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EDITORIAL

Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Martes 29, Marzo de 2005  

>>    La nueva ciudad

Sólo en la memoria de los nostálgicos sobreviven algunas estampas relacionadas con la Santa Cruz de la Sierra de antaño. Y al hablar de aquella ciudad de antaño nos remontamos no a siglos, a lo sumo a cincuenta o sesenta años, tiempo que estimamos realmente breve si se toma en cuenta los tremendos cambios que, en todo sentido, en lo humano y en lo físico, se han operado, tal vez para bien, tal vez para mal. Todo depende del cristal a través del cual se miren las cosas.
La vieja ciudad, para empezar, vivía abrumada por la modorra del olvido. Privada hasta de básicos servicios, mientras en las capitales de la parte alta del país se contaba con agua abundante, luz eléctrica, pavimento, alcantarilla, teléfonos automáticos y otros elementos modernos del progreso, aquí chapoteábamos en el barro o nos ahogábamos en los arenales y de energía eléctrica o de telecomunicaciones estábamos sencillamente en cero.
Pero aquella modorra del olvido mantuvo a nuestra comunidad hermanada, integrada en una familia unida por profundos y leales afectos. Nos conocíamos todos, nos tendíamos las manos de canchón a canchón y eran comunes nuestras alegrías y también nuestras penas. Al repique de las viejas campanas de la Catedral, nos congregábamos en nuestra Plaza Mayor dispuestos para salir por los fueros de la paz, del orden, de la convivencia fraterna.
Sin que llegáramos a sentirlo siquiera, poco a poco aquellos hábitos tan humanos se fueron modificando. Creció la ciudad en todas direcciones, surgieron poblados heterogéneos mucho más allá de lo que racionalmente se podía imaginar. Gracias al esfuerzo de pioneros, a quienes se debe aún el reconocimiento público, fueron estructurados los servicios básicos de agua, luz, alcantarillado, pavimento y teléfonos automáticos. La modernización de la ciudad, la introducción de estos elementos que hicieron posible el bienestar y el confort, trajo aparejada una migración que multiplicó varias veces el espectro demográfico, tan diverso a la par de denso.
Por la fuerza de las circunstancias, se perdió la noción de la vida en familia porque si bien se dio una saludable integración en diversos niveles sociales, se desarrolló de tal manera el capital humano que dejamos de ser conocidos unos de otros, de tratarnos como familia precisamente, tal como había sucedido hasta pocos años atrás.
Empezó a surgir la nueva ciudad, no con muchos cambios afortunadamente en especial dentro del casco viejo donde, con lamentables excepciones, se mantuvo el estilo arquitectónico del tiempo pasado, lo que no se logró empero, del otro lado del segundo anillo de circunvalación. La nueva ciudad, sin definir que mejor o peor que la vieja, adoptó sus propias características, muchas de ellas copiadas de las que trajeron las corrientes migratorias, y otras creadas a título de modernidad y de desarrollo por la propia gente del lugar.
Consecuencia, asimismo, del cambio experimentado en los últimos tiempos, y esto es lo realmente grave, es el clima de inseguridad en que estamos sobreviviendo, agravado por una intemperancia que parece habernos contaminado a todos por igual. Inseguridad e intemperancia están haciendo peligrar la supervivencia en esta parte de nuestro país que siempre se distinguió por acogedora, por hospitalaria, por pacífica, por segura. ¿Es acaso este el precio tan elevado que tienen que pagar los pueblos por incorporarse en los cauces del desarrollo?


El pueblo debe defender su plata que maneja la alcaldía

Marcelo Rivero

A fines de la semana pasada EL DEBER dio a conocer la novedad de que la alcaldía enfrenta un juicio de la empresa Autopark (que debía encargarse del cobro por parqueo de vehículos en el centro de la ciudad y también de las multas a los choferes infractores de las reglas), que le exige el pago de casi ocho millones de dólares por presuntos daños. Según la información y las explicaciones de ex autoridades y concejales -conocedores además de los entretelones comunales-, se trata de una avivada de los dueños de dicha empresa, también propietarios de Clisa de tan triste memoria. (Triste porque fuera del negociado que supuso la transacción y de su pésimo trabajo de aseo urbano, pagaba sueldos miserables a sus obreros, les quedaba debiendo y no les proporcionaba la indumentaria ni las condiciones apropiadas para una labor tan delicada, de ahí las huelgas que éstos vivían haciendo).
Pues bien, esta otra funesta herencia de la administración edilicia de Johnny Fernández está en proceso, por ahí leí que sometida a juicio arbitral, es motivo de negociación y no sé qué otras vainas, pero lo evidente es que Autopark nunca realizó su labor por diversos motivos, entre ellos porque la policía se opuso argumentando que le estaban usurpando una de sus atribuciones. Reymi Ferreira, concejal de aquel entonces, dijo que “fue un negociado más de la época de Johnny Fernández, por eso el Concejo no aprobó ni homologó el contrato”.
Cómo serán de joichis esos tipos de Autopark que su gerente administrativo en esos tiempos, el actual oficial mayor de Desarrollo Territorial, les metió pleito porque no le pagaban sus sueldos. ¡Qué iban a pagar si no tenían ni capital!
Pero así se hubiese firmado el contrato, así lo hubiera aprobado el Concejo Municipal y aunque se diga que cuenta con la homologación de Dios nuestro Señor, lo indiscutible, cabe reiterarlo, es que la empresa Autopark jamás hizo el trabajo supuestamente convenido. No dejaría de ser razonable que reclame unos 50 mil pesos para abonar el sueldo de su gerente y de algún otro empleado, por si acaso compró una computadora y para los refrescos y cafecitos de ley. Pero que salga con el despropósito de reclamar casi ocho millones de dólares es como para correrla con el cola ‘e peji por intentar aprovecharse.
Nuestra alcaldía no tiene un cobre y está endeudada hasta los pelos. Lo que recauda no le alcanza ni para dotar de aspirinas a los hospitales ni para las tizas de las escuelas. Además la plata que maneja es del pueblo y el pueblo de una vez por todas debe intervenir para que nadie -menos si es extranjero-, pretenda apropiarse de lo poco que posee. Así lo dictaminen unos árbitros y así lo apruebe Dios nuestro Señor.

 

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