramos el sentimiento de pertenencia a un territorio. Creo que Bolivia no ha cambiado mucho a lo largo de su historia. La visión dominante ha estado cifrada en quienes han tenido el poder político, económico y jurídico del país. Ahora necesitamos avanzar hacia un estado moderno y eso supone considerar una visión de conjunto, que incluya a los excluidos de siempre.
Estamos pasando por un momento de mucha expresión en ese sentido, estamos buscando cómo construir una nación que nos incluya y ese proceso pasa por reconocer nuestra diversidad, por respetar nuestras diferencias. Ese proceso no sólo tiene que ver con el imaginario, sino también con cosas más concretas, como la distribución del poder económico y político, además de construir un Estado nación que nos contenga tanto a las mujeres como a los hombres. Tenemos un Estado nacional patriarcal, excluyente, unitario.
Las soluciones pasan por reconocernos a las mujeres, a los pueblos indígenas, a los ciudadanos y ciudadanos diversos, a los jóvenes... También pasa por generar un Estado con mayor apertura y libertad, incluidos los credos y religiones, avanzar hacia un estado laico.
El reto actual es avanzar hacia una nación que nos contenga con todas nuestras opciones, tanto filosóficas e ideológicas como sexuales.

 

Mauricio Bacardit
Director de PASOC

Marcha por la tierra despertó a los indígenas

Me pregunto si tal vez utilizamos el término nación desde dos visiones distintas, si hay una nación o muchas en Bolivia. Hay una visión occidental de lo que es el país y puede haber una visión de los originarios. Esta última va más allá e involucra a las personas, a la naturaleza, a su hábitat, al aire, al agua, la flora y la fauna. Estas dos visiones se contradicen, por lo que necesitamos encontrar denominadores comunes en la historia de ambas visiones. Para mí fue muy interesante el año 1990, cuando se gestó la primera marcha indígena por la tierra y el territorio. Recorrió 500 kilómetros entre Trinidad y La Paz. Allí se demostró que los indígenas del Oriente también se sienten bolivianos; allí los citadinos del occidente descubrieron que había más indígenas en el país, que no sólo eran aymaras, quechuas y guaraníes, sino que había otras naciones. Ese fue el despertar del movimiento y de allí salieron otras demandas, como la Asamblea Constituyente. Es por eso que yo me pregunto si este enfrentamiento entre oriente y occidente es real o provocado por ciertos intereses de clase. Hay muchas cosas comunes entre las clases dominantes, así como en los sectores indígenas y campesinos del oriente y el occidente. No sé hasta qué punto sea un enfrentamiento racial o entre clases sociales.

 

Esther Balboa
Psicóloga

Los pueblos originarios callan su cultura

¿Por qué queremos la Asamblea Constituyente?. Porque queremos exhibir la historia que el blanco silenció. Los blancos ven todo el tema de exclusión, pero los pueblos indígenas ven que no sólo no participan sino que además están silenciados, callados. Se calla la cultura, que no sólo quiere decir saber leer y escribir sino que son las costumbres, la educación que se recibe en la vida cotidiana: todo lo que tiene que ver con la sabiduría,
el arte, la ciencia y la filosofía de vivir en un determinado contexto político. También la cultura tiene que ver con la ética y eso para los pueblos indígenas es algo vital. También incluye el territorio a la soberanía, pero no se trata de una soberanía territorial, sino alimentaria: la posibilidad de poder alimentarse a través de trueques con otras comunidades. Eso crea fronteras culturales permeables.
Todo esto también tiene que ver con una economía de pobreza en la que parece que existe el gran empresariado y el minifundio y el surcofundio; pero es falso porque las grandes empresas en Bolivia no existen.
Las malas políticas estatales hacen que el campo se vacíe. Se da más dinero a los municipios que más habitantes tienen y condenan a los chicos a no poder invertir, pese a que tienen más territorio y potencialidades. Eso causa que la gente migre. Estamos ante un problema económico que todos han preferido simplificar como un conflicto entre cambas y collas.

 

Roberto Valcárcel
Artista conceptual

La racionalidad está ausente de los diálogos

Me preocupa terriblemente el tema del pensamiento racional, me interesa saber cómo lograr un pensamiento que vaya más allá de lo mítico, mágico, no causal y misterioso de la sociedad boliviana. Es interesante que en Rusia, en la primera época después de la Revolución, se fomentó el arte abstracto y el motivo era porque el compartir tiene que ver con racionalidad, no con instintos, emociones y deseos inmediatos. Compartir, aceptar la diversidad, ser justos, implica racionalidad. La injusticia es irracional, es egoísta, es emoción primaria. La otredad no se la acepta emocionalmente. No soy necesariamente freudiano y aprovecho y uso de Freud cuando necesito. Freud dice que el niño cuando nace tiene una sola misión: aumentar su bienestar y disminuir su dolor. Ese es el principio del deseo. En contrapartida, Freud indica que el principio de la realidad consiste en sacrificar el placer inmediato en pos de una recompensa futura. Es decir: el principio del placer indica yo quiero y lo tomo, yo necesito y lo hago, mientras que el de realidad es sacrificar ese placer en pos de una recompensa futura que puede ser la propia existencia.
Lo que me atormenta y preocupa fuertemente es que esa racionalidad, ese pensamiento hoy en día no está en los esquemas de diálogo. La racionalidad no es otra cosa que el sentido común humano y, de momento, no la veo presente en las relaciones entre bolivianos.

 

Ana María Lema
Historiadora

El país ya no funciona como se lo diseñó en 1825

Cuando se peleó por la independencia no se lo hizo por la nación, sino por la patria. Bolivia nació como una patria. Es un término que ahora está muy devaluado pero que era muy emotivo. La gente ha peleado porque tenía apego por la tierra y quería tener derechos en su tierra. Unos querían poder y otros desenvolverse un poquito mejor. Sin embargo, la primera Constitución nos separa entre los ciudadanos y los bolivianos.
Ese club de ciudadanos se ha disuelto formalmente en el 52, pero en la práctica todavía se mantiene. La nación existe pero no es tangible. Es una construcción permanente. En esta nación que no podemos palpar ha habido un cambio en estos últimos años. Recién estamos asumiendo las diferencias y los que no tenían voz están diciendo: “aquí estamos, tenemos tantos derechos como ustedes. Respétennos y tómennos en cuenta”. Ahora recién nos miramos al espejo y vemos que existen más bolivianos. A algunos les gusta y a otros no. Hay gente a la que no le gusta que los que estuvieron callados comenzaran a hacer bulla. Para que esta nación sea tangible tiene que cambiar y ahí está el reto de la Constituyente. Sin embargo, es peligroso poner todas nuestras esperanzas en la Constituyente, pues sólo dará las pautas para cambiar a esta nación que contiene un país, que también tiene que cambiar, reterritorializarse, porque como se lo diseñó en 1825 ya no funciona.