Descontrolado y soberbio, se la pasa todo el tiempo sembrando
vientos. Y según el dicho popular de vigencia universal, "el que siembra
vientos, cosecha tempestades". En el caso presente, aún no se ha dado la cosecha
de tempestades. Pero eso no quiere decir que no va a darse nunca. En cualquier
momento la mies, temida por cierto, puede alcanzar el punto adecuado de sazón y,
obviamente de cosecha.
Esta es una alusión directa al conocido mandamás de los productores de coca,
erigido por los vaivenes de la vida y por los insólitos bandazos de la política
boliviana en jefe de un partido político, con pretensiones para llegar a la
primera magistratura de la nación en un futuro más que inmediato.
Legítima, por supuesto, la pretensión. Desde todo punto de vista, su derecho es
indiscutible. Está contemplado y garantizado por las leyes de la república. Y si
en justa cívica y democrática acumula la suma de sufragios requerida, nada ni
nadie, lícitamente, podrá impedir su acceso al mando supremo con el que
probablemente ya cuenta.
Pero si bien inalienables e imprescriptibles sus derechos ciudadanos, algo, -y
no de poca significación-, cabe apuntar en cuanto al comportamiento del
personaje aludido. Inviste, de cuerpo entero, la imagen negativa del clásico
sembrador de vientos que normalmente desparrama a manos llenas para cebarse en
seguida, de la abundante cosecha de tempestades que tanto daño le hacen a este
nuestro pobre y tan desprotegido país.
Cuándo es que no se lo ve a este ensoberbecido mandamás promoviendo y
protagonizando personalmente actitudes desquiciadoras. Unas veces haciendo causa
con los que están en el ejercicio del poder político, otras del brazo con los
que repudian este poder político y muchas más todavía contra unos y otros a la
vez. En posesión de un nutrido vocabulario de epítetos, el personaje repudia a
los que le salen al paso atribuyéndoles rótulos supuestamente infamantes.
Que se sepa, jamás se ha sabido de él manejando propuestas de concordia, de
entendimiento, de solidaridad. Donde se hace presente, es de manera invariable
con su semilla de vientos. A nada y a nadie le pierde tilde con tal de
precipitar la tormenta.
No es raro que a un individuo de semejante compostura le pese la conciencia. Al
que motiva este comentario, la suya lo debe tener más que abrumado. Por eso
vive, según puede colegirse de sus propias y reiteradas denuncias, obsesionado
con la idea de que tratan de asesinarlo a mansalva.
Y la maraña que se está tendiendo para quitarle la vida, afirma, no es sólo de
carácter interno, no se extiende únicamente de uno a otro de los confines del
país. No, eso es muy poco. Hasta la mayor potencia del mundo, como no tiene más
de qué ocuparse, lo quiere con los ‘Manaco parados’, como vulgarmente solemos
decir nosotros.
Está en deuda el mandamás porque hasta ahora no ha mostrado un lado bueno.
Infatigable y de manera turbulenta discurre su existencia de sembrador de
vientos justamente en un país que necesita de paz para encarar el porvenir.
El país de los mil y un
caprichos
Dominicus
Tal como el mítico cuento árabe de las ‘Mil y una noches’,
podríamos escribir en Bolivia una parodia titulada el país de los ‘Mil y un
caprichos’. Acá todos son caprichosos, nadie cede, cada uno quiere o pretende
tener la razón absoluta. Resultado: caos, caos, caos. Corolario: descrédito,
descrédito, descrédito.
Inclusive la última serie de tragicómicos sainetes desarrollados en los primeros
18 días de marzo nos dan la razón. Caprichos presidenciales, caprichos
congresales, caprichos de los demagogos y políticos de turno; caprichos de toda
laya. En fin, la cosa sigue y si alguien no la para, ya nadie nos va a creer o,
peor, todo lo ocurrido en Bolivia será tomado en broma o será tomado como los
últimos estertores de una nación que se autodevora, que se canibaliza tanto que
ella misma se come y se extingue por sí, sin ayuda ni empuje de nadie que no
sean los mismos bolivianos, empeñados en destruirse, como esos roedores del
hemisferio norte (los Lemmings), que solitos van cayendo voluntariamente –y por
miles– en precipicios. Estos bichitos se inmolan masivamente mediante razones
que biólogos y zoólogos todavía no alcanzan a descifrar hasta hoy. No estamos
lejos en Bolivia de semejante situación... Ya nadie entiende nada.
¡Basta ya de tanto capricho! ¡A gobernar Carlos Mesa y sin más renuncias!
Congresales y políticos: a coadyuvar con el Gobierno y legislar, que para eso se
les paga y muy bien. ¡Terminemos de una buena vez con el suicida país de los mil
y un caprichos! Ya está buena la cosa. Trabajo, transparencia, continuidad,
estabilidad y respeto a la ley. No es mucho pero sí es algo imprescindible, lo
mínimo, para que Bolivia se ponga de pie y camine con paso ágil. Ojalá así sea y
¡pronto!