Recogimiento y costumbres en Viernes Santo de San José
Ceremonia. A la hora de la adoración del Santísimo, los fieles se levantan de sus asientos para besar el crucifijo
Tanya Imaña. San José
Tres hombres vestidos con túnicas coloridas y con las cabezas
cubiertas, sólo sus ojos pueden verse, sacan las amarras y los clavos del Cristo
crucificado del templo de San José de Chiquitos. Es viernes por la tarde y la
gente del pueblo que asiste a la celebración de Semana Santa demuestra su
devoción con cada respuesta y canto durante la ceremonia litúrgica.
Hombres y mujeres de todas las edades acuden presurosos a la iglesia, que se
llena con rapidez, para escuchar el relato de la pasión de Cristo. Dos jóvenes y
el sacerdote lo leen del evangelio según San Marcos. Hace calor, pero los
ventiladores de techo y los ventanales abiertos ayudan a que el aire corra y que
la temperatura disminuya, pese a que los rayos del sol radiante irrumpen en el
ambiente construido en el siglo XVIII. Aún así, los fieles continúan atentos a
la lectura.
A la hora de la denominada adoración al Santísimo, cada uno de los asistentes se
levanta de su asiento y se dirige al altar para besar el pequeño crucifijo que
los monaguillos han dispuesto sobre una silla. Una mujer anciana, todavía a la
antigua usanza, lleva un velo negro cubriendo su cabeza. Lentamente se acerca a
la cruz y la besa, no sin antes haber rezado una plegaria en voz baja. Como
ella, muchos hacen lo mismo, incluso los más jóvenes. Antes de retirarse,
discretamente echan una moneda a la pequeña cesta que hay debajo de la silla. La
misma fila inmensa, llega casi hasta la puerta del templo, se forma nuevamente
al momento de la comunión.
Cuando termina la liturgia, el Cristo crucificado es sacado hasta el altar por
los sacerdotes, los monaguillos y los diáconos. Está cubierto con una tela
morada, que es quitada casi de inmediato. Después de que las amarras y los
clavos son extraídos, los personajes de ropas coloridas le pasan el cuerpo a
tres mujeres vestidas de negro, que representan a las tres Marías: la Virgen,
María Magdalena y María de Cleofás.
Ellas lo bañan y perfuman, luego lo visten con una túnica blanca, una casulla
(especie de ponchillo que usan los sacerdotes durante la misa), una estola
('banda' de tela que forma parte de la indumentaria de los presbíteros) y sobre
la cabeza, una mitra. Mientras tanto, el sacerdote lee los pasajes bíblicos que
relatan dichas acciones. Una vez vestido, el cuerpo es 'guardado' en el santo
sepulcro, un féretro de vidrio que contiene un mullido colchón para recibir el
cuerpo. Una vez adentro, los fieles se acercan para tocarlo y rociarlo con
perfume, mientras rezan muy quedos. Para ese entonces, el crucifijo de madera es
llevado por otros hombres del pueblo más cerca de la puerta del templo. Ellos se
encargan de ponerle un par de telas blancas, una a cada lado de los brazos
horizontales, detalle necesario antes de sacarlo por las calles josesanas, en
procesión.
El sol se va escondiendo y ahora será el turno del velorio de Cristo, con la
certeza de que al tercer día, el hijo de Dios resucitará.
Estas son imágenes de un ritual religioso que acontece todos los viernes de
Semana Santa en la localidad chiquitana de San José, poniendo a prueba la fe y
devoción de un pueblo que ha sabido conservar sus tradiciones a través de los
años, convirtiéndose en un motivo de unión entre todos.
Peter Reichelt / Periodista
Maravillas en la iglesia
Bunkerkirche
La Iglesia Bunker es
un edificio conmemorativo de la presencia de Dios, en el cual el arte, como en
la mayoría de los construcciones clericales, sería un efecto secundario. En este
caso no es así y eso se lo debemos a la comprometida asociación: "Lugar para el
Arte en la Iglesia Bunker".
Un concierto del guitarrista sudamericano Piraí Vaca llenó la sala hasta el
último asiento y abrió, desde las catacumbas del otrora bunker antiaéreo, un
cielo amplio hacia los paisajes de la música latina.
Vaca, desde su asiento siempre en posición digna y erguida, tocó obras
originales para guitarra y arreglos de las últimas cuatro centurias. La guitarra
estaba colocada en la pierna elevada por el banquito, apoyada en sus brazos cual
digna compañera de baile. La mano izquierda de Piraí, a lo largo del mango de la
guitarra, era como si tomara la mano de ella, y la derecha - que tocaba con
movimientos apenas perceptibles y ligeros, sin esforzarse - rodeaba su cintura.
Casi ceremonialmente, con las manos nacientes de la boca de la guitarra,
terminaba cada obra, inundando la sala con las últimas notas.
Sin embargo, estos eran únicamente la muestra externa de un discurso tan
concentrado como el que nos ofreció. Su arte hacía florecer sonidos, ritmos y
efectos que uno jamás llegaría a imaginarse. Sí, quien no hubiera estado
presente hubiera creído que ese torrente de sonidos en las piezas de Domínguez
no era posible con una guitarra, o tampoco aquellas finuras que Vaca logró en
las Variaciones sobre la Jota de Francisco Tárrega. En esta última obra pudimos
también conocer que es posible tocar sólo con la mano izquierda, mientras la
mano derecha reposa en el aro de la guitarra.
Entremedio de mares llenos de temperamento estaban siempre presentes algunas
islas de tranquilidad, como el melancólico Capricho Árabe de Tárrega, rico en
ornamentos, o la última pieza fuera de programa, la Romanza Española, que fue
una elegante reverencia ante Ulla Sommers (Presidenta de la Serie de Conciertos
de la Bunkerkiche). / Dusseldorf Alemania
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