Así nacimos, y en
180 años no hemos logrado cambiar. La desigualdad, la existencia de nacionales
de primera y de segunda se originó el 6 de agosto de 1825. Así lo señala Ana
María Lema. La historiadora recuerda que en la primera Constitución de Bolivia
se signaba dos clases de personas: los ciudadanos y los bolivianos. Los
primeros, dueños de todo derecho, de toda la tierra y la riqueza; los
segundos, al servicio de los ciudadanos. Esa cruz, cargada de desigualdad, es
la que en estos momentos nos tiene en uno de los trances más duros de nuestra
historia.
Para analizar cuáles son los elementos básicos que conforman la nacionalidad
boliviana, EL DEBER convocó los criterios de Cecilia Moreno, socióloga;
Roberto Valcárcel, artista conceptual; Esther Balboa, psicóloga; Mauricio
Bacardit, sacerdote y director de la Pastoral Social; y a Ana María Lema.
Ellos coincidieron en que existe una nación boliviana, como una idea de
propiedad, de soberanía o identificación con un territorio, pero que la
integración entre las identidades que la conforman se ha dificultado debido a
los índices de segregación que tenemos.
“Si consideramos el sentimiento de pertenencia a un territorio, creo que en
Bolivia hay nación. Tanto ayoreos como urus se reconocen dentro de esta
territorialidad. Lo básico de nación existe, pero también es un concepto en
permanente construcción, en permanente cambio que hay que profundizar”, dijo
Moreno.
Bacardit abrió el diálogo calificando el momento actual como de en extremo
interesante, pero muy peligroso. En opinión del clérigo, la Asamblea
Constituyente puede ser el escenario propicio para transparentar las
desigualdades sociales, para darle protagonismo a los pueblos originarios,
históricamente excluidos, pero “habrá que tomar el proceso con pinzas”, dijo.
La complejidad a la que se refiere Bacardit se desnudó a lo largo de todo el
debate. Por un lado, existe todo un sector del país que pide ser tomado en
cuenta, no sólo en las decisiones políticas, sino también en la administración
del Estado: los indígenas. Ellos han cifrado sus esperanzas en la llamada
refundación del país o la Asamblea Constituyente. La líder indígena Esther
Balboa, explica que sus compañeros reclaman este proceso porque desean
“exhibir la historia que el blanco silenció. Los pueblos indígenas ven que no
sólo no participan, sino que además están acallados. Y lo que se calla es la
cultura”.
Lema añade que la ruptura del silencio de los que siempre estuvieron excluidos
tiene inquieto a más de uno, que aún no acepta que Bolivia tiene que cambiar,
que se debe construir un país dentro de la nación.
Por otro lado, compartiendo las condiciones y mezclándose con los indígenas,
se encuentran los pobres, que reclaman una mejor distribución de los recursos.
Es ahí donde radica la mayor complejidad del escenario actual: la mezcla de
ambos elementos han hecho que, en opinión de los panelistas, se cree un falso
debate de polarización oriente-occidente con una alta carga racial.
Para Valcárcel, todo discurso de nación depende de las relaciones de
producción, de las cosas más básicas de subsistencia y eso, en los últimos
tiempos, se lo calla. “Si hablamos de diferencias entre zonas del país,
estamos callando que en Bolivia lo que en realidad existe es un problema de
clase, y las clases iguales se entienden entre sí”, dijo.
Ese falso debate al que se refiere Valcárcel ha llevado al país a un clima de
tensión en el que, según Moreno, los prejuicios de uno y otro lado llevan a
calificar colectivamente a las distintas facciones. “Tenemos que avanzar, no
quedarnos en las polaridades porque nos invisibiliza a la mayoría de la
población boliviana. Necesitamos establecer nuevas normas o reglas de
convivencia, porque se coexiste en las diferencias, no en las similitudes”,
afirmó.
Una de esas reglas es la igualdad de oportunidades. Valcárcel recuerda que en
los países donde casi todos tienen ‘la panza llena’, incluso se celebran las
diferencias, la diversidad y “los colorcitos están felices los unos con los
otros”.
Moreno añade un elemento más al escenario de fragmentación de posiciones que
vive el país: la discriminación de género. Ella la observa tanto en la
comunidad más recóndita de Monteverde hasta en el Ministerio de Relaciones
Exteriores. Sin embargo, coincide con Valcárcel en que el poder económico
puede romper las barreras sociales impuestas. Lo ejemplifica con los
sentimientos que puede despertar una cholita al ingresar a un restaurante de
lujo, contra la facilidad que tuvo Max Fernández para ingresar a círculos
tradicionales, como la comparsa Tauras, gracias a su dinero.
“¿Qué es lo peor que nos podría pasar?”, se preguntó Valcárcel.
“Desintegrarnos como país”, coincidieron los panelistas. “Entonces habría que
pensar qué es lo que tendríamos que hacer para que suceda, cómo podríamos
contribuir a ello y no hacerlo”, dijo.
En el plano de las soluciones, cada uno aportó lo suyo. Valcárcel, por
ejemplo, echa en falta una actitud más racional en el relacionamiento entre
bolivianos; extraña el sentido común.
Para Balboa es necesario respetar los procesos y la cosmovisión de los pueblos
originarios, sin imponer cánones occidentales de desarrollo, que se han
enquistado en la forma de pensar de todos los bolivianos. “Es común escuchar a
un indígena diciéndole a su hijo: ‘tienes que estudiar, para que no seas como
nosotros”, recordó.
Bacardit habló de la necesidad de acceder a acuerdos mínimos, coincidencias
que permitan poner el cimiento a un diálogo más incluyente, que permita
acercar, aceptar y convivir con las diferencias. “Bolivia camina al borde del
precipicio y si se desvía un milímetro, se cae”, dijo.
Lema, por su parte, agregó otro elemento al debate: Bolivia ya no es un país
rural, sino urbano y en las ciudades se alienta el mestizaje cultural. Esto
llevó a Valcárcel a inferir que, mientras los teóricos y líderes defienden
medidas dogmáticas, el pueblo hibrida. “Tenemos que llegar al acuerdo de que
no nos queremos matar, que vamos a respetar nuestras diferencias para poder
dialogar. Eso implica abandonar nuestras ideas limitadas para construir una
nación, no sé si haciendo concesiones o llegando a acuerdos básicos para
convivir en la diversidad”, dijo.
Para ello, concluyeron, es necesario construir una nueva democracia, un
sistema en el que no sólo mande la mayoría sino que respete y conviva con los
que piensan distinto.
Para
desactivar los dogmas
Acabar con las
desigualdades
Algo vital que vieron los panelistas es que todos los bolivianos tengan la
misma posibilidad de acceder a los servicios de educación, salud y empleo. Eso
ayudaría a crear una nación diversa, con la posibilidad de comunicarse en
términos de igualdad, sin segregaciones de tipo económico que en estos
momentos condiciona o dificulta la posibilidad de sentarse a dialogar sobre
los problemas que nos separan. Para ello, es necesaria una mejor
redistribución de los ingresos, acabar con la brecha de ricos y pobres, y
buscar alternativas de modelo económico.
Rechazar
posiciones
Uno de los aspectos que más dificulta el acercamiento entre las partes en
conflicto es que cada cual defiende a muerte sus posiciones, sin escuchar las
alternativas del otro. Esta situación deriva en prejuicios y calificaciones
peyorativas a todo lo que no condiga con su forma de pensar. Los panelistas
sugieren establecer una ‘ética común’; es decir, un sistema de valores y
entendimientos que sea general. Eso implica deponer dogmas y abrirse a un
diálogo superior, por encima de las particularidades que separan las
posiciones.
Acuerdos en lo
básico
Los panelistas notan que los bolivianos se unen ante las situaciones límite,
sin importar los colores o ideas que defiendan unos y otros. Por eso es
importante que, una vez expuestas todas las diferencias y puntos en los que se
difieren, se tienda a encontrar los puntos de convergencia, por más pequeños
que estos fueran. Sobre la base de ellos, se debe comenzar a construir
acuerdos mancomunados que lleven a desactivar el clima social de
enfrentamientos entre regiones, clases sociales y orígenes étnicos.
Construir una
nueva democracia
Hasta el momento, Bolivia vive de una democracia en la que la decisión de la
mayoría se impone y silencia la de las minorías. Lo ideal, opinan los
panelistas, es que la decisión de las mayorías respete, conviva e incluya a la
forma de pensar y de vivir de las minorías. Proponen pasar de la democracia de
las mayorías a la democracia directa, que esté atenta a lo que afecta a las
comunidades. Advierten que si la Constituyente se lleva adelante con el
sistema de mayorías, tal vez no resuelva los problemas que se le ha
encomendado solucionar.
Opiniones
Cecilia Moreno
Socióloga
El reto es crear
un Estado que nos incluya
Hay nación en
Bolivia si consideramos el sentimiento de pertenencia a un territorio. Creo
que Bolivia no ha cambiado mucho a lo largo de su historia. La visión
dominante ha estado cifrada en quienes han tenido el poder político, económico
y jurídico del país. Ahora necesitamos avanzar hacia un estado moderno y eso
supone considerar una visión de conjunto, que incluya a los excluidos de
siempre.
Estamos pasando por un momento de mucha expresión en ese sentido, estamos
buscando cómo construir una nación que nos incluya y ese proceso pasa por
reconocer nuestra diversidad, por respetar nuestras diferencias. Ese proceso
no sólo tiene que ver con el imaginario, sino también con cosas más concretas,
como la distribución del poder económico y político, además de construir un
Estado nación que nos contenga tanto a las mujeres como a los hombres. Tenemos
un Estado nacional patriarcal, excluyente, unitario.
Las soluciones pasan por reconocernos a las mujeres, a los pueblos indígenas,
a los ciudadanos y ciudadanos diversos, a los jóvenes... También pasa por
generar un Estado con mayor apertura y libertad, incluidos los credos y
religiones, avanzar hacia un estado laico.
El reto actual es avanzar hacia una nación que nos contenga con todas nuestras
opciones, tanto filosóficas e ideológicas como sexuales.
Mauricio Bacardit
Director de PASOC
Marcha por la
tierra despertó a los indígenas
Me pregunto si tal
vez utilizamos el término nación desde dos visiones distintas, si hay una
nación o muchas en Bolivia. Hay una visión occidental de lo que es el país y
puede haber una visión de los originarios. Esta última va más allá e involucra
a las personas, a la naturaleza, a su hábitat, al aire, al agua, la flora y la
fauna. Estas dos visiones se contradicen, por lo que necesitamos encontrar
denominadores comunes en la historia de ambas visiones. Para mí fue muy
interesante el año 1990, cuando se gestó la primera marcha indígena por la
tierra y el territorio. Recorrió 500 kilómetros entre Trinidad y La Paz. Allí
se demostró que los indígenas del Oriente también se sienten bolivianos; allí
los citadinos del occidente descubrieron que había más indígenas en el país,
que no sólo eran aymaras, quechuas y guaraníes, sino que había otras naciones.
Ese fue el despertar del movimiento y de allí salieron otras demandas, como la
Asamblea Constituyente. Es por eso que yo me pregunto si este enfrentamiento
entre oriente y occidente es real o provocado por ciertos intereses de clase.
Hay muchas cosas comunes entre las clases dominantes, así como en los sectores
indígenas y campesinos del oriente y el occidente. No sé hasta qué punto sea
un enfrentamiento racial o entre clases sociales.
Esther Balboa
Psicóloga
Los pueblos
originarios callan su cultura
¿Por qué queremos la
Asamblea Constituyente?. Porque queremos exhibir la historia que el blanco
silenció. Los blancos ven todo el tema de exclusión, pero los pueblos
indígenas ven que no sólo no participan sino que además están silenciados,
callados. Se calla la cultura, que no sólo quiere decir saber leer y escribir
sino que son las costumbres, la educación que se recibe en la vida cotidiana:
todo lo que tiene que ver con la sabiduría,
el arte, la ciencia y la filosofía de vivir en un determinado contexto
político. También la cultura tiene que ver con la ética y eso para los pueblos
indígenas es algo vital. También incluye el territorio a la soberanía, pero no
se trata de una soberanía territorial, sino alimentaria: la posibilidad de
poder alimentarse a través de trueques con otras comunidades. Eso crea
fronteras culturales permeables.
Todo esto también tiene que ver con una economía de pobreza en la que parece
que existe el gran empresariado y el minifundio y el surcofundio; pero es
falso porque las grandes empresas en Bolivia no existen.
Las malas políticas estatales hacen que el campo se vacíe. Se da más dinero a
los municipios que más habitantes tienen y condenan a los chicos a no poder
invertir, pese a que tienen más territorio y potencialidades. Eso causa que la
gente migre. Estamos ante un problema económico que todos han preferido
simplificar como un conflicto entre cambas y collas.
Roberto Valcárcel
Artista conceptual
La racionalidad
está ausente de los diálogos
Me preocupa
terriblemente el tema del pensamiento racional, me interesa saber cómo lograr
un pensamiento que vaya más allá de lo mítico, mágico, no causal y misterioso
de la sociedad boliviana. Es interesante que en Rusia, en la primera época
después de la Revolución, se fomentó el arte abstracto y el motivo era porque
el compartir tiene que ver con racionalidad, no con instintos, emociones y
deseos inmediatos. Compartir, aceptar la diversidad, ser justos, implica
racionalidad. La injusticia es irracional, es egoísta, es emoción primaria. La
otredad no se la acepta emocionalmente. No soy necesariamente freudiano y
aprovecho y uso de Freud cuando necesito. Freud dice que el niño cuando nace
tiene una sola misión: aumentar su bienestar y disminuir su dolor. Ese es el
principio del deseo. En contrapartida, Freud indica que el principio de la
realidad consiste en sacrificar el placer inmediato en pos de una recompensa
futura. Es decir: el principio del placer indica yo quiero y lo tomo, yo
necesito y lo hago, mientras que el de realidad es sacrificar ese placer en
pos de una recompensa futura que puede ser la propia existencia.
Lo que me atormenta y preocupa fuertemente es que esa racionalidad, ese
pensamiento hoy en día no está en los esquemas de diálogo. La racionalidad no
es otra cosa que el sentido común humano y, de momento, no la veo presente en
las relaciones entre bolivianos.
Ana María Lema
Historiadora
El país ya no
funciona como se lo diseñó en 1825
Cuando se peleó por
la independencia no se lo hizo por la nación, sino por la patria. Bolivia
nació como una patria. Es un término que ahora está muy devaluado pero que era
muy emotivo. La gente ha peleado porque tenía apego por la tierra y quería
tener derechos en su tierra. Unos querían poder y otros desenvolverse un
poquito mejor. Sin embargo, la primera Constitución nos separa entre los
ciudadanos y los bolivianos.
Ese club de ciudadanos se ha disuelto formalmente en el 52, pero en la
práctica todavía se mantiene. La nación existe pero no es tangible. Es una
construcción permanente. En esta nación que no podemos palpar ha habido un
cambio en estos últimos años. Recién estamos asumiendo las diferencias y los
que no tenían voz están diciendo: “aquí estamos, tenemos tantos derechos como
ustedes. Respétennos y tómennos en cuenta”. Ahora recién nos miramos al espejo
y vemos que existen más bolivianos. A algunos les gusta y a otros no. Hay
gente a la que no le gusta que los que estuvieron callados comenzaran a hacer
bulla. Para que esta nación sea tangible tiene que cambiar y ahí está el reto
de la Constituyente. Sin embargo, es peligroso poner todas nuestras esperanzas
en la Constituyente, pues sólo dará las pautas para cambiar a esta nación que
contiene un país, que también tiene que cambiar, reterritorializarse, porque
como se lo diseñó en 1825 ya no funciona.