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Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Domingo 27, Marzo de 2005

Anuncios. La prensa inglesa y los pocos diarios latinos informan sobre las políticas antiinmigrantes

 

Inglaterra endurece la lucha contra los sin papeles

Dureza. La fiebre electoral ha inducido
a los políticos a atacar inmigrantes


 

Negro. Mucho más negro. Así ven su futuro los bolivianos que buscaron refugio laboral en Londres. Ellos se enteraron de que los políticos, para no perder votos en las próximas elecciones, anunciaron que endurecerán la ‘cacería’ contra los inmigrantes ilegales.
La última disposición del Gobierno fue la de amenazar con una sanción de 2.000 libras esterlinas (casi $us 4.000), al ciudadano inglés que sea encontrado dando cobijo a un extranjero indocumentado.
El primer ministro Tony Blair dijo que los británicos son tolerantes a pesar de que hay una amenaza de los ilegales que abusan de la hospitalidad.
El año pasado, los medios ingleses informaban de que una boliviana se aprovechó de la solidaridad de ese país. Resulta que la joven nacida en algún lugar de Santa Cruz, cuando estaba siendo interrogada por un agente de Migración, se desmayó, presentó síntomas que hicieron pensar que necesitaba ayuda especializada y la internaron en una sala médica, en el interior del aeropuerto. De una manera sorprendente, la boliviana burló a las enfermeras y se escapó. Fue una estrategia para ingresar a Londres.
Frente a los anuncios sobre mayores restricciones migratorias, los desesperados extranjeros reinventan las técnicas para cruzar la puerta de Londres. Nadie quiere repetir la amarga experiencia de Pablo Ligerón.
En Santa Cruz, la agencia de viajes le había dicho que todo estaba planificado para que ingrese a Londres. Lo llevaron por París y cuando le tocó encarar a los hombres bien vestido de Migración éstos le dijeron que se reservaban el derecho de admisión. Lo volvieron hasta la frontera imaginaria de Francia y tomó un bus que lo dejó en las afueras de un París que para Pablo tenía más sombras que luces.
Con hambre y 500 euros en el bolsillo interno de la chamarra incapaz de quitarle el frío, caminó 5 Km hasta el hotel Fórmula Uno, el más famoso entre los ilegales que caen en desgracia. Por 15 euros consiguió una de las cuatro camas que yacía en un cuarto donde otros hombres y mujeres también trataban de digerir el ‘NO’ a secas que salió de la boca de algún agente fornido de Migración. A tres años de aquella desventura, Pablo cuenta esta historia en uno de los tantos malecones que rodean el río Támesis de Londres. “Volví a intentarlo hasta que pude entrar”, dice y revela su última decepción: “Me rompí la cabeza para aprender el inglés. Un amigo peruano, gracias a que dominaba el idioma, conseguía levantar a hermosas gringuitas. Yo, hasta ahora nada. Estoy empezando a creer que a las europeas les gustan los bichos raros”. Se ríe y consigue olvidar la declaratoria de ‘guerra’ que los políticos le declararon a los ilegales.

 

No los conocen, pero sí los necesitan

Mister Clarke no sabe que su lujosa oficina que mira de frente a la Casa del Parlamento y al Big Ben, a las cuatro de la mañana está atiborrada de hombres y mujeres que se desviven por sacar brillo a todo objeto que se encuentre en la habitación.
Mister Clarke nunca se ha preguntado quién le prepara los sandwich que come en el bar de la esquina, mientras aprovecha para mirar las pequeñas olas del río Támesis.
Mister Clarke sólo cree que millones de inmigrantes llegan como moscas de otros países a beneficiarse de la salud, la educación y de las fuentes de empleos que son sustentadas con los impuestos que pagan sagradamente los ciudadanos ingleses.
“Es que muchos hombres y muchas mujeres de Europa están desinformadas”, dice Rogelia Ardaya, la boliviana que llegó a Londres en la década de los 80 y que a lo largo de los años acumuló una historia negra. Se casó con un inglés al que ella mantenía. Trabajaba 16 horas al día y cuando ahorró un buen capital, el hombre se le fue de los brazos, llevándose su amor y las miles de libras esterlinas. Ardaya vuelve a decir que muchos ingleses están desinformados, como sucede con mister Clarke, porque no se dan cuenta que si se restringe la entrada de inmigrantes no cualificados al Reino Unido, tanto la agricultura, la industria fabril, la construcción y la limpieza de oficinas y de casas se quedarían sin trabajadores.

 

Obligados a cambiarse de cuarto

Es la tercera vez en cuatro meses que Laura y Ana se cambian de piso. Siempre lo hacen por el mismo motivo, escapar de los policías.
Hace tres días, cuando ambas no estaban en el edificio repleto de migrantes sin papeles. Los policías llegaron en busca de dos bolivianos que fueron denunciados por el director de un instituto de idiomas. “Estudiaron dos meses y cuando les dijeron que tenían que ponerse al día en las cuotas nunca más volvieron”, cuenta Laura, aún con el susto en la cara. “Los policías dejaron dicho que volverían en una semana a expulsar a los que no tengan papeles”.
Laura y Ana esta vez piensan irse a vivir por Tottenham, que queda muy distante de Kennington, donde actualmente alquilan por 200 libras (cerca de 400 dólares) una habitación con otras dos chica de Cochabamba.
En un arrebato de sinceridad, Oscar Luna y Richard Acosta, sentados en una banqueta de la Parrilladas del Sur, cuentan que las denuncias a la Policía contra los inmigrantes provienen de los propios latinos. “Lamentablemente, hermanito, la envidia es el gran mal de la gente que viene de América del Sur”, dice Luna, orureño de nacimiento. Explica que un inmigrante, cuando ve que otro está surgiendo trata de hacerle daño y lo delata.

El dato

Diversos analistas sostienen que en Reino Unido existe un doble discurso con respecto a los inmigrantes. Por un lado, Tony Blair y el candidato conservador Michael Howard (hijo de inmigrantes) por motivos electorales se dedicaron a proponer nuevas leyes y controles que restrinjan la inmigración no calificada, es decir, sólo se permitirían extranjeros con licenciaturas y postgrados (los que justamente sobran en ese país), pero en la realidad se los necesita a los 'no calificados' para sustentar la economía agrícola y para realizar los trabajos que los británicos no quieren hacer (limpieza, salud, fabricas, construcción).

 

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