En cualquier democracia moderna, los partidos políticos son el instrumento
para canalizar el conjunto de expectativas y demandas de la sociedad. El que
mejor las canaliza, gana la elección. Como no somos una democracia moderna, nos
sucede a la inversa y los partidos se han convertido en el modo de perder las
elecciones. Cierto, los partidos dejaron pasar todas las oportunidades de
renovación y cambio, y después de haber sido garantes de gobernabilidad
bastantes años, se contentaron con una escandalosa repartija de Estado
esmirriado. Una suerte de buitres hambrientos comiendo lo poco que quedaba.
Ahora, pensando en las siglas principales de toda una fase de gobernabilidad y
democracia –MNR, MIR, ADN– nadie quiere saber nada: ¡su cercanía es el beso de
la muerte! Don Tuto Quiroga, ¡nada más y nada menos que el jefe de ADN!, dejó a
su partido en la estacada y lo condenó a un miserable tres por ciento electoral.
Don Jaime Paz va a candidatear a la Prefectura de Tarija y ¿quiere apostar que
su plataforma no va a ser el MIR? Y el candidato natural del MNR, don Juan
Carlos Durán, acaba de decirles a sus compañeritos que no cuenten con él.
Y es que nos hemos instalado en lo profundo de una crisis política, con todo lo
que eso conlleva. Los sistemas partidarios pueden ser funcionales y eficientes,
hasta el momento en que se suicidan. En Venezuela, ‘adecos’ y ‘copeyanos’
sustentaron un sistema y ante su incapacidad de renovación, le abrieron el campo
al colorinche predicador que el pueblo vio como salvación. Es evidente que
Chávez no es mejor que los partidos, pero también es evidente que fueron los
partidos los que parieron a Chávez.
No hay democracia moderna sin partidos. Y lo que vamos a tener es cualquier cosa
porque, ni somos democracia real ni aspiramos a la modernidad. Y entonces nos
obligan a optar por unos liderazgos ‘light’, una suerte de política
descafeinada, de complacencia frente el conjunto de demandas y ausencias de
propuestas para resolver el problema de fondo de la desinstitucionalización y de
la desagregación. ¿Se darán cuenta los ‘nuevos’ líderes de que pueden caer en el
mismo jueguito que atrapó a los partidos y los llevó a su debacle?
Es que el beso de la muerte no es la sigla, no es la historia partidaria, no es
la estructura de ventajitas y aprovechamiento del Estado, aunque sea sin partido
–eso lo hacen todos, ¡pregúntele a Mesa!–, sino la imagen de demagogia, de falta
de sinceridad, de falta de coraje en los planteamientos. Porque el que se atreva
a decir la verdad de nuestras necesidades hoy –Estado, autoridad, derecho, ley,
garantías, integración al mundo moderno, exportación racional del gas, igualdad
en el pago de impuestos, unidad de la Nación, castigo a bloqueadores, rechazo a
los chantajes regionales y sectoriales– el que se atreva a decirlo y a decirlo
fuerte, ¡va a ganar la elección y con una buena mayoría!, ¿apostamos?
Los partidos se han ganado una imagen que equivale al beso de la muerte. Nada
nos garantiza que lo nuevo, lo que venga, lo que dice ser otra cosa, no repita,
por cálculo, por encuestas, por unos asesores avivados, vaya a ser distinto de
eso que son hoy los partidos tradicionales. Esta coyuntura puede darnos algo
nuevo... ¡pero también puede jodernos pariendo a un anciano!