Nicolasa Machaca, como la gota en la piedra
Líder. Está nominada al Premio Nobel de la Paz, junto a otras 999 mujeres
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| Homenaje. Para Nicolasa, el Che Guevara es
un modelo a seguir. En honor a él, su hijo de 14 años se llama Ernesto |
Pablo Ortiz
¡No! No puedes ser dirigente, ¿acaso eres hombre?”, le dijeron
los hombres de su comunidad. “¿No? ¿Cómo no vas a saber hablar español? Tan
viejota”, la retó su maestra de primero básico. “¡No, acá nadie tiene
derechos!”, le gritó el militar que la apresó en 1980. Siempre no. Desde que
nació, Nicolasa Machaca Quispe aprendió que sólo tenía derecho a un nombre y a
una vida de servidumbre. Pero ella machacó y cambió sangre y llanto por un sí a
la vez. Cada sí cayó como una gota sobre una roca y lentamente perforó un
agujero en la gran piedra de la discriminación. Ahora, a punto de cumplir 50
años, toda esa lucha es reconocida a través de una postulación coral al Premio
Nobel de la Paz.
Y es que una nación clandestina como la de Nicolasa necesita de revoluciones
silenciosas y la mejor arma de esas batallas suele ser la educación. Era 1968 y
mientras Domitila Chungara denunciaba ante el mundo la Masacre de San Juan,
Nicolasa ejercía su primer acto de rebeldía: aprender a leer y a escribir. En
Kurawara, una comunidad del ayllu Catamarca (Oruro), había hombres que no veían
con buenos ojos que una imilla participara en sus reuniones representando a su
padre, mucho menos que sea la líder designada para los cursos de alfabetización.
Sin embargo, las mujeres la animaron. “Andá vos, sos wawita, vas a aprender más
rápido”, le dijeron. Obedeció.
En realidad, ésa fue la segunda vez que Nicolasa intentó aprender a leer y a
escribir. Tres años antes su padre, Camilo, la había alentado para ingresar a la
escuelita de la comunidad de Poopó. Tenía 10 años y era la más grande de la
clase. Eso provocaba que sea el centro de las burlas, no sólo de sus compañeros
sino también de su maestra. “¿Cómo?, tan grandota y no aprendes a hablar
castellano”, la retaba la maestra. “Me sentía humillada, maltratada. Me pegaba
con reglas, me cocacheaba... Por eso no entré más a la escuela”, contó Nicolasa.
En cuanto se enteró de los cursos de alfabetización, su padre fue el primero en
apoyarla para que aprenda a leer y escribir. Lo que no sabía Nicolasa era que
con ese curso también se contaminaría con el bichito del liderazgo. Comenzó a
tomar más talleres, conoció a líderes de la provincia y ya para 1974, fue la
delegada de su ayllu en el Congreso de Mujeres Campesinas en Condurire (Oruro).
En 1977, Nicolasa dejó Kurawara y se instaló en Oruro. Había sido elegida como
dirigente máxima de las mujeres de su provincia y tal responsabilidad demandaba
su traslado a la capital minera. No tenía tiempo ni para asustarse. Su deber era
visitar comunidades para capacitar mujeres. Las organizaciones campesinas de
Oruro crecieron hasta sumar 300 y en ellas ofrecía talleres de liderazgo,
participación y producción. Su prestigio creció hasta que la designaron líder de
todo el departamento.
No era un buen momento para ocupar el cargo, porque el régimen de García Meza la
consideró un peligro. Una noche, a finales de 1980, mientras celebraba una
reunión en la central orureña, los militares irrumpieron, la golpearon y la
trasladaron al cuartel de Oruro.
Fueron dos meses de encierro, 60 días de interrogatorios, 1.440 horas de
torturas: 86.400 minutos de violaciones y vejámenes ejercidos por hombres
enmascarados, por personas sin rostros que exigían nombres, direcciones y
teléfonos de otros líderes. A principios de 1981, todo acabó. El cuerpo de
Nicolasa fue tirado sobre la chata de un camión y trasladado hasta un punto de
la provincia Santistevan (Santa Cruz). Ahí la dejaron y allí ella subió a otro
camión que la llevó hasta La Paz. Se refugió en la casa de una compañera de
lucha, que le consiguió un médico. “No podemos hacer nada. Hay que operarte. La
herida es profunda y está infectada. Hay que internarte”, le dijo el galeno. No.
Otra vez, ¡no! Nicolasa no quería internarse. Los hospitales estaban vigilados y
no soportaría un minuto más de encierro y violaciones.
Sus compañeras se movilizaron con rapidez, en una semana tenían todo listo. El
plan era arriesgado pero no había otra salida: debía irse a Cuba. “Tenés que
salir por Perú, hasta Lima. Ahí conseguirás un pasaporte peruano y viajarás a
Cuba’, me dijeron. Todo el viaje debía hacerlo sin un solo documento y sin nada
escrito. Debía memorizar cada nombre, cada lugar y cada forma de vestir de los
contactos”, contó.
Salió por Copacabana. En la frontera la detuvieron, no querían dejarla pasar sin
documentos, pero le tuvieron lástima por sus heridas. De ahí, cuatro días de
viaje hasta Lima, una semana en la capital peruana y ocho horas de avión hasta
La Habana.
La Cuba de los 80 era el paraíso de los perseguidos políticos. Del aeropuerto
fue trasladada al hospital y tres meses más tarde estaba curada. Se quedó un año
y medio. “Me aboqué a aprender qué era la política, la economía y qué era eso de
lo que hablaban tanto: el capitalismo y marxismo-leninismo”, dijo.
Su camino de regreso fue más difícil. Ya no estaba García Meza en el poder, pero
la sombra de su dictadura aún estaba sobre su alma. Lo primero que hizo fue
contactar a su familia. Desde que la apresaron, su madre no sabía nada de ella.
“Me dieron por muerta. Mi madre dijo que siempre tuvo esperanzas de que
apareciera. Yo, en cambio, estaba muy traumatizada y con cosas adentro que no le
podía contar a nadie”, relató Nicolasa.
A sus 28 años, Nicolasa tenía vergüenza. Se sentía culpable, no sabía cómo
contarle a su madre lo que le había pasado. “Mis tres hermanos me dieron la
fuerza para continuar trabajando. Tenía miedo. ‘Qué puedo hacer yo como mujer’,
me preguntaba. ‘Qué me van a decir los hombres, porque, ¡ya no soy virgen!’ Por
eso no me casé hasta los 35 años”, dijo.
Desde ese momento se refugió en el trabajo. Durante año y medio se dedicó a
organizar a las mujeres de su comunidad para pasar de la institución sindical a
la productiva. En 1984 volvió a dejar su ayllu y partió hacia Siglo XX, para
trabajar en la radio Pío XII. En 1985, se inscribió en el Instituto Politécnico
Tomás Katary y se graduó como técnico en salud. Ya para 1988 dirigía proyectos
en el mismo instituto y comandaba a un grupo de médicos, enfermeras y agrónomos
que brindaban servicios a más de 30 comunidades del norte potosino. Ahí conoció
a su compañero. “Me dije: ‘para qué tanto trabajo si no tengo hijos”, contó
Nicolasa.
Fue así que unió su vida a la de Benjamín Cuéllar. Se casaron en 1991 y tres
años más tarde se fueron a vivir a Sucre. Allí crían a sus tres hijos: Rosa
(17), Ernesto (14) y Carmen Julia (12). “Mis hijos están orgullosos de mí,
quieren seguir mis pasos. Es por eso que la postulación al Premio Nobel es una
alegría, porque no sólo es mía, sino de todas las mujeres con las que trabajo.
Cada día pienso en capacitarme y después transmitir los conocimientos a las
bases”, dijo.
Sí, Nicolasa sigue golpeando la roca.
Del Ayllu al mundo
Nicolasa Machaca nació en Kurawara el 23 de diciembre de 1955. Es la última hija
del matrimonio entre Camilo Machaca y Leonarda Quispe Alejandro. Tiene tres
hermanos: Humberto, Rosa y Guadalupe.
Desde niña, trabajó pastoreando ovejas, llamas y vacas a orillas del lago Poopó.
Su padre se dedicaba a la pesca y a sembrar quinua, papa y cebada en los campos.
De a poco, debido a la contaminación causada por las cooperativas mineras, las
tierras se agotaron y dejaron de producir, por lo que el dinero no le alcanzaba
a su padre para enviarla a estudiar a una escuela. Ella tuvo que formarse a sí
misma.
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| Compañía. Nicolasa ahora vive en uno
de los cerros de Sucre. En su casa recibe el amor de su esposo y sus tres
hijos |
“Los movimientos sociales no
viven la democracia”
Para Nicolasa Machaca, Gonzalo Sánchez de Lozada es un asesino
y debe pagar por las muertes de octubre negro. Sin embargo, eso no es lo que más
le preocupa actualmente.
La líder campesina ve con mucha pena cómo los movimientos sociales han perdido
la brújula. “Los movimientos sociales tienen que cambiar porque no se está
viviendo la democracia dentro de ellos. Hay dirigentes que quieren manejar las
organizaciones como les da la gana, a su manera de ser. Uno de ellos es el de la
COB (Jaime Solares). Ahí uno solo piensa y expresa su opinión como si fueran las
ideas de las bases cuando no les ha consultado. Se aprovechan de que ellos están
un poco más preparados que las bases y los convencen. Eso no es una democracia
verdadera”, reclamó.
En su opinión, todas las personas tienen el derecho a expresarse, a organizarse
y trabajar por su comunidad. Pero también considera que tienen la obligación de
aportar. “Hay que sugerir cosas. Si queremos cambiar, tenemos que dar
alternativas, no sólo protestar”, señala.
Es por eso que considera que es importante que los representantes que asistan a
la Asamblea Constituyente sean elegidos por las bases sociales, que realmente
palpiten el sentir del pueblo y se dediquen 100% a esa actividad.
“Ellos van a recibir dinero y tendrían que ir a las bases para recoger sus
necesidades. La gente es la que tiene que decidir. Los partidos políticos nunca
toman en cuenta a la gente. Ellos seleccionan de sus propios militantes, sin
importarle si están capacitados o no para cumplir con ese trabajo. Los partidos
políticos deberían dejar que las bases elijan a sus representantes. Hay mucha
gente preparada que no milita en ningún partido”, asegura.
Sin embargo, descarta completamente aceptar en algún momento un cargo en algún
gobierno. Ni siquiera como ministra.
“Prefiero trabajar con las bases, porque ahí es donde hago falta. Las bases
tienen que capacitarse cada día más. En cambio, en un ministerio, me dirían todo
el tiempo lo que debo hacer”, concluye Machaca, que comparte la nominación al
Nobel con otras dos mujeres bolivianas, Domitila Chungara y Ana María Romero.
En voz propia
Lo que tiene que hacer el próximo presidente.
El Presidente tiene que pensar que las organizaciones son importantes. Debe
escucharlas y apoyarlos para que se conviertan en organizaciones productivas, no
cobrarle impuestos porque apenas están sobreviviendo con sus propio esfuerzos y
recursos. Si las libera del pago de impuestos hasta que se encaminen, después
podrán aportar más. Debe darles créditos para ayudarlas a crecer, capacitarlas
para integrarlas al comercio nacional e internacional. A veces nuestros
productos son buenos, pero no tenemos mercado.
¿Hay políticos honestos?
No creo que haya políticos honestos. Todos están maleados. Por eso se pelean por
estar años de años en el poder. No creo que los políticos se enderecen. Son
palitos chuecos y se van a quedar así. Hay mucha gente honesta, pero el tiempo
las malea. Creo que en la Asamblea Constituyente se debe poner un límite a esto.
Una persona no puede estar tantos años como senador o diputado. Debería
permitírseles un solo mandato. Están años de años y no quieren salir de la
dirigencia. ¿Qué les cuesta? Estén cinco años y después déjenle el puesto a
otros. Tal vez así vamos a poder mejorar, con nuevas generaciones.
¿Hay menos discriminación?
Ahora hemos avanzado, somos alcaldesas, diputadas, senadoras, concejalas. Ya no
hay mucha marginación. Pero hay que seguir trabajando, capacitándonos porque
todavía nos falta. Debemos tener una misión y una visión de desarrollo para el
futuro.