En épocas de crisis profunda, cuando faltan los empleos y la incertidumbre
acecha a la vuelta de la esquina, el pueblo es presa fácil de la ilusión.
Entabla enseguida una relación poco menos que supersticiosa con quien le cree
capaz, desde el poder político, no sólo de mostrarle la luz al final del túnel,
sino también de garantizarle que ella le bañará el cuerpo entero, alcanzando
fulgor magnánimo en los bolsillos.
En América Latina son numerosos los casos de encandilamiento de la masa
electoral por una opción de última hora. Hace años, por ejemplo, en Perú, la
candidatura presidencial de Fujimori logró aquello en menos de cuatro meses.
Castigada por la guerrilla y el terrorismo de Sendero Luminoso, así como por el
desempleo y otros males, la gente de la nación hermana estaba harta de los
partidos tradicionales, en los cuales veía la causa de todos sus padecimientos.
De pronto, salta un desconocido a la escena preelectoral. Llega con antecedentes
académicos y certificado de virginidad político-partidaria a la pugna por el
poder. Además, echa sapos y culebras contra los sistémicos, prometiendo que
jamás haría lo que éstos habían hecho. Por último, promete acabar con el
terrorismo, a fin de que Perú vuelva a la paz, seguridad y normalidad que tanto
anhelaban sus compatriotas. En definitiva, la novedad inductora de una ilusión
lindante con la superstición. Ambas le permitieron ganar por goleada en las
urnas al debutante peruano-japonés.
Debe ser bastante elevado el porcentaje de los ciudadanos bolivianos que no
votaría por nadie o lo haría en blanco si en estos momentos se realizaran
elecciones presidenciales. Creemos que la cifra asciende a más del 60%. Se trata
de electores que se mantienen a la expectativa. Naturalmente, de alguna opción
político-electoral que les satisfaga. Es decir, no asociable al pasado que
detesta y más bien a un futuro augural de mejores días para sí y para el país.
Algo que aún no se visualiza ni parece percibirse en el horizonte preelectoral
del país. Es cierto que todavía falta algo más de cuatro meses para las
elecciones de diciembre, pero también es evidente que en Bolivia, actualmente,
no se dan las condiciones subjetivas necesarias para que un recién aparecido
alcance, electoralmente hablando, la aplastante dimensión cuantitativa que en
dicho periodo de tiempo se apuntó Fujimori en Perú.
O sea que, en diciembre los electores bolivianos estarían condenados a votar no
por la novedad, sino por lo que ya conocen y saben a qué huelen. Neopopulistas
(Evo, el MAS y cuantos se sumen a su cortejo político-electoral),
neocentroizquierdistas (tipos que quieren atraer a la masa electoral con
repiques de campanas en parroquias municipales) y socialdemócratas (alineados
con la economía de mercado) son las opciones por las cuales votar. ¿Ilusión?
¿Superstición? De ninguna manera. Serán otros los factores que induzcan a los
ciudadanos a votar en una u otra dirección.
Para decirlo en términos gráficos, los electores estarán como quien en una
pasarela se fija más en los más grandes de la cuadrilla de pigmeos. Más votarán
por los primeros que por los segundos. El pueblo que elige quiere para diciembre
un Gobierno políticamente fuerte y programáticamente compacto. No le importará
mucho que la estatura cuantitativa no sea propia, sino la suma de muchas piezas
político-partidarias. Se inclinará por una coalición fuerte que le garantice
gobernabilidad, paz social y vigencia plena de la ley. Sabe que sin estos
requisitos ningún país atraca en puerto alguno. Es barco a la deriva...