Con el tole tole aquel de que todo el mundo tiene derecho a
ganarse la vida, el quehacer urbano, no sólo aquí sino también en todas las
ciudades de Bolivia, especialmente las más pobladas, se ha convertido en una
muestra variopinta de la informalidad.
Gente de extracción popular, en su gran mayoría niños, congestiona las vías
públicas, desempeñando “trabajos”, así entre comillas, diversos a la par de
originales. Allí están, intercalados peligrosamente en el denso tráfico
vehicular, los que limpian parabrisas de vehículos motorizados, los que hacen
malabares con pequeñas pelotas, los que venden refrescos, comestibles y tantas
otras chucherías, y están, asimismo, los que piden limosna tendiendo sucias y
temblorosas manos o mostrando diversas formas de incapacidad física parcial o
total.
Aunque trabajan en mayor escala, no se puede ignorar, a la hora de examinar el
tema de la informalidad, a ese mundillo abigarrado de los comerciantes
ambulantes, que hacen negocios desde con aparatos electrónicos, hasta bolígrafos
y otras menudencias. Aunque este sector se desplaza dentro de los márgenes de un
negocio aparentemente respetable, su carácter de informalidad no se lo puede
disimular.
Pero volvamos al nivel de los informales callejeros menores, de los
limpiaparabrisas hasta los aprendices de malabaristas. Y en primer lugar
anotemos que no todos los que sobreviven en este nivel son niños. Los hay
también adultos y casi por igual, hombres y mujeres. Las calles y las avenidas
de nuestras ciudades, copadas por esta gente, les confieren al medio en que
operan, una fisonomía diferente que, por supuesto, nada tiene de agradable.
Pero aparte del deterioro que le provocan al sector urbano, demandan del
transeúnte ocasional un presupuesto expreso. Casi que se ha convertido en una
obligación aquellos de llevar moneda fraccionada en los bolsillos para retribuir
a la multitud de limpia parabrisas y de aprendices de malabaristas que salen al
paso, convirtiendo en obligatorios virtualmente sus servicios.
Moneda fraccionada es preciso tener siempre a mano en cada luz roja de los
semáforos para “pagar” a los limpiadores y a los aprendices de malabaristas que,
como ya está expresado más arriba, hoy por hoy constituyen una legión.
La crisis económica afecta a todo el mundo aunque ciertamente de diversa manera.
Estando así las cosas, no deja de ser una muy seria desconsideración aquello de
permitir, de tolerar la informalidad, obligando a que la pague el ciudadano de
la calle. Algo tendrá que hacerse sobre el particular.
Pero hay algo más que se puede añadir al respecto. Ese abigarrado grupo de
informales está haciéndose la idea de que ganarse la vida es cosa muy sencilla,
muy liviana, no demanda mucho ni poco esfuerzo, todo es cuestión, apenas, de
aguzar la picardía, de tener el coraje de imponer un presunto oficio, pese a que
nadie lo ha reclamado. Sin duda es pernicioso aquello de pensar, de llegar a la
creencia, de que ganarse la vida es juego de niños.
El ciudadano corriente también necesita de alguien que vele por su economía que
ya es maltrecha, que ya es quebradiza, lo menos que se puede decir. No se puede
dejar librado a que se haga cargo de la informalidad que se ha vuelto tan
numerosa y tan apremiante.
Jardines tropicales
Oso Molino * ®® Sonría Plis
Dentro de la producción literaria de Sergio Almaraz, hay una
descripción de lo que son los panteones de los mineros. Una siniestra y
tenebrosa verdad a cuatro mil metros sobre el nivel de toda imaginación. Un
paisaje donde sólo el viento y la tristeza son las pinceladas de un horizonte
lleno de nada.
En cambio, en Santa Cruz, con mucho color y desenfrenado entusiasmo, están los
jardines de la ciudad. Son los cementerios del ornato. El Carnaval irresponsable
propiciado por la comparsa de los ediles. Por más tropical que sea la capital
oriental, no puede tener, en vez de jardines, montes y matorrales. Por todas
partes. Como si las autoridades no existieran o, lo peor, no les interesara un
corcho.
Si los jardines hablaran, quisieran ser autónomos de la autonomía municipal,
para aliarse aunque sea con el Mallku si es que viene con una podadora o un
azadón que los haga presentables.
Si la naturaleza pudiera, con seguridad que se afeitaría sola, pero los jardines
de la ciudad de Santa Cruz son como los hippies de la naturaleza. Con mechones
desgreñados, malolientes, descuidados, que sirven de lecho para hacer el amor,
de guarida para los pitilleros o de baño público para los apurados.
Como no hay presupuesto para las grandes obras, por lo menos iba a cuidar sus
jardines. Unos dirían “sólo son obras de maquillaje”. No importa, pero algo es
algo. No debe costar mucho darnos el privilegio de sentirnos parte de un mosaico
ciudadano, que muestre su belleza exótica, que viene a ser algo así como el
escote de damas con protuberancias naturales o rellenadas con silicona.
Sin embargo, he visto que algo ya están haciendo, al menos en mi barrio. Han
lanzado a la calle, caballos, vacas y, a veces, hasta ovejas, para que puedan
pastar y así recortar el césped.
Para mandar fotografías a mis amigos que viven en el exterior nos vamos con mi
familia al jardín público que sostiene Mainter, con la esperanza de que algún
día tengamos en todos los barrios jardines tan bien cuidados como ese pequeño
muestrario.
Si le preguntáramos a Percy por qué está así la ciudad, nos diría: “Si a La Paz
se le teme por el nivel de altura en el que fue fundado, a nosotros nos temerán
por la altura del pasto de nuestras plazas y parques”.
* Botánico y urbanista que cosecha nostalgias más verdes que los pastos y más
caóticos que la city misma.
osomier@hotmail.com