Negro. Mucho más negro. Así ven
su futuro los bolivianos que buscaron refugio laboral en Londres. Ellos se
enteraron de que los políticos, para no perder votos en las próximas
elecciones, anunciaron que endurecerán la ‘cacería’ contra los inmigrantes
ilegales.
La última disposición del Gobierno fue la de amenazar con una sanción de
2.000 libras esterlinas (casi $us 4.000), al ciudadano inglés que sea
encontrado dando cobijo a un extranjero indocumentado.
El primer ministro Tony Blair dijo que los británicos son tolerantes a pesar
de que hay una amenaza de los ilegales que abusan de la hospitalidad.
El año pasado, los medios ingleses informaban de que una boliviana se
aprovechó de la solidaridad de ese país. Resulta que la joven nacida en
algún lugar de Santa Cruz, cuando estaba siendo interrogada por un agente de
Migración, se desmayó, presentó síntomas que hicieron pensar que necesitaba
ayuda especializada y la internaron en una sala médica, en el interior del
aeropuerto. De una manera sorprendente, la boliviana burló a las enfermeras
y se escapó. Fue una estrategia para ingresar a Londres.
Frente a los anuncios sobre mayores restricciones migratorias, los
desesperados extranjeros reinventan las técnicas para cruzar la puerta de
Londres. Nadie quiere repetir la amarga experiencia de Pablo Ligerón.
En Santa Cruz, la agencia de viajes le había dicho que todo estaba
planificado para que ingrese a Londres. Lo llevaron por París y cuando le
tocó encarar a los hombres bien vestido de Migración éstos le dijeron que se
reservaban el derecho de admisión. Lo volvieron hasta la frontera imaginaria
de Francia y tomó un bus que lo dejó en las afueras de un París que para
Pablo tenía más sombras que luces.
Con hambre y 500 euros en el bolsillo interno de la chamarra incapaz de
quitarle el frío, caminó 5 Km hasta el hotel Fórmula Uno, el más famoso
entre los ilegales que caen en desgracia. Por 15 euros consiguió una de las
cuatro camas que yacía en un cuarto donde otros hombres y mujeres también
trataban de digerir el ‘NO’ a secas que salió de la boca de algún agente
fornido de Migración. A tres años de aquella desventura, Pablo cuenta esta
historia en uno de los tantos malecones que rodean el río Támesis de
Londres. “Volví a intentarlo hasta que pude entrar”, dice y revela su última
decepción: “Me rompí la cabeza para aprender el inglés. Un amigo peruano,
gracias a que dominaba el idioma, conseguía levantar a hermosas gringuitas.
Yo, hasta ahora nada. Estoy empezando a creer que a las europeas les gustan
los bichos raros”. Se ríe y consigue olvidar la declaratoria de ‘guerra’ que
los políticos le declararon a los ilegales.
No los conocen, pero sí los
necesitan
Mister
Clarke no sabe que su lujosa oficina que mira de frente a la Casa del
Parlamento y al Big Ben, a las cuatro de la mañana está atiborrada de
hombres y mujeres que se desviven por sacar brillo a todo objeto que se
encuentre en la habitación.
Mister Clarke nunca se ha preguntado quién le prepara los sandwich que come
en el bar de la esquina, mientras aprovecha para mirar las pequeñas olas del
río Támesis.
Mister Clarke sólo cree que millones de inmigrantes llegan como moscas de
otros países a beneficiarse de la salud, la educación y de las fuentes de
empleos que son sustentadas con los impuestos que pagan sagradamente los
ciudadanos ingleses.
“Es que muchos hombres y muchas mujeres de Europa están desinformadas”, dice
Rogelia Ardaya, la boliviana que llegó a Londres en la década de los 80 y
que a lo largo de los años acumuló una historia negra. Se casó con un inglés
al que ella mantenía. Trabajaba 16 horas al día y cuando ahorró un buen
capital, el hombre se le fue de los brazos, llevándose su amor y las miles
de libras esterlinas. Ardaya vuelve a decir que muchos ingleses están
desinformados, como sucede con mister Clarke, porque no se dan cuenta que si
se restringe la entrada de inmigrantes no cualificados al Reino Unido, tanto
la agricultura, la industria fabril, la construcción y la limpieza de
oficinas y de casas se quedarían sin trabajadores.
Obligados a cambiarse de
cuarto
Es la tercera
vez en cuatro meses que Laura y Ana se cambian de piso. Siempre lo hacen por
el mismo motivo, escapar de los policías.
Hace tres días, cuando ambas no estaban en el edificio repleto de migrantes
sin papeles. Los policías llegaron en busca de dos bolivianos que fueron
denunciados por el director de un instituto de idiomas. “Estudiaron dos
meses y cuando les dijeron que tenían que ponerse al día en las cuotas nunca
más volvieron”, cuenta Laura, aún con el susto en la cara. “Los policías
dejaron dicho que volverían en una semana a expulsar a los que no tengan
papeles”.
Laura y Ana esta vez piensan irse a vivir por Tottenham, que queda muy
distante de Kennington, donde actualmente alquilan por 200 libras (cerca de
400 dólares) una habitación con otras dos chica de Cochabamba.
En un arrebato de sinceridad, Oscar Luna y Richard Acosta, sentados en una
banqueta de la Parrilladas del Sur, cuentan que las denuncias a la Policía
contra los inmigrantes provienen de los propios latinos. “Lamentablemente,
hermanito, la envidia es el gran mal de la gente que viene de América del
Sur”, dice Luna, orureño de nacimiento. Explica que un inmigrante, cuando ve
que otro está surgiendo trata de hacerle daño y lo delata.
El
dato
Diversos analistas
sostienen que en Reino Unido existe un doble discurso con respecto a los
inmigrantes. Por un lado, Tony Blair y el candidato conservador Michael
Howard (hijo de inmigrantes) por motivos electorales se dedicaron a proponer
nuevas leyes y controles que restrinjan la inmigración no calificada, es
decir, sólo se permitirían extranjeros con licenciaturas y postgrados (los
que justamente sobran en ese país), pero en la realidad se los necesita a
los 'no calificados' para sustentar la economía agrícola y para realizar los
trabajos que los británicos no quieren hacer (limpieza, salud, fabricas,
construcción).