Una vez al mes y de manera
infalible, cuatro bolivianos que escaparon de las garras del desempleo
cargan una cruz negra de hierro y cinco velas blancas hasta la estación
ferroviaria de un pequeño pueblo español, donde llegaron cansados y con
mucha hambre.
Nunca habían escuchado hablar de Hellín. No sabían que el 10% de los más de
26.000 habitantes eran bolivianos ni que la ciudad está situada al sureste
de la provincia de Albacete.
Otros bolivianos que llegaron antes, también con mucha hambre, sólo les
habían dicho que mantengan la calma porque Hellín es un pueblo donde, por
suerte, la Policía no tiene la maldita costumbre de ‘cazar’ extranjeros que
trabajan sin papeles.
Desde el siete de mayo del año pasado, a Héctor Parada, Ronald Roca, Paola
Peralta y a Darwin Balcázar les quema el alma cada vez que cruzan el paso a
nivel de la estación ferroviaria. Fue ahí donde sus familiares, los cinco
bolivianos que viajaban en el automóvil Opel Kadett rojo fueron arrollados
por el tren bien temprano mientras el sol primaveral se abría paso en el
cielo español y los relojes del pueblo marcaban las 7:35.
A las víctimas de aquel accidente los esperaban a las 8:00 en una hacienda
ubicada a 30 kilómetros de Hellín para deflorar plantas de melocotones.
“Pero el maldito tren les pasó por encima y les arrancó la vida y un montón
de sueños”, dice con ira uno de los dolientes.
A un costado de los rieles, donde Mariela Salvatierra (27), Alberto
Escalante (35), Eldy Guzmán Teco (28), Jesús Subirales (30) y Adriana Pérez
Ruiz (32), no pudieron ganarle al tren que les robó la vida, queda un pedazo
del maletero y la placa completa del auto. También hay velas derretidas y un
pequeño hueco donde los familiares de los muertos intentaron colocar la cruz
de hierro. Pero el Ayuntamiento les negó la posibilidad de dejarla parada
como símbolo del duelo boliviano. Por eso, religiosamente cargan la cruz una
vez al mes, encienden velas al lado del pedazo de chatarra que aún queda
cerca de los rieles y oran en memoria de esos cinco compatriotas que jugaban
su última carta de sobrevivencia en un país lejano y ajeno.
Mariela Salvatierra de Montaño vivía en la calle Paso a Nivel, a tres
cuadras de donde el destino le tejió su muerte. Paola Peralda (18), prima de
la desaparecida, sentada en el único restaurante de Hellín donde se vende
sopa de maní y picante de gallina a la boliviana, recuerda que una semana
antes de la tragedia, Mariela subió con un ramo de flores hasta la gruta de
la virgen María para agradecerle por el empleo que consiguió después de tres
meses de incesante búsqueda.
Siguiendo el ejemplo de sus compatriotas, Mariela también pensaba enviar
dinero a Bolivia para que su madre evite que le rematen su casita y para la
educación y alimentación de sus dos hijos que desde Santa Cruz reclamaban su
cálido regazo.
Rutty Pérez, la hermana de Adriana, otra de las víctimas de la tragedia, no
piensa dejar Hellín hasta que las autoridades le entreguen una indemnización
y dijo que está decidida a luchar para que a los familiares de los muertos
les otorguen el permiso de residencia para que puedan trabajar sin ser
perseguidos como delincuentes. Este último anhelo está por convertirse en
una realidad con la política de amnistía que está aplicando el Gobierno
español.
A las tres de la tarde del miércoles 26 de enero pasado, por las calles casi
desiertas de Hellín, Héctor Parada, tío de Alberto Escalante, que también
murió atrapado entre los hierros, caminaba con la cara descubierta,
soportando estoicamente el frío que se metía por los poros de su cuerpo,
hacia la calle Paso a Nivel, donde vive, y de donde el auto rojo recogió a
Mariela Salvatierra el 7 de mayo a las 7:30. “Aquí vivía, apunta el edificio
de dos pisos. Mariela era la quinta ocupante del vehículo. Yo me bajé cinco
minutos después de que lo hizo ella y me fui en otro automóvil. Pasé por la
estación, pero jamás pensé que serían los bolivianos los accidentados”,
cuenta casi sin aliento porque el frío le endurecía sus labios partidos. Del
edificio sale otro boliviano, Héctor Escalante lo presenta como Darwin
Balcázar: “Cómo estás pariente. ¿Sos de Bolivia? ¿Del periódico EL DEBER?
¿Estás haciendo un reportaje? Quiero pedirte que escribas que necesitamos
que las autoridades de Hellín nos convaliden la licencia de conducir que
trajimos de Bolivia. Eso no más sería. No me preguntes de mi familiar muerta
por el tren. Ya no quiero seguir recordando...” Todos quedamos en silencio.
36 bolivianos marcados por
las bombas del 11-M
Cuando explotó la segunda bomba, de las
diez que sacudieron tres estaciones de trenes de Madrid el 11 de marzo de
2004, la humanidad del boliviano Tito Robles Vargas se transformó en una
masa de sangre que milagrosamente empezó a gatear en el vagón del tren hasta
que logró llegar a la calle Téllez y ser divisado por tres hombres.
Sufrió la pérdida de una parte de su dentadura, y su rostro y su cabeza
quedaron dañados seriamente, al igual que sus hombros y sus piernas. Dice
que murió por un instante y que mágicamente volvió a la vida.
Además de Tito Robles, otros 35 bolivianos fueron sacudidos por las bombas
que, según dicen las autoridades españolas, fueron puestas por la gente de
Al Qaida.
Para curar las pesadillas que se les prendieron en el alma aquella mala
mañana de marzo, los 16 compatriotas se reúnen cada dos meses, cuentan sus
pesadillas y aunque parezca detestable, buscan la forma de ver el lado
positivo a tremenda desgracia, como por ejemplo, dejaron de ser ilegales y,
por si fuera poco, recibieron la promesa de una indemnización económica.
“Pero las secuelas siempre estarán con nosotros. Nos queda vivir con
pesadillas”, cuenta otro boliviano afectado que no quieren que revele su
nombre hasta que se sane por completo.
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| Cariñoso. Sus familiares lo recuerdan
como un buen padre y esposo |
Arriaza perdió la vida
y el país ganó un héroe
Para sus dos hijitos (7 y 5 años), Max
Muth Arriaza siempre fue un héroe, sólo que no lo decían públicamente por
temor a que se lo quiten.
Pero el secreto se supo a las 12:20 del pasado miércoles 3 de febrero,
cuando el boliviano de 35 años de edad perdió la vida tras salvar a cinco
personas en el incendio del restaurante municipal de Cornellá, en un barrio
de Barcelona.
El fuego sorprendió al boliviano mientras colocaba una puerta anti incendios
en el restaurante que se encuentra en la región de Cataluña.
El 25 de febrero, el pleno del Ayuntamiento de la localidad de Cornellá
aprobó una moción que reconoce ‘la actuación humanitaria’ de Max.
Todos los partidos políticos representados en el pleno del Ayuntamiento
aprobaron la moción, en la que se hace un reconocimiento público a Arriaza
“al favorecer el desalojo del restaurante, evitando que se produjeran más
desgracias personales”.
El Ayuntamiento de Cornellá destaca la ‘valentía’ y la decidida intervención
que tuvo el ciudadano boliviano.
“Me queda la imagen de que Max fue un buen esposo y un buen padre”, dice la
viuda Emilse Suárez Guzmán que se encuentra en el país. Llegó la pasada
semana con el cuerpo de su esposo para enterrarlo en el cementerio de San
Ramón, población beniana donde éste nació, creció y luego salió a buscar
condiciones más dignas de existencia.
La mujer, que ya contaba con permiso de trabajo en España, dijo que el gran
sueño de su difunto esposo era conseguir el documento para poder aspirar a
mejores empleos.
La pareja boliviana se fue del país el año 2002 para, como lo hacen casi
todos, conseguir lo que Bolivia no les da: un empleo.
¡Cuidado!
o te sanas,
o te mueres
En cenizas
El sueño español de Luis Alberto Claros sólo duró nueve meses. Estaba
trabajando en una empresa distribuidora de harina, en Lleida, cuando le
diagnosticaron un tumor en el cerebro. Postergó el envío de dinero a su
esposa y dos hijos que dejó en Santa Cruz porque la enfermedad lo tendió en
cama. Murió a comienzos de enero de este año y retornó al país en un
frasquito bien cerrado, convertido en cenizas.
Ricardo Segovia, uno de los pocos parientes que veló a Claros, contó que
cuesta una fortuna enviar un cuerpo sin vida desde España hasta Bolivia,
algo así como 13.000 dólares.
Muerte y amenazas
Carlos Oscar Romero, era un obrero boliviano que trabajaba zigzagueando las
leyes migratorias de España. Su nombre empezó a ser leído en algunos
periódicos españoles cuando cayó de un andamio de ocho metros de altura hace
dos semanas. En el hospital de traumatología de Granada entró en un coma
profundo. Murió a la edad de 20 años.
Su hermano Agustín denunció que los empresarios de la compañía constructora
Robles y Santiago, se acercaron a él y le dijeron que si hablaba del
accidente a cualquier persona no descansarían hasta hacerlo expulsar del
país.
Los medios españoles informaron que la Guardia Civil detuvo a los
empresarios por los delitos de contratar a un inmigrante irregular, negarle
su ayuda tras el siniestro (accidente en la obra) y tratar de esconderlo
mediante amenazas.
Despedida trunca
Su último deseo de María Teresa Algarañaz era volver a Bolivia para
despedirse de sus hijitos. Hace seis meses fue a buscar Trabajo a Madrid
pero un cáncer le quitó primero los sueños de mandar dinero a sus seres
queridos, y segundo, la vida. Se murió mientras en Santa Cruz sus tres hijos
(dos hombres y una mujer) trataban de juntas mil dólares para los pasajes.