Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, domingo 24, julio de 2005
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Lo que queda después de la furia de una explosión Inocentes. Dos bolivianos recuerdan el ‘maldito’ día en que un artefacto desconocido les cambió el destino. No hay cifras que revelen el número real de víctimas. Desde Chile también cuentan sus dramas

Víctima. Rubén quedó sin pierna izquierda a los 12 años. Hoy es ortopedista

Huaylla, 14 de julio de 1982: El último pueblito que tiene Bolivia en su frontera con Chile tembló una sola vez y el ruido desconocido dejó a Rubén Ayca Rivera (12) sin una pierna y a su hermano Jonás (9), con el ojo izquierdo fuera de su sitio.
Minutos antes habían encontraron un cable que salía de la tierra, cavaron y descubrieron once bolitas de acero, las sacaron y se fueron a jugar. Decidieron repartirse el hallazgo, Jonás mordió el cable con los dientes y desde entonces todo cambió.
“Sonó algo muy fuerte. La tierra se abrió y yo quedé metido en un hueco, me paré, di cinco pasos y me caí. Mi piernita todavía estaba en su sitio, pero llena de sangre”, dice Rubén, que actualmente vive en La Paz y cuenta con 35 años de edad.
Jonás ahora tiene 32 años y vive en Laqueca, a 25 minutos de Huaylla, más adentro del territorio Boliviano. Ahí es profesor de 14 niños a los que mira a través de unas gafas oscuras. “Lo del estallido de la mina ya pasó. No quiero hablar de eso, en su momento pudieron ayudarme, ahora ya es tarde”, dice y se mete a su curso para enseñarles a sus ‘niños’ cómo se saca el mínimo común múltiplo.
En Huaylla queda la casita de piedra caliza donde aún viven los padres de Rubén y Jonás: Lorenzo y Primitiva. También permanecen las colinas milenarias, el salar de Coipasa, el hito 35 y el campo minado que guarda un silencio sepulcral en el lado chileno.
“Hace años, yo vi llegar gritando a Jonás, con la cara ensangrentada. Me llevó donde había estallado la mina y traje a mi hijito Rubén en carretilla”, cuenta la madre de las víctimas, Primitiva Rivera, que ya encorvadita por sus casi 80 años de vida, dice que sigue mirando con rabia el campo minado que permanece a 300 metros de su humilde morada.
“Yo les dije que no se acerquen por ese lado, pero aquel día me descuidé. Los mandé a buscar leña y mis guaguitas se fueron a hurgar la tierra prohibida”, reniega don Lorenzo, de 78 años. Pero Rubén se encargó de que Jonás y sus padres no odien a Chile. Hasta sus 15 años caminó con muletas. En La Paz le pusieron una pierna artificial y después se dedicó a estudiar prótesis durante cuatro años, ayudado por gente de la Iglesia católica y por una de sus hermanas. Ahora, Rubén es un protesista profesional. Tiene su taller en la ciudad de La Paz y una sucursal en Oruro. “La vida me ha dado una oportunidad más para disfrutarla ayudando a las personas”, dice sentado en su consultorio donde recibe a los que requieren de sus servicios. “Después de hablar conmigo salen revitalizados, entienden que con perder una pierna o un brazo no se les acaba la vida”. Rubén da empleo en su taller a ocho personas discapacitadas porque dice que para ellas es más difícil encontrar trabajo.
“Rubén ahora se hace su pierna él solito”, dice Erasmo, el hermano mayor de Rubén, que sin quererlo recibió bendiciones después de la tragedia. “El Regimiento Mejillones me nombró encargado vigilante de los hitos 33, 34, 35 y 36. “Después de la desgracia viene la suerte”, dice Erasmo, que aún no olvidó aquel ruido desconocido que invadió Huaylla en 1982.

Zonas Minadas: Bolivia tiene
que registrar a sus víctimas

Las autoridades bolivianas no saben cuántos compatriotas fueron presas de las minas antipersonas y antitanques que duermen en la frontera con Chile. Más bien, es el país vecino el que estima que son seis los bolivianos que pisaron la tierra plagada de explosivos y las hicieron estallar. El director del Centro de Información en Zonas Minadas, Elir Rojas, pidió a Bolivia ejecutar un programa para registrar a todas las personas víctimas de esos explosivos. En el Ministerio de Defensa lamentan las desgracias acontecidas, pero dicen que es un poco difícil saber el número de los damnificados porque no todos denuncian sus tragedias y muchos creen que el estallido fue la expresión de furia de la tierra.