Sólo en la memoria de los nostálgicos sobreviven algunas
estampas relacionadas con la Santa Cruz de la Sierra de antaño. Y al hablar de
aquella ciudad de antaño nos remontamos no a siglos, a lo sumo a cincuenta o
sesenta años, tiempo que estimamos realmente breve si se toma en cuenta los
tremendos cambios que, en todo sentido, en lo humano y en lo físico, se han
operado, tal vez para bien, tal vez para mal. Todo depende del cristal a través
del cual se miren las cosas.
La vieja ciudad, para empezar, vivía abrumada por la modorra del olvido. Privada
hasta de básicos servicios, mientras en las capitales de la parte alta del país
se contaba con agua abundante, luz eléctrica, pavimento, alcantarilla, teléfonos
automáticos y otros elementos modernos del progreso, aquí chapoteábamos en el
barro o nos ahogábamos en los arenales y de energía eléctrica o de
telecomunicaciones estábamos sencillamente en cero.
Pero aquella modorra del olvido mantuvo a nuestra comunidad hermanada, integrada
en una familia unida por profundos y leales afectos. Nos conocíamos todos, nos
tendíamos las manos de canchón a canchón y eran comunes nuestras alegrías y
también nuestras penas. Al repique de las viejas campanas de la Catedral, nos
congregábamos en nuestra Plaza Mayor dispuestos para salir por los fueros de la
paz, del orden, de la convivencia fraterna.
Sin que llegáramos a sentirlo siquiera, poco a poco aquellos hábitos tan humanos
se fueron modificando. Creció la ciudad en todas direcciones, surgieron poblados
heterogéneos mucho más allá de lo que racionalmente se podía imaginar. Gracias
al esfuerzo de pioneros, a quienes se debe aún el reconocimiento público, fueron
estructurados los servicios básicos de agua, luz, alcantarillado, pavimento y
teléfonos automáticos. La modernización de la ciudad, la introducción de estos
elementos que hicieron posible el bienestar y el confort, trajo aparejada una
migración que multiplicó varias veces el espectro demográfico, tan diverso a la
par de denso.
Por la fuerza de las circunstancias, se perdió la noción de la vida en familia
porque si bien se dio una saludable integración en diversos niveles sociales, se
desarrolló de tal manera el capital humano que dejamos de ser conocidos unos de
otros, de tratarnos como familia precisamente, tal como había sucedido hasta
pocos años atrás.
Empezó a surgir la nueva ciudad, no con muchos cambios afortunadamente en
especial dentro del casco viejo donde, con lamentables excepciones, se mantuvo
el estilo arquitectónico del tiempo pasado, lo que no se logró empero, del otro
lado del segundo anillo de circunvalación. La nueva ciudad, sin definir que
mejor o peor que la vieja, adoptó sus propias características, muchas de ellas
copiadas de las que trajeron las corrientes migratorias, y otras creadas a
título de modernidad y de desarrollo por la propia gente del lugar.
Consecuencia, asimismo, del cambio experimentado en los últimos tiempos, y esto
es lo realmente grave, es el clima de inseguridad en que estamos sobreviviendo,
agravado por una intemperancia que parece habernos contaminado a todos por
igual. Inseguridad e intemperancia están haciendo peligrar la supervivencia en
esta parte de nuestro país que siempre se distinguió por acogedora, por
hospitalaria, por pacífica, por segura. ¿Es acaso este el precio tan elevado que
tienen que pagar los pueblos por incorporarse en los cauces del desarrollo?
El pueblo debe defender su
plata que maneja la alcaldía
Marcelo Rivero
A fines de la semana pasada EL DEBER dio a conocer la novedad
de que la alcaldía enfrenta un juicio de la empresa Autopark (que debía
encargarse del cobro por parqueo de vehículos en el centro de la ciudad y
también de las multas a los choferes infractores de las reglas), que le exige el
pago de casi ocho millones de dólares por presuntos daños. Según la información
y las explicaciones de ex autoridades y concejales -conocedores además de los
entretelones comunales-, se trata de una avivada de los dueños de dicha empresa,
también propietarios de Clisa de tan triste memoria. (Triste porque fuera del
negociado que supuso la transacción y de su pésimo trabajo de aseo urbano,
pagaba sueldos miserables a sus obreros, les quedaba debiendo y no les
proporcionaba la indumentaria ni las condiciones apropiadas para una labor tan
delicada, de ahí las huelgas que éstos vivían haciendo).
Pues bien, esta otra funesta herencia de la administración edilicia de Johnny
Fernández está en proceso, por ahí leí que sometida a juicio arbitral, es motivo
de negociación y no sé qué otras vainas, pero lo evidente es que Autopark nunca
realizó su labor por diversos motivos, entre ellos porque la policía se opuso
argumentando que le estaban usurpando una de sus atribuciones. Reymi Ferreira,
concejal de aquel entonces, dijo que “fue un negociado más de la época de Johnny
Fernández, por eso el Concejo no aprobó ni homologó el contrato”.
Cómo serán de joichis esos tipos de Autopark que su gerente administrativo en
esos tiempos, el actual oficial mayor de Desarrollo Territorial, les metió
pleito porque no le pagaban sus sueldos. ¡Qué iban a pagar si no tenían ni
capital!
Pero así se hubiese firmado el contrato, así lo hubiera aprobado el Concejo
Municipal y aunque se diga que cuenta con la homologación de Dios nuestro Señor,
lo indiscutible, cabe reiterarlo, es que la empresa Autopark jamás hizo el
trabajo supuestamente convenido. No dejaría de ser razonable que reclame unos 50
mil pesos para abonar el sueldo de su gerente y de algún otro empleado, por si
acaso compró una computadora y para los refrescos y cafecitos de ley. Pero que
salga con el despropósito de reclamar casi ocho millones de dólares es como para
correrla con el cola ‘e peji por intentar aprovecharse.
Nuestra alcaldía no tiene un cobre y está endeudada hasta los pelos. Lo que
recauda no le alcanza ni para dotar de aspirinas a los hospitales ni para las
tizas de las escuelas. Además la plata que maneja es del pueblo y el pueblo de
una vez por todas debe intervenir para que nadie -menos si es extranjero-,
pretenda apropiarse de lo poco que posee. Así lo dictaminen unos árbitros y así
lo apruebe Dios nuestro Señor.