img_logo.gif (2140 bytes)

img_arribadeber.gif (4941 bytes)

  • STAFF   COMENTARIOS   CONTACTARSE   

Noticias

Portada                 

Santa Cruz            

Seguridad             

Nacional               

Internacional          

Economía             

Deportes               

Sociales               

Escenas               

El Deber como tu Página de Inicio

btn_secciones.gif (615 bytes)

Editorial                

Opinión                 
Lectores               
Club de Lectores
Clima              

btn_suplementos.gif (615 bytes)

 

 

 

 


EDITORIAL

Santa Cruz de la Sierra - Bolivia, Domingo 27, Marzo de 2005  

>>    Sembrando vientos

Descontrolado y soberbio, se la pasa todo el tiempo sembrando vientos. Y según el dicho popular de vigencia universal, "el que siembra vientos, cosecha tempestades". En el caso presente, aún no se ha dado la cosecha de tempestades. Pero eso no quiere decir que no va a darse nunca. En cualquier momento la mies, temida por cierto, puede alcanzar el punto adecuado de sazón y, obviamente de cosecha.
Esta es una alusión directa al conocido mandamás de los productores de coca, erigido por los vaivenes de la vida y por los insólitos bandazos de la política boliviana en jefe de un partido político, con pretensiones para llegar a la primera magistratura de la nación en un futuro más que inmediato.
Legítima, por supuesto, la pretensión. Desde todo punto de vista, su derecho es indiscutible. Está contemplado y garantizado por las leyes de la república. Y si en justa cívica y democrática acumula la suma de sufragios requerida, nada ni nadie, lícitamente, podrá impedir su acceso al mando supremo con el que probablemente ya cuenta.
Pero si bien inalienables e imprescriptibles sus derechos ciudadanos, algo, -y no de poca significación-, cabe apuntar en cuanto al comportamiento del personaje aludido. Inviste, de cuerpo entero, la imagen negativa del clásico sembrador de vientos que normalmente desparrama a manos llenas para cebarse en seguida, de la abundante cosecha de tempestades que tanto daño le hacen a este nuestro pobre y tan desprotegido país.
Cuándo es que no se lo ve a este ensoberbecido mandamás promoviendo y protagonizando personalmente actitudes desquiciadoras. Unas veces haciendo causa con los que están en el ejercicio del poder político, otras del brazo con los que repudian este poder político y muchas más todavía contra unos y otros a la vez. En posesión de un nutrido vocabulario de epítetos, el personaje repudia a los que le salen al paso atribuyéndoles rótulos supuestamente infamantes.
Que se sepa, jamás se ha sabido de él manejando propuestas de concordia, de entendimiento, de solidaridad. Donde se hace presente, es de manera invariable con su semilla de vientos. A nada y a nadie le pierde tilde con tal de precipitar la tormenta.
No es raro que a un individuo de semejante compostura le pese la conciencia. Al que motiva este comentario, la suya lo debe tener más que abrumado. Por eso vive, según puede colegirse de sus propias y reiteradas denuncias, obsesionado con la idea de que tratan de asesinarlo a mansalva.
Y la maraña que se está tendiendo para quitarle la vida, afirma, no es sólo de carácter interno, no se extiende únicamente de uno a otro de los confines del país. No, eso es muy poco. Hasta la mayor potencia del mundo, como no tiene más de qué ocuparse, lo quiere con los ‘Manaco parados’, como vulgarmente solemos decir nosotros.
Está en deuda el mandamás porque hasta ahora no ha mostrado un lado bueno. Infatigable y de manera turbulenta discurre su existencia de sembrador de vientos justamente en un país que necesita de paz para encarar el porvenir.


El país de los mil y un caprichos

Dominicus

Tal como el mítico cuento árabe de las ‘Mil y una noches’, podríamos escribir en Bolivia una parodia titulada el país de los ‘Mil y un caprichos’. Acá todos son caprichosos, nadie cede, cada uno quiere o pretende tener la razón absoluta. Resultado: caos, caos, caos. Corolario: descrédito, descrédito, descrédito.
Inclusive la última serie de tragicómicos sainetes desarrollados en los primeros 18 días de marzo nos dan la razón. Caprichos presidenciales, caprichos congresales, caprichos de los demagogos y políticos de turno; caprichos de toda laya. En fin, la cosa sigue y si alguien no la para, ya nadie nos va a creer o, peor, todo lo ocurrido en Bolivia será tomado en broma o será tomado como los últimos estertores de una nación que se autodevora, que se canibaliza tanto que ella misma se come y se extingue por sí, sin ayuda ni empuje de nadie que no sean los mismos bolivianos, empeñados en destruirse, como esos roedores del hemisferio norte (los Lemmings), que solitos van cayendo voluntariamente –y por miles– en precipicios. Estos bichitos se inmolan masivamente mediante razones que biólogos y zoólogos todavía no alcanzan a descifrar hasta hoy. No estamos lejos en Bolivia de semejante situación... Ya nadie entiende nada.
¡Basta ya de tanto capricho! ¡A gobernar Carlos Mesa y sin más renuncias! Congresales y políticos: a coadyuvar con el Gobierno y legislar, que para eso se les paga y muy bien. ¡Terminemos de una buena vez con el suicida país de los mil y un caprichos! Ya está buena la cosa. Trabajo, transparencia, continuidad, estabilidad y respeto a la ley. No es mucho pero sí es algo imprescindible, lo mínimo, para que Bolivia se ponga de pie y camine con paso ágil. Ojalá así sea y ¡pronto!
 

Contáctese con nosotros: editorial@eldeber.com.bo

< Anterior ^Arriba


Portada | Internacional | Nacional | Santa Cruz  | Economía | Deportes | Sociales | Escenas
EditorialOpinión | Contactarse | Staff


© Copyright 2004, El Deber. Todos los derechos reservados.