Antonio Reyes Ríos (45) tiene
algunas cosas en común con René Eduardo (25): domina el escenario y cuando
cierra sus ojos sueña con que los días futuros sean siempre mejores.
El primero, un hombre bonachón que desde Bolivia llegó a Londres con un
grueso bigote que si se ve de cerca parece un atadijo de pelitos gruesos,
hace cuatro años decidió autoexiliarse de Bolivia porque la fama que alcanzó
con el grupo musical Los Gatos estaba en picada. El segundo, un muchacho
cruceño que después de haber sido acusado de violar a una joven, y a pesar
de que el fallo salió a su favor, cruzó el Atlántico en busca de un milagro:
buscar el éxito fuera de su tierra, en España.
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| El Hombre Gato cantando en Londres |
Por ahora, el autor de ‘Las tamaleras’ está dando espectáculos en locales
adonde acuden a bailar los migrantes latinoamericanos. El viernes 21 de
enero, René Eduardo se presentó a las 23:00 en la discoteca Latin Brothers
Show de la calle Robles número 8, cerca del puente de Vallecas, en Madrid.
El animador lo presentó como el ‘rey del hip-hop de Bolivia’.
Esa misma noche, actuaron otros artistas como La Anaconda, conocida como la
‘Veneno dulce y sensual de Ecuador’, el peruano Panchito Santa Rosa,
especialista en salsas y boleros, y Charly Assaff, imitador de los
Iracundos.
René Eduardo emigró a España en diciembre del año pasado. Encontró calor de
hogar al otro lado del mar y de las cuatro presentaciones que tenía
planificado realizar aumentó a siete, y además de Madrid tiene previsto
viajar a Barcelona, Valencia y Bilbao. “Pero eso no es todo”, dice el
artista delgado, que además quiere producir un disco en España. René Eduardo
gasta horas en conversar con los inmigrantes bolivianos porque se dio cuenta
de que ellos son una fuente de inspiración para sus futuras canciones. Su
sueñango, como dice, es actuar para el público español.
Por su parte, Antonio Reyes Ríos, que se presenta como el ‘Hombre Gato’ ante
el público que acude los fines de semana a Parrilladas del Sur, está
satisfecho porque a su edad encontró trabajo nada menos que en Londres.
Desde la esquina del boliche, con los dedos en las teclas del piano
electrónico, habla el Hombre Gato: “Lamento comunicarles que por problemas
de transporte esta noche no tendremos cerveza Paceña, pero estoy yo para
hacerlos bailar”.
“El
primer día no se olvida nunca”
El avión trasatlántico se abrió
camino entre las nubes encapotadas y aparecieron las ‘casitas de chocolate’
que se dibujaban en la superficie londinense.
Después de que las turbinas de la ‘ballena voladora’ se quedaran quietas,
los ocupantes caminaron como programados hacia el interior del aeropuerto.
El boliviano Raúl Fernández siguió a sus desconocidos compañeros de vuelo y
cuando la larga fila se achicaba y los agentes de Migración estaban muy
cerca, empezó a temblar de una manera enfermiza.
“Good afternoon”, se anticipó a decir para ganarse la confianza del hombre
fortachón que estaba parapetado detrás de su púlpito.
Después de que milagrosamente consiguiera el ‘okey’ del funcionario público,
caminó por un laberinto de señales y de gente que se enredaba en su lucha
por ganar tiempo. Fuera del aeropuerto, sintió que su estómago se le prendía
a la espalda, porque la persona que dijo la agencia de viajes que iría a
recogerlo nunca apareció.
Atinó a tomar un taxi para que lo llevara al centro de Londres. “En qué
maldita hora lo hice”, se arrepiente, ahora que ya conoce la movida de la
ciudad. “Me pelaron 100 libras esterlinas” (algo así como Bs 1.500). Pero
dice que es parte de la inversión que hizo para reponerse de la desgraciada
vida que llevaba en Bolivia. “Ya iba a cumplir dos años sin encontrar empleo
en mi propia patria”, dice medio llorando. “El taxista no fue del todo ‘mala
gente”, lo disculpa. Es que le enseñó a moverse en tren y en metro y lo
llevó a Elephan & Castle, un barrio de inmigrantes donde después de
registrarse en un hostal de 30 libras salió a la calle y emocionado caminó
hasta las 4 de la mañana esperando que saliera el sol para empezar a buscar
trabajo.