Hace mucho tiempo que no me visitaba el diablo y fue una sorpresa que ayer
viniera hasta mi escritorio mi imilla Winona, que con su rostro demudado me dijo
atropelladamente: “Cawallero, un señor con su cara tiznada y que huele muy mal
está en la puerta y dice que es su amigo y quiere verlo”. Tengo tantos amigos
morenos y algunos que huelen mal, que le dije: “Hazlo dentrar nomás”,
corrigiéndome la imilla: “No se dice ‘dentrar’, cawallero, sino entrar”, a lo
que repuse fastidiado: “Hazlo dentrar, imilla ortográfica”.
Era el diablo. Afable como siempre, me dio un abrazo y quiso sentarse en uno de
los sofás del living y tuve que decirle: “Espérate un ratito, diablo, para que
pueda traer un almohadón oscuro porque de otra manera tiznará mi sofá y mi mujer
me echará una bronca”. Cumplido ese requisito nos pusimos a conversar.
Comenzó explicando que no me visitaba hace mucho tiempo a raíz de los
acontecimientos políticos sucedidos en el país y que le demandaron mucho
trabajo, primero actuando al lado de unas almas de apellido Morales, Solares,
Mamani y otros, hasta que cayó el señor Mesa, y luego ocupándose de muchísima
gente que quiere ser Presidente, senador, diputado y prefecto.
Me interesó esta segunda parte de su actividad, y el diablo al darse cuenta de
mi inquietud, me dijo sonriendo diabólicamente: “Y tú, ¿no estarías interesado
en candidatear para algún cargo importante en las próximas elecciones...?”, a lo
que respondí como cualquier ciudadano semiinteligente: “Claro que me gustaría,
pero no depende de mí sino de algún jefe inteligente de partido y siempre que no
me pidiera mucha plata para incluirme en sus listas porque mi mujer me ha dicho
claramente que no me prestará ni un centavo para invertir en estas elecciones ni
en los próximos carnavales”.
El diablo se acarició el bigote y me dijo mefistofélicamente: “Yo podría hablar
con algunos de los líderes y sublíderes políticos para sugerirles tu nombre y
decirles de paso, como quien no dice nada, que eres un ciudadano conocido y que
tendrías algún arrastre entre tus amigos de la tercera edad, entre las viudas de
la Guerra del Chaco y también entre las ñatitas de vida alegre a las que siempre
defendiste de los atropellos que sufrieron por parte de algunos alcaldes
‘cartuchos’.”
Esos elogios del diablo me entusiasmaron y él se dio cuenta porque a
continuación me dijo: “Anímate, hermanito, si tú me autorizas yo hablo de ti con
las personas que definen estos asuntos y si mi sugerencia es aceptada,
inmediatamente te haces teñir tus cabellos, te mandas a hacer un estiramiento
general de piel en todo el cuerpo, te haces colocar lentes de contacto, saludas
y abrazas a todos en las calles, y nos lanzamos nuevamente al cabaré. Yo te
regalaré un kilo de viagra y en diciembre volverás a ser diputado o serás
senador”.
Ese momento, ingresó a mi escritorio mi mujer, que había escuchado al diablo en
toda su perorata y lo sacó a escobazos de mi casa, malogrando tal vez mi futuro
político.