Fortaleza, el encierro de los menores peleados con la ley
Recreación. Los menores que están internados en el centro tienen actividades programadas desde las 6:00. El tiempo con el que cuentan, algunos lo utilizan para distraer la mente practicando ajedrez u otros juegos
Christian Peña y Lillo H.
Portón de madera viejo y paredes de ladrillo visto sin pintar.
Cualquier persona que pasa por un inmueble de este tipo, que tiene el aspecto de
una quinta de descanso, no se imaginaría que allí dentro están recluidos más de
una veintena de menores (entre 12 y 16 años) que violaron, fueron utilizados
para llevar droga o atracaron, entre otras infracciones.
Miradas de desconfianza. Eso es lo primero que se siente al ingresar al Hogar
Fortaleza, donde los menores a esa hora (10:00) se preparan para ingresar a una
de sus clases de reeducación. Están un tanto cansados y sudorosos, es debido a
que minutos atrás pasaron un par de horas de actividad física con uno de los
profesores del club Blooming, cuya sede campestre está a pocos metros del
centro.
La edificación comparte ambientes reservados para los cuartos de los internos,
la cocina, los salones de charla, el comedor y las oficinas administrativas,
pero no es suficiente y resulta demasiado pequeña para las actividades que allí
se realizan.
Los muchachos no utilizan uniformes o algún distintivo que los identifique del
resto de los habitantes del lugar. Ellos usan la ropa que sus familiares o
amigos les llevan cada fin de semana, los únicos dos días destinados a las
visitas.
Sin embargo, una particularidad diferencia a los menores que llevan meses o
quizás años en Fortaleza, de aquellos que hace poco fueron derivados allí. Los
nuevos están rapados. Ésa es la primera regla que deben cumplir al momento de
ser recibidos, además de otras normas que están obligados a cumplir.
El día comienza a las 6:00. Aproximadamente una hora después, luego de haberse
aseado, limpiado y acomodado sus cuartos, los muchachos se sientan a desayunar.
Posteriormente, viene el trabajo físico en la cancha de cemento. Luego, las
clases y las terapias se extienden a lo largo del día, impartidas por
profesionales voluntarios y asalariados que buscan reeducar a los menores
recluidos.
“La mejor terapia es mantenerlos ocupados. Todos durante el día tienen algo que
hacer, aunque también hay espacio para el descanso, pero siempre están
trabajando en alguna actividad”, explicó Mario Mazzoleni, administrador de
Fortaleza y agregó:“La confianza en los muchachos es la base para el trabajo con
ellos”.
Es que esta forma de pensar y trabajar ha hecho que algunos menores consigan el
beneficio de salir fuera del centro para pasar clases, asistir a cursos becados
y no sientan tanto el encierro.
Leonardo, nombre ficticio de un menor de 16 años acusado de participar en una
violación, cuenta que ya se acostumbró a las normas del centro y con
tranquilidad aseguró que espera salir pronto para estudiar medicina. “Me tratan
bien y tengo la oportunidad de salir a estudiar fuera”, comentó Leonardo,
sentenciado a un año de reclusión por uno de los juzgados del Menor que atiende
sus caso.
Algo más callado y distraído se mostró Antonio, un muchacho de 15 años que está
hace seis meses en el centro, tras haber sido encontrado por agentes
antinarcóticos intentando transportar droga. Es de Bulo Bulo, no tiene padres y
molesto indicó: “Estoy cansado de estar aquí, quiero volver a trabajar”. Él aún
no tiene sentencia y espera su sanción judicial.
Orlando Padilla / Trabajador Social
Les cuesta adaptarse a las
reglas
Los adolescentes
necesitan bastante atención, cariño, deben sentirse prácticamente aceptados por
la sociedad, porque ellos sienten un rechazo total por parte de ésta. Pero aquí,
en el centro, encuentran personas que están dispuestas a alentarlos, de darles
ese apoyo emocional y psicológico que necesitan. Esto se da por que sabemos que
ellos vienen de una familia totalmente destruida, viven en un completo
hacinamiento y promiscuidad, lo que los lleva, en muchos casos, a cometer cierto
tipo de infracciones, que les han ocasionado los problemas en los que hoy en día
se ven envueltos y se sienten chocados porque están recluidos dentro de cuatro
paredes y no pueden tener libertad.
Por los años de trabajo con ellos he podido comprender los diferentes problemas
y que sí se puede cambiar de mentalidad a un adolescente. Se puede trabajar en
ello y el fruto es que muchos de estos menores están saliendo con becas a pasar
cursos fuera del centro y eso para nosotros es un aliciente y lo que nos impulsa
a seguir trabajando.
El control de ellos se complica un poco en su ingreso, ya que llegan desde la
calle sin ningún tipo de normas, sin conductas, están acostumbrados a hacer lo
que quieren. Pero desde el momento de su ingreso se les explica las normativas
del hogar. Les cuesta mucho adecuarse a las reglas, pero luego de un par de
semanas se adaptan. Estamos haciendo lo que se puede, a pesar de que vemos que
el índice de delincuencia se incrementa. No somos suficientes, se necesita más
profesionales que trabajen con la familia.
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