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Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Lunes 28, Marzo de 2005

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Federico Escobar Álvarez

El mundo entero y nuestro país en particular vivieron cuatro días intensos de reflexión y análisis de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, salvador y líder por excelencia de la humanidad, sin hacer distinciones de ninguna clase. La Semana Grande para los cristianos tiene un impacto propio en toda la gente por muy sin Dios que se consideren algunos. La muerte nos enfrenta, tarde o temprano, a todos con nuestro destino; pero no nos quedamos en la simple soledad que implica, sino que trascendemos. En Cristo vencemos a la misma muerte, es decir que morimos para vivir.
Fueron cuatro días para encontrarnos con nosotros mismos y con nuestros semejantes en una nueva dimensión, más allá de los bloqueos y la falta de diálogo. Las manifestaciones vividas en muchos puntos reunieron a gran cantidad de personas, desde el más humilde y pobre hasta autoridades, juntando en un solo anhelo a gente acomodada o no. Unos y otros buscamos la reconciliación con Dios, con nuestros semejantes y con la naturaleza. Tenemos el deber de mostrar, dar testimonio de la Resurrección de Cristo a los demás, manifestar que estamos liberados de la esclavitud del pecado, tratando de implantar un Reino de Paz y Justicia, empezando en nuestras familias y terminando en el contexto local y nacional. Con autonomía o sin ella nuestro trabajo prioritario deberá ser la justicia y la búsqueda del respeto a la dignidad de las personas. Cuatro días en los que sentimos la intención de Dios para liberarnos de la esclavitud en la que nos coloca el egoísmo, la mentira y la ambición política o económica, lo cual repercute en nuestra sociedad cargada de acciones que sólo perjudican a nuestros semejantes. También sirvió para mostrarnos, a propios y a los que no comulgan con nuestras creencias, la verdadera función de un líder que es el de ‘dar la vida’ por sus representados o amigos y no para escalar a sitios desde los que sirven a intereses particulares y no a la sociedad. Es una invitación para elaborar leyes tomando en cuenta el clamor de la gente, mejorando las relaciones entre nosotros y no para ‘beneficiar’ a ciertas minorías cargadas de ambigüedades. Es necesario aceptar la invitación que tenemos para ser renovados en Cristo y servir de una mejor manera, sin perjudicar a terceros, que tal vez nada tengan que ver en el conflicto. Somos hechos nuevos por nuestra conversión interior, y nuestras acciones deben ser el reflejo de la transformación de nuestros espíritus, alejadas del bloqueo, con aportes adecuados a la realidad que vivimos, sin dejarnos engañar por las medias verdades que nos esgrimen, con lindos argumentos, pero que en la práctica no llevan más que al caos y la incertidumbre; depende de cada uno de nosotros el destino de nuestra patria, grande o chica.
Los líderes tienen mucho que aprender de Cristo, su actitud de servicio, protegiendo a los suyos, sin exponerlos a la acción de los represores de turno. El respeto a las ideas ajenas (separando el problema de la persona). Si no cambiamos nosotros, nada cambiará.

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