Lamento boliviano
Oscar Ortiz Antelo
Bolivia ha vuelto a ser objeto de atención internacional. El Presidente de la
República ha sido por dos semanas consecutivas el protagonista de la semana de
CNN en español. Por fin hicimos algo bien, se preguntará algún despistado. ¡No!,
será la respuesta categórica del coro general; volvimos a ser los de antes, el
país más inestable de Sudamérica. Un país que aún no cuaja. Un país al que le
sobran riquezas naturales, pero cuyos ciudadanos se esfuerzan por arruinarse a
sí mismos.
El título de la canción de un grupo argentino, recientemente de gira por
Bolivia, refleja muy bien la situación de nuestro país, no sólo por el carácter
melancólico del folclore andino, sino, sobre todo, por la inevitable frustración
a la que se llega al analizar la historia de oportunidades perdidas que nos
empeñamos en repetir.
La telenovela, el culebrón o como cada uno quiera denominar a la vergonzosa
situación que vivió Bolivia durante los 15 días que se iniciaron con el anuncio
de la renuncia del Presidente de la República y que continuó con el acuerdo
entre el primer mandatario y el Congreso Nacional, la posterior convocatoria
presidencial de elecciones anticipadas, el rechazo del Congreso a la misma, el
anuncio del presidente Mesa de que a pesar de todas sus amenazas se quedaba en
el Gobierno, ‘por responsabilidad’, aunque no le hubieran dado nada de lo que
pedía, el supuesto intento de cerrar el Congreso al estilo Fujimori y el también
supuesto intento de conformar un gobierno parlamentario, constituyen una
increíble sucesión de absurdos que atentan contra dos décadas de construcción
democrática y nos hacen perder toda respetabilidad internacional.
A este melodrama barato del marzo de 2005 boliviano, aún le falta la aprobación
de una Ley de Hidrocarburos en la Cámara de Senadores, que no sólo nos hará
perder mercados de exportación e inversiones para el desarrollo de nuevos
proyectos que contribuirían a nuestro crecimiento, sino que en el corto plazo
nos llevará a una grave crisis económica generada por un déficit fiscal que no
podrá ser financiado sin ayuda de la comunidad internacional, además del
desabastecimiento interno de los combustibles más elementales, pues los
conflictos con los inversionistas generarán una paralización de las inversiones
que afectará la capacidad de producción interna.
Obviamente, para completar esta tragicomedia no podían faltar los bloqueos de
Evo Morales y su banda al servicio de las ONG, el movimiento bolivariano y el
narcotráfico, que quieren convertir a Bolivia en una República talibán
sudamericana, con la complicidad y la tolerancia de un Gobierno que piensa que
cumplir y hacer cumplir la ley es una opción y no una obligación. Total, quienes
pierden en las carreteras son ciudadanos comunes y no las autoridades que no
sufren directamente estos perjuicios.
Al otro lado de la realidad y simultáneamente, observando la Exposoya, en Cuatro
Cañadas, y la Exponorte, en Montero, es imposible no alegrarse y tener
esperanza, cuando se ve a bolivianos de todo el territorio nacional trabajando
unidos e integrados, construyendo a través del esfuerzo individual y familiar el
progreso colectivo. Una realidad que poco aparece en el debate mediático, pero
que se extiende y se expresa en todas las clases sociales y en todas las
regiones de Bolivia.
Un país, dos realidades. Una gobierna, la otra trabaja. ¿Hasta cuándo?
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