Con no poca pena debemos admitir que Santa Cruz de la Sierra
camina como el cangrejo, es decir para atrás, en materia de estética urbana y de
convivencia en paz. Toda una contradicción puesto que las condiciones que
caracterizan a la urbe grigotana se prestan para que sea atractiva y segura,
donde sus habitantes y sus ocasionales o asiduos visitantes a la hora de
transitar por calles, avenidas y plazas, se sientan complacidos, felices
incluso.
Entre las tantas cosas negativas mencionaremos primero el estado calamitoso en
que se encuentran casi todos los canales de drenaje pluvial -que como en muy
pocas ciudades son a cielo abierto, debido a que no se les hace mantenimiento,
entonces están con la maleza crecida y algunos ya son verdaderos montes. Súmese
el hecho de que gente sin conciencia e ignorante del mal que causa tira a los
canales basuras, porquerías y hasta animales muertos y tendremos un panorama
desolador: desagües obstruidos que al primer aguacero producen inundaciones que
afectan grave y principalmente a los barrios periféricos, además de asquerosos,
despidiendo fétidos olores y que por ello son peligrosos focos de contaminación
y de propagación de enfermedades.
No les van en zaga a los canales las plazas, plazuelas y parques, convertidos en
barbechos, con la hierba cubriéndolo todo, desprovistos de flores, plantas y
otros motivos ornamentales, sin la iluminación necesaria. En época lluviosa que
es cuando la naturaleza se desarrolla más rápidamente, los paseos públicos en
lugar de constituir sitios de sano esparcimiento, de descanso y agradables a la
vista, son inseguros al extremo de que a muchos los califican de “zonas rojas”
porque de la desatención que sufren se aprovechan los antisociales y bebedores
consuetudinarios para merodear por ellos, pernoctar y sentar sus reales. Cita
aparte merecen los drogadictos y “cleferos” que de igual modo se han instalado
en dichos lugares -y en los ya referidos canales-, que ahora tranquilamente los
podemos contar por centenas. Es que el tema de la drogadicción tampoco es
atendido con la urgencia y eficacia que requiere, entonces es natural que siga
su marcha creciente y terriblemente peligrosa.
En esas calles y avenidas y en esas plazas, plazuelas, parques y rotondas, no
podemos dejar de señalar la presencia de individuos de la más variada y
lamentable condición. Chicos y grandes, hombres y mujeres, lugareños, paisanos y
extranjeros, unos y otros oficiando de vendedores ambulantes, de limpiadores de
vidrios y espejos de vehículos, de cuidadores de estos vehículos, de
malabaristas y saltimbanquis, de pordioseros, de charlatanes y hasta de
mensajeros de la paz. Es impresionante y más que impresionante apabullante.
Basta acercarse a una esquina, a una rotonda, a un punto para aparcar el
automotor, para que se abalancen como diciendo “al asalto” esos pobres sujetos,
que Dios sabrá si son pobres de solemnidad o pobres diablos que están sacándonos
de quicio, acabando con la paciencia del mismísimo santo Job y exprimiendo al
máximo aquello de que “es ley del cruceño la hospitalidad”.
No finalizan ahí las desdichas de esta desventurada capital, quedan capítulos a
cual más negativos tales los casos de la inseguridad ciudadana y el caos
vehicular. Tenemos, sin embargo, que volver al comienzo de este comentario
porque dijimos que Santa Cruz de la Sierra dispone de las condiciones para ser
placentera a propios y extraños. Infelizmente no le estamos sacando buen
provecho a la fertilidad de nuestra tierra que puede darnos vergeles, no estamos
imponiendo el orden ni el principio de autoridad, estamos cayendo en una culposa
indiferencia y eludiendo obligaciones. Autoridades y vecinos ya mismo tendríamos
que reaccionar y poner manos a la obra si queremos devolverle sus blasones a la
“amable ciudad vieja”.
Una sonrisa
Tertuliador ®® desde el mojón
de la esquina
¡Cuánto encierra una sonrisa!
¡Qué maravillosa su elocuencia!
Por qué no proclamar admiración por esos profesionales médicos que se ocupan de
restaurar sonrisas malogradas por desgraciados defectos físicos.
Una sonrisa cambia las cosas.
Hasta lo desagradable se disimula cuando una sonrisa aparece de por medio.
Una sonrisa es una luz.
Y no es necesario ser poeta para entenderlo así.
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Poco sonreímos en los tiempos actuales.
Y la escasez de sonrisas nos hace ver más áspera la vida.
Más mustios los caminos por los que nos extraviamos en la lucha de todos los
días por la subsistencia.
La escasez de sonrisas nos aísla.
Nos hace sentirnos más solos.
Nos convierte en extraños dentro de nuestra propia casa.
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Con una sonrisa hacemos más amistades que con el mejor discurso.
Con una sonrisa conseguimos que nos acepten hasta en lugares donde nunca
hubiéramos pensado acceder.
Las voluntades se inclinan con mayor facilidad al conjuro de una sonrisa.
En los días inciertos, en las jornadas tormentosas, la sonrisa es un sol
naciente. .
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La belleza de la mujer, si no está acompañada de una sonrisa, casi que no luce.
Por sí sola, la belleza femenina inspira.
Conduce al éxtasis.
Arranca elogios.
Pero si se da la conjunción de la belleza con la sonrisa, entonces brota la
palabra emocionada.
Entonces el corazón palpita y se deja sentir con fuerza.
Entonces se produce el estallido de los suspiros.
Una sonrisa femenina tiene hasta el repiqueteo de campanitas de oro.
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Es una pena que las sonrisas empiecen a escasear.
Y no se justifica puesto que la sonrisa es un recurso renovable.
Es cuestión de abonarla. De cultivarla todos los días.
La vida nos parecerá siempre menos mala si la encaramos con una sonrisa.
¡Probemos!