Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, lunes 18, julio de 2005
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Caprichos del transporte público
Desde esta misma columna editorial más de una vez hicimos observaciones con respecto a la abusiva ocupación de los espacios públicos con diversos fines, principalmente el de ganarse el pan de cada día y progresar en lo económico, derechos que nadie en su sano juicio puede discutir y menos negar pero que debe usárselos con prudencia y sobre todo respetando a las personas y a la ciudad, de lo contrario se incomoda, se molesta, se originan situaciones peligrosas, surge la beligerancia, se daña el ornato, en pocas palabras sobreviene el caos total.
Esto es lo que ha venido ocurriendo en Santa Cruz de la Sierra desde hace más de cuatro décadas, cuando empezó a poblarse y a crecer de manera desordenada y sin regirse a ningún plan, sin que aparezca una autoridad que ponga las cosas en su lugar -salvada alguna que otra excepción-, más bien con la anuencia de ellas después de un “arreglo” conveniente -la corrupción en escena-, circunstancia aprovechada por los nuevos vecinos para avasallar y hacer sus caprichos. Por eso surgieron y siguen surgiendo millares de los llamados gremiales que no han dudado en copar calles, aceras, avenidas, plazas y parques, además de los mercados, donde se acomodan como mejor les parece y sin respetar las normas, construyendo centros comerciales similares donde les viene en gana, sin que tampoco haya poder humano que lo impida, de ahí que la capital cruceña está convertida en un inmenso mercado persa.
Por eso brotaron como hongos las urbanizaciones que hacen crecer la urbe a lo ancho y a lo largo -no para arriba como en otras naciones porque es más rentable la venta de lotes y de viviendas que apenas disponen de un cuarto-, llegando al extremo de ofrecer planes habitacionales en cercanías del vertedero, para que de inmediato surja otro problema por la contaminación y las enfermedades que padecen los habitantes en semejante lugar.
Y por eso -es decir porque cada quien hace lo que le da la santa gana y no hay autoridad que imponga criterios técnicos y humanos-, ahora el de por sí complicado servicio de transporte público continúa a toda mecha su marcha hacia las situaciones conflictivas, para hacer más caótico el tráfico de motorizados, creando a gusto y sabor más líneas que cubrirán determinados trayectos, sin excluir los que conectan con poblaciones provinciales.
En ciudades de naciones vecinas y lejanas las reparticiones municipales disponen de oficinas cuyos expertos en urbanismo y transporte están estudiando minuciosamente las vías para una más fluida circulación, las horas de carga y descarga de mercaderías, los sitios de parada de microbuses, etcétera. Deciden y comunican y todos obedecen, no hay lugar a reuniones para “consensuar”, ni siquiera reclamos. Sencillamente se impone la racionalidad, por eso el tráfico vehicular es llevadero, no insufrible como acontece en la capital del oriente boliviano y en sus alrededores.
Con lo dicho no insinuamos que se ignore -lo remarcamos- el derecho al trabajo, y tampoco olvidamos que el monopolio está prohibido por ley, en consecuencia un ciudadano podrá “plantar” una tienda de ropa junto a otra igual, una persona podrá establecer su restaurante al lado de un similar, un industrial hará cosa parecida y así sucesivamente, en locales propios o alquilados que no se convierten en molestias para el público, que no afean la urbe, al contrario, que contribuyen al ornato. Pero copar espacios públicos, invadir la propiedad privada, saturar las calles, avenidas y carreteras, crear líneas y establecer recorridos con o sin aprobación de la Alcaldía es, lisa y llanamente, darle alas a la idea de que en esta colectividad todo es posible, donde cada cual hace lo que le place porque aún estamos regidos por la ley de la selva. Ya está de buen tamaño este extremo, las autoridades competentes tienen que actuar sin más trámites.
Palabras para escapar de la realidad
Juan Carlos Rivero
Decirles que hoy he querido escribir como a veces se habla y se escribe en los medios de comunicación. Usando palabras sofisticadas, rebuscadas y poco naturales, propias de ciertos comunicadores, quisiera alejarme del pretencioso oficio de escribir columnas que tratan de arreglar la ‘realidad’ del país.
El párrafo anterior, por ejemplo, empieza con una frase que parece sacada de las viejas películas de cowboys, pero en realidad, ese estilo apache proviene de programas radiales y televisivos del presente. Ciertos locutores han debido aprender que en periodismo se evita hablar en primera persona y ellos se tomaron muy a pecho el consejo. Por eso, en lugar de decir ‘quiero decirles que...’, empiezan diciendo ‘decirles que...’.
Los correctores de estilo también han sugerido que se empleen los sinónimos para no tener que repetir una palabra frecuentemente. De este modo, el lenguaje adquiere matices interesantes, pero se corre el riesgo de parecer un esnob.
Una de las palabras que más se tendría que repetir—por ser bonita, corta y la más apropiada en la mayoría de los casos—es la palabra ‘dijo’. Muchos periodistas ya ni usan esta sencilla y elegante conjugación del verbo decir; de ahí, las sustituciones rebuscadas. Imagínese, estimado lector, si su señora madre llegara del médico y dijera: “El doctor manifestó que tengo que ponerme esta pomada. Expresó que me puede causar un poquito de escozor, pero señaló que ese efecto sólo dura cinco minutos. Luego acotó que no me olvide de lavarme con agua tibia”. Estoy seguro de que ella hubiera dicho ‘dijo’ en todos los casos.
Los sinónimos en las páginas y programas deportivos ya parecen de otro planeta. Si usted lee o escucha: “El equipo refinero se alzó con la victoria como consecuencia de un bombazo ejecutado por el jugador que tiene apodo de ave carroñera, que infló los piolines”, la traducción a idioma terrícola sería simplemente: “Oriente ganó gracias a un golazo de Sucha Suárez”.
Podría mencionar miles de ejemplos en los que las palabras acartonadas y rebuscadas han remplazado a las de uso cotidiano. No se extrañe si encuentra una crónica como ésta: “El nosocomio (hospital) no tenía el líquido elemento (agua) para suministrarle (darle de beber) a la víctima que presentaba contusiones (moretes) en las pompis (nalgas)”. O esta otra: “La autoridad (el intendente) aseveró (dijo) que habrá un reajuste en la estructura de costos para el producto de primera necesidad (que subirá el precio del pan).
Tal vez esta columna no haya estado imperdible de principio a fin, pero si usted llegó hasta acá, espero que las palabras esnobistas e irreales le hayan ayudado a escapar de la realidad, algo que a nadie le hace mal de vez en cuando.