Quiero que me saqués una foto para
que mi mujer sepa que aquí en Madrid, además de trabajar como mecánico,
también preparo mi comidita y lavo los platos”, lo dijo en serio Ricardo
Segovia, sin levantar sus cuarentones ojos del lavadero donde refregaba los
utensilios.
Dice que algo mágico les pasa a los inmigrantes desde el momento en que
salen del avión y se internan en la gran ciudad. “El deseo de sobrevivencia
aumenta y nos aferramos a la vida como una bestia que le hace lance a los
fusiles”, grafica emocionado.
Si ves que alguien llora en los metros, cuenta Marlene, la prima de Ricardo,
es una extranjera que aún no ha cumplido tres meses de ‘autoexilio’. “Todos
piensan en sus hijos, extrañan el calor de sus hogares y por eso los ojos se
hacen aguita. Pero después de los 90 días empieza otra historia”, asegura la
boliviana que dejó a cuatro hijos y a un hombre enamorado en Santa Cruz.
Los sábados en la tarde, en las canchas de fulbito construidas por el Estado
español, los ‘repatriados’ de diferentes países se hermanan correteando una
pelota y en los tiempos de descanso cuentan sus historias alocadas que
tejieron en la semana.
Entonces habla don Benito Zúñiga, cochabambino que acaba de cumplir 60 años,
cinco de los cuales los festejó como pudo en España. Cuenta que ya le falta
poquito para terminar de pagar los 15.000 dólares que se prestó de una
financiera. En realidad, aclara, el crédito le pertenecía a su yerno, que
después de recibir el dinero nunca más se supo de él. Por eso don Benito
marchó a Europa y, a pesar del dolor que le significó dejar a sus nietos (su
esposa ya murió), dice que no se arrepiente de haber dejado el país porque
en Bolivia nunca hubiera podido ganar $us 1.000 como ayudante de
albañilería.
Ricardo Segovia, el que quiere que su mujer se entere que en Madrid no está
paseando, dice que ya lloró bastante y que ahora se concentrará en trabajar
hasta que pueda ahorrar $us 10.000. “Cuando llegue la hora de volver, un mes
antes traeré a mi esposa; juntos visitaremos los museos, los cines,
entraremos a una sala de ópera y contemplaremos sin prisa la Puerta de
Alcalá”, sueña y los ojos le brillan.
Desde
adentro
La
lotería mantiene vivo al hombre de edad indefinida
Rogelio Cuéllar es un hombrecito
de edad indefinida. El dice que tiene 45, pero parece de 67. Su primo que
vive con él le hace creer que tiene 40 para que no se sienta muy viejo y
aguante la estadía en Europa. Cuéllar vive en Hellín (España). Trabaja en
actividades agrícolas. Sufre, pero dice que no se irá hasta que se saque la
lotería. “Cuando gane, haré una gran fiesta y luego marcharé”.
Hay quienes mandan dinero
desde las cárceles
Un bebé
de seis meses de edad y un anciano de 83 años se vieron involucrados en
tráfico de droga de Bolivia a Europa, originado en gran parte por la grave
crisis económica que atraviesa el país. Esta noticia daba la vuelta al mundo
el 11 de enero pasado. El cónsul de Bolivia en París, Miguel García,
informaba que en esa ciudad hay 125 bolivianos presos y que algunos mandan
dinero desde la cárcel porque trabajan ahí.
La chica de varios nombres
dice que no está en Madrid
Se la ve en la cola de bolivianos
que cada mañana gestiona el trámite de radicatoria en el Consulado. Habla
con todo aquel que le busque charla pero, cuando le preguntan su nombre, a
unos dice que se llama Aida, a otros Estela y cada día se inventa uno nuevo.
A sus amigas les ha dicho que actúa de esa manera para que nadie la
identifique. “Quiero que mi madre siga pensando que estoy en Chile,
estudiando medicina”.
Gastos y trajines para sorprender a Migración
Los preparativos de ‘escape’ a
Europa cuestan un dineral. Esta es la historia de Lucía Peralta. Se compró
toda su indumentaria de Casa Roxana: un vestido de 400 dólares, un par de
zapatos de 150 y una cartera de 80. “Mi maleta no era trucha”, cuenta metida
en una cocina pequeña de Madrid. Cuando llegó al aeropuerto de Barajas su
tía, cómplice del ‘autoexilio’, no la reconoció. “Yo era otra, estaba muy
hermosa”, dice.
Conquistadores pueden gastar 150 libras por noche
Son muy pocos los que pueden
darse el lujo de dedicarse a conquistar amores europeos, pero los que lo
hicieron dicen que estuvieron al borde de la quiebra. Por una cena el hombre
paga 40 libras, en la discoteca tuvo que entregar 60 libras al mesero. A la
hora de llevarla a su casa, pagó 30 libras al taxista y otros 20 para que lo
transporte hasta su cuarto. “A pesar de que las mujeres aportan, es mucho el
gasto”, dice un fracasado conquistador.
Hombres europeos se ‘venden’
para casarse
Cuatro mil
libras esterlinas. Eso es lo que cobran algunos ingleses a una boliviana que
quiera unirse con él en matrimonio. “Es un buen negocio para ambos”, explica
una inmigrante cruceña, que está muy enterada del asunto. Dice que la mujer
goza de los beneficios que tienen los europeos. “Pero hay una condición en
las leyes”, aclara la fuente: “Tienen que vivir juntos en el mismo
departamento por un buen tiempo”.
El largo viaje se convierte en
una prueba de amor
Remberto Vaca, que vive en París, recibe la llamada de su esposa que se
quedó en Santa Cruz, religiosamente a las 23:00. La mujer lo hace para
tratar de tenerlo controlado. “La soledad que los consume hace que busquen
compañía, y por lo general tratan de estar entre latinos”, explica una
representante de bolivianos en París, la cual dice que ha visto destruirse a
muchos matrimonios.
Boliviana promociona productos nacionales en París
Carmiña Ayoroa es una exportadora
silenciosa que recorre las calles parisinas ofreciendo productos bolivianos.
La última mercadería que esperaba es un cargamento de tres toneladas de
quinua. Su empresita se llama Societe Boliviana Europea. Además, en las más
de 15 agrupaciones de bolivianos que hay en París distribuye un folleto
publicitando sus servicios.
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Frases inolvidables |
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Los bolivianos cuando emigran se vuelven
más cumplidores y estrictos que cualquier inglés. Son hombres de
palabra, disciplinados y muy trabajadores
Gonzalo
Montenegro/Embajador de Bolivia en Londres |
Aquí en París hay ingleses que tratan de
conquistarme, pero yo no les hago caso porque sigo amando a mi esposo
que se quedó en Bolivia
Sonya
Gutiérrez/París |
Tengo miedo de que después de tres años mis
hijos hayan cambiado tanto que ya no me quieran. Me iré cuando pague los
$us 22.000 al banco
Facundo Sotelo/Barcelona |
Recomiendo que se vengan siempre que tengan
una ayuda de alguien en Europa y una base del idioma inglés, porque así
pueden ser menos explotados
Rosario Hinojoza/Londres |
He sufrido pero no me arrepiento de haber
venido. No pienso irme con las manos vacías. En Bolivia quiero poner un
negocio y olvidarme de esta porquería
Rosario Flores/Hellín |