Me opongo a los excesos
Susana Seleme Antelo
Democráticamente me opongo a todos. A los excesos del ejercicio del poder
estatal, del Gobierno, del Parlamento, de la injusticia, del poder militar o de
las fuerzas del orden. Me opongo a los excesos de poder de cualquier sindicato,
institución gremial o cívica. Me opongo al exceso del bloqueo mental que no
escucha los argumentos ajenos, que los rechaza antes de analizarlos, que los
‘sataniza’ antes de buscar acuerdos, que no cede porque poco importa lo que
piensen los otros y los derechos que les asisten.
Me opongo a los excesos de los partidos políticos, tan dañinos que los ha
arrastrado al descrédito que hoy padecen y que afecta al mismo sistema
democrático. Rumor o no, se habló de cerrar el Congreso, lugar donde están
exiliados de la sociedad y del Gobierno, luchando por la supervivencia sin que
nadie reconozca la necesidad de su existencia. Que se sepa, en democracia no ha
habido movimientos sociales que suplanten a los partidos, pero sí pueden hacerla
trastabillar si aquéllos dejan de ser las correas de transmisión entre la
sociedad y el Estado. Por eso han surgido los indómitos movimientos sociales en
Bolivia, ejemplo para muchos en la región, objeto de alabanzas y financiamientos
en Europa y aquí; trastorno y espanto para otros.
También me opongo a los excesos de instituciones económicas nacionales o
internacionales que siguen entrampadas en la macroeconomía, aunque la realidad
les ha estallado en la cara por sus mezquinos resultados sociales: magra o
negativa distribución de excedentes; de la tierra como factor de producción y de
empleo seguro como medio de reproducción social con dignidad.
Y me opongo al chantaje del Gobierno, de expertos y de empresas petroleras sobre
la Ley de Hidrocarburos. En un tiempo no muy lejano, alguna aceptó los contratos
de riesgo compartido: 50% y 50% . ¿Por qué ahora no, si con las reservas
probadas -y las otras que están con candado, como el campo Incahuasi- se sabe
con certeza la riqueza gasífera de nuestro subsuelo? Por eso me opongo al
egoísmo de lo privado, que en vez de amenazar, bien podría negociar un acuerdo
que favorezca al país, sin que el capital globalizado se ‘empobrezca’ un ápice
porque vaya a dejar de ganar unos miles menos, frente a nuestro pueblo que sí es
pobre de solemnidad.
Me opongo, además, al racismo y a los racistas. Evo Morales tiene muchas sombras
y luces. Ya en 2002 le reconocí desde estas páginas el mérito de haber roto el
apartheid político de los indígenas en Bolivia. Hasta ahora ha sacrificado su
calidad de líder democrático y deliberativo a su práctica sindical irracional
bloqueadora, cercando a todo el país desde Chapare. Pero ello no da licencia
para que sea blanco de un racismo inaceptable, vía Internet o panfletos cuyo
contenido se ceba en denigrar sus características étnico-culturales. Y me opongo
porque el rechazo a Evo y a líderes indígenas es un exceso racista de la peor
especie, camuflado en oposición política.
Me opongo sin concesiones a la ‘telebasura’ o ‘caja sucia’ que atiza en la
programación informativa y segmentos de orden político, los rechazos explícitos
contra el Presidente de la República, otros políticos, líderes cívicos y
sociales. Que le saca lustre a las divergencias políticas, necesarias en
democracia que es consenso y disenso. Que se nutre de sensacionalismo, en un
juego perverso de retroalimentación entre la teleaudiencia, a la que idiotiza, y
el rédito económico. Pero también me opongo a la autopropaganda pública,
oficialista o privada.
Me opongo democráticamente a muchas cosas más que por espacio aquí no caben.
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