Huaylla, 14 de julio de 1982: El último pueblito que
tiene Bolivia en su frontera con Chile tembló una sola vez y el ruido
desconocido dejó a Rubén Ayca Rivera (12) sin una pierna y a su hermano Jonás
(9), con el ojo izquierdo fuera de su sitio.
Minutos antes habían encontraron un cable que salía de la tierra, cavaron y
descubrieron once bolitas de acero, las sacaron y se fueron a jugar.
Decidieron repartirse el hallazgo, Jonás mordió el cable con los dientes y
desde entonces todo cambió.
“Sonó algo muy fuerte. La tierra se abrió y yo quedé metido en un hueco, me
paré, di cinco pasos y me caí. Mi piernita todavía estaba en su sitio, pero
llena de sangre”, dice Rubén, que actualmente vive en La Paz y cuenta con 35
años de edad.
Jonás ahora tiene 32 años y vive en Laqueca, a 25 minutos de Huaylla, más
adentro del territorio Boliviano. Ahí es profesor de 14 niños a los que mira a
través de unas gafas oscuras. “Lo del estallido de la mina ya pasó. No quiero
hablar de eso, en su momento pudieron ayudarme, ahora ya es tarde”, dice y se
mete a su curso para enseñarles a sus ‘niños’ cómo se saca el mínimo común
múltiplo.
En Huaylla queda la casita de piedra caliza donde aún viven los padres de
Rubén y Jonás: Lorenzo y Primitiva. También permanecen las colinas milenarias,
el salar de Coipasa, el hito 35 y el campo minado que guarda un silencio
sepulcral en el lado chileno.
“Hace años, yo vi llegar gritando a Jonás, con la cara ensangrentada. Me llevó
donde había estallado la mina y traje a mi hijito Rubén en carretilla”, cuenta
la madre de las víctimas, Primitiva Rivera, que ya encorvadita por sus casi 80
años de vida, dice que sigue mirando con rabia el campo minado que permanece a
300 metros de su humilde morada.
“Yo les dije que no se acerquen por ese lado, pero aquel día me descuidé. Los
mandé a buscar leña y mis guaguitas se fueron a hurgar la tierra prohibida”,
reniega don Lorenzo, de 78 años. Pero Rubén se encargó de que Jonás y sus
padres no odien a Chile. Hasta sus 15 años caminó con muletas. En La Paz le
pusieron una pierna artificial y después se dedicó a estudiar prótesis durante
cuatro años, ayudado por gente de la Iglesia católica y por una de sus
hermanas. Ahora, Rubén es un protesista profesional. Tiene su taller en la
ciudad de La Paz y una sucursal en Oruro. “La vida me ha dado una oportunidad
más para disfrutarla ayudando a las personas”, dice sentado en su consultorio
donde recibe a los que requieren de sus servicios. “Después de hablar conmigo
salen revitalizados, entienden que con perder una pierna o un brazo no se les
acaba la vida”. Rubén da empleo en su taller a ocho personas discapacitadas
porque dice que para ellas es más difícil encontrar trabajo.
“Rubén ahora se hace su pierna él solito”, dice Erasmo, el hermano mayor de
Rubén, que sin quererlo recibió bendiciones después de la tragedia. “El
Regimiento Mejillones me nombró encargado vigilante de los hitos 33, 34, 35 y
36. “Después de la desgracia viene la suerte”, dice Erasmo, que aún no olvidó
aquel ruido desconocido que invadió Huaylla en 1982.
Zonas Minadas: Bolivia tiene
que registrar a sus víctimas
Las autoridades
bolivianas no saben cuántos compatriotas fueron presas de las minas
antipersonas y antitanques que duermen en la frontera con Chile. Más bien, es
el país vecino el que estima que son seis los bolivianos que pisaron la tierra
plagada de explosivos y las hicieron estallar. El director del Centro de
Información en Zonas Minadas, Elir Rojas, pidió a Bolivia ejecutar un programa
para registrar a todas las personas víctimas de esos explosivos. En el
Ministerio de Defensa lamentan las desgracias acontecidas, pero dicen que es
un poco difícil saber el número de los damnificados porque no todos denuncian
sus tragedias y muchos creen que el estallido fue la expresión de furia de la
tierra.